habitacion

Edward Wyeth, Wind from the Sea, 1948
Porque el tema del amor me entrega a otras preguntas no aventuréis lo que sé
de este regreso; acudid a una tarde de agosto
como esta: abrimos la cancela y en su propio peso acontece
la ley de la gravedad,
la conspiración de nuestra existencia,
un día dedicado al filo ardiente de la hierba, su supuración de savia
recién cortada.
De ahí que muy pronto me esforcé en destilar aquella reflexión
en la que el poeta se pone en el lugar de los dioses
para repetir la osadía de los primeros besos.
Tú y yo, por el antojo que nos devuelve a los sentidos
y nos lleva al concepto:
el amanecer nos informa de aquella otra primavera,
cuando aún entre temblores ya había apresurado mi mirada a tus labios.
La puerta se había abierto como un gesto de mujer alrededor
que hubiera de explicar la narración de su saliva,
su recorrido, la manera de adivinar el principio de una palabra acumulada
entre decenas de objetos con calma colocados.
Dormimos. Pero en el acto inconsciente de cuestionar la realidad
tres segundos bastan para atravesar los poros de la piel.
La belleza se protege de los finales.
Es puntual al deseo, a ti misma,
a la fragancia depositada en cada estrella que esboza
un eje oblicuo con tu espalda
hasta adelantarse a su forma definitiva,
la habitación que desde un sueño ha de apostar por el cielo,
por su corolario de nubes dispuestas al fervor
de aquella otra escena,
nuestra vida.









