El mar no interrumpe nada. Sigue su propia mecánica, sin más objeción que la que podría amontonarse en los ojos. En uno de mis libros preferidos* la evocación del mar funciona también como un reconocimiento tácito de un estado de cultura prominente, rico en esfuerzo y voluntad, tantas veces dibujado en los mapas. El mar ni siquiera exige esgrimir una certeza duradera, pues el oleaje lo impide, y lo advierte cuando en la costa, en las desembocaduras, el agua se arremolina hacia una dirección que, desde lo humano, podría mostrase aún más incomprensible. No es fácil adivinar esa imagen, pero sucumbimos a su caudal. Todo el mundo intenta llegar hasta el mar.



* Al aproximarse al Mediterráneo, elegimos ante todo un punto de partida: una costa o una escena, un puerto o un suceso, un periplo o un cuento. Luego, ya no importa tanto de dónde hayamos salido, cuenta más hasta dónde hemos llegado, qué hemos visto y cómo lo hemos visto. A veces, todos los mares parecen iguales, sobre todo cuando la travesía es larga. A veces, cada mar es diferente.

Fragmento inicial de Predrag Matvejevic, Breviario Mediterráneo, Anagrama, 1991 (ed. original 1987)


martes, 20 de octubre de 2009

diseño es diseño

lunes, 19 de octubre de 2009

semiótica presley


Si desde el primer renglón consideramos la aceptación de que la figura de Isabel Presley viene a cumplir el signo de una estructura ausente, bien pudiera objetarse que entramos en contradicción al ser ella misma omnipresencia pública en las revistas del corazón, más aún, paradigma sublimado del prototipo elegido para esta clase de publicaciones. Sin embargo, la hipótesis no es otra que ésta: el valor del personaje reside precisamente en su ausencia. Sus apariciones nos alejan no unicamente del personaje real, al que nunca llegaremos a conocer en carne viva, sino de la representación cumplida en el reportaje, en los anuncios o en sus apariciones públicas. Su enigma, tal cual nos ha sido medido por el sistema de producción que fabrica (en serie) al famoso, reside precisamente en su silencio, esa parte de la semiótica que no es capaz de transcribir los signos de una definición completa. Ella está ahí, en las fotografías, en los posados familiares, en sus retratos políticos con personajes de relieve social y alcurnia distinguida, pero ella, al mismo tiempo, es la forma ausente del mundo que quiere representar.

Un mundo, el de las revistas y programas del corazón, caracterizado por el derroche verbal en todas direcciones, donde la verdad y la mentira han quedado difuminados no sólo por los propios personajes, sino por la crónica. El periodismo de esta clase se vale precisamente de ese derroche, a veces más cerca de la obscenidad que de la mesura lúcida, para crear esos otros signos más visibles de la sociedad del espectáculo. No obstante, Isabel Presley ha sabido esquivar tal derroche sígnico al mismo tiempo que su presencia no ha dejado de aparecer en las revistas durante 30 años. Si continuamos el argumento de la hipótesis y hacemos evidente que esa presencia se vale más de una visibilidad reclamada que de una aparición en toda regla, veremos también que la función de su silencio (o sus contadas palabras en los micrófonos o en las entrevistas publicadas) le da un valor a la figura que está por encima de lo objetivo. El espectador-lector no es capaz de calcular su realidad exacta, pero la distingue, la coloca en los ranking, la hace suya, la desprecia o la ensalza a partes iguales, quizá sabiendo que lo único cierto es el momento en que ella está ausente, en el interior de su hogar.

Si otros personajes del corazón se prestan con demasiada facilidad a la exposición pública de sus vidas incluso traspasando las líneas que delimitan el concepto de intimidad y privacidad, las referencias biográficas de Isabel Presley quedan sepultadas por su evidencia movediza. Lo dice su rostro, siempre impasible y estático en la cordialidad, amable y formal en cualquier circunstancia. Digo movediza no porque tengamos que visualizarla desde la cinematografía, es decir, bajo la tutela de un enigma personificado en la ficción, sino más bien porque hablamos de una incógnita que no puede ser desvelada: su presencia es la ausencia, y en ello deposita el valor de su persona pública. Lo mismo podría decirse de su estado físico, plenamente diluido en el tiempo de la cirugía a pesar de que éste, como otros signos de esta figura, permanecen igualmente ausentes. El tiempo en Isabel Presley es un tiempo retenido bajo el mismo ocultamiento.

Ahora bien, hemos de añadir dos elementos que la conforman en la definición de esa estructura ausente que personifica. De un lado, la revista Hola y el mundo publicitario. De otro, sus maridos. Canal de expresión de lo que en el entorno de las revistas del corazón puede hacerse llamar glamour, la revista Hola ostenta los atributos estéticos y morales de la alta burguesía, o más bien de una clase social de luxe que a lo largo de los años ha ido cambiando de piel, desde las diferentes versiones de la jet-set acumuladas desde los años 60 hasta la clase ociosa que llega malograda a los años 90, pasando por el hedonismo heredado de los hijos de algunos famosos o un star system compuesto por modelos, pilotos, actores, testaferros, esposas, empresarios de pelaje diverso que se dejan caer de vez en cuando en el cuadro, todo ello aderezado en decorados y luminotecnias de couche. Porque lo que conforma a Isabel Presley es también el contexto de ese papel. Como superviviente de esa jet-set, ha sabido posicionarse en el mutismo, de tal forma que cuanto más calla más nos va mostrando la revista lo que ella ha de significar. Esto también lo vemos en sus nupcias. Al menos en su sentido público, el espectador la recibe también por la transferencia que sus maridos han ido depositando sobre ella, una transferencia de carácter valorativo y posicional. Como superviviente de esa clase ociosa, sus maridos han ido delegando en ella sus propias cualidades socio-profesionales. Sin embargo, en los últimos años, ha ido añadiendo a su album personal personajes relacionados con el ámbito de la cultura, sobre todo actores y actrices de calado internacional, algún torero, príncipes, una gama social aún más exclusiva que la que podrían reportar las clasess ociosa nacionales. Se trata de una medición exacta de su imagen de marca personal, por la cual de nuevo va a adquiriendo atributos ajenos e incorporándolos a su esfera pública, una transferencia depositada sobre lo ausente y los vacíos sígnicos.

domingo, 18 de octubre de 2009

rotulos en el strip


Los rótulos se orientan hacia la autopista aún más que los edificios. El gran rótulo -independiente del edificio y de carácter más o menos escultórico o pictórico- se inflexiona por su posición, perpendicular a la autopista y en su borde, por su escala y a veces hasta por su forma. El anuncio del hotel y casino Aladdin parece inclinarse en reverencia a la autopista, por la inflexión de su contorno. Además es tridimensional y tiene partes giratorias. El rótulo del Hotel Dunes es más púdico: sólo es bidimensional y su parte trasera es como un eco de la delantera, pero tiene una altura de veintidós plantas que parpadean de noche. El anuncio del Hotel Mint, en la esquina de la carretera 91 y Freemont Street, se orienta hacia el casino situado a varias manzanas.

En Las Vegas los rótulos utilizan medios mixtos -palabras, imágenes y esculturas- para persuadir e informar. Contradictoriamente, el rótulo es para el día y la noche. El mismo anuncio funciona como escultura policroma al sol y como silueta negra contra el sol; de noche es una fuente de luz. Gira de día y se convierte en un juego de larga distancia. Las Vegas cuenta con el rótulo más largo del mundo, el Thunderbird, y el más alto, el Dunes. Algunos apenas sí se distinguen a lo lejos de los hoteles de gran altura que bordean el Strip. El del Pioner Club, en Freemont Street, hasta habla. Su Cowboy, de 18 metros de altura, dice "Howdy Pardner" cada treinta segundos. El gran anuncio del Hotel Aladdin ha engendrado uno más pequeño y de proporciones parecidas que marca la entrada al aparcamiento. Los edificios también son anuncios. Por la noche, en Freemont Street, edificios enteros se iluminan, pero no por el reflejo de los focos luminosos sino que ellos mismos son fuentes de luz gracias a una tupida trama de tubos de neón. En medio de tanta diversidad, los conocidos anuncios de la Shell y la Gulf se nos presentan como viejos conocidos en tierra extraña. Pero en Las Vegas alcanzan una altura tres veces mayor que en en las estaciones de servicio de nuestra localidad, para poder enfrentarse a la competencia de los casinos.


[Robert Venturi, Aprendiendo de Las Vegas. El simbolismo olvidado de la forma arquitectónica, 1977. Fragmento, pp. 77-78]

 
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