El mar no interrumpe nada. Sigue su propia mecánica, sin más objeción que la que podría amontonarse en los ojos. En uno de mis libros preferidos* la evocación del mar funciona también como un reconocimiento tácito de un estado de cultura prominente, rico en esfuerzo y voluntad, tantas veces dibujado en los mapas. El mar ni siquiera exige esgrimir una certeza duradera, pues el oleaje lo impide, y lo advierte cuando en la costa, en las desembocaduras, el agua se arremolina hacia una dirección que, desde lo humano, podría mostrase aún más incomprensible. No es fácil adivinar esa imagen, pero sucumbimos a su caudal. Todo el mundo intenta llegar hasta el mar.



* Al aproximarse al Mediterráneo, elegimos ante todo un punto de partida: una costa o una escena, un puerto o un suceso, un periplo o un cuento. Luego, ya no importa tanto de dónde hayamos salido, cuenta más hasta dónde hemos llegado, qué hemos visto y cómo lo hemos visto. A veces, todos los mares parecen iguales, sobre todo cuando la travesía es larga. A veces, cada mar es diferente.

Fragmento inicial de Predrag Matvejevic, Breviario Mediterráneo, Anagrama, 1991 (ed. original 1987)


viernes, 25 de febrero de 2011

bloody mary 2.0.


Fotografía de Jens Ingvarsson



De-Phazz > Jazz music
Radiomatic > Fantomas
Neobe, Adani & Wolf > No one in this world
Chic > Good times
Coco Steel and Lovebom > Yachts
Grace Jones > I've seen that face before
Radiomatic > Le roi des menteurs
Air > All I need

jueves, 10 de febrero de 2011

y si ian curtis hubiera entrado en operación triunfo...


¿Qué hubiera ocurrido? Nada. Le habrían expulsado en el primer episodio. Digo episodio porque Operación Triunfo ha formalizado (desde su primera edición) una nueva manera de exponer una narrativa para la manufactura musical. Me interesa el formato no por lo que ofrece, sino por la exposición mediática, veladamente interpuesta, de los signos e ideologías que construyen un producto para su envasado y posterior colocación en las vitrinas del supermercado. En este caso el producto es el cantante, el aspirante a convertirse en nuevo fenómeno comercial. Pero el término comercial no sería muy exacto: no se puede demostrar que la comercialidad esté reñida con la creatividad. Hay multiples ejemplos. Lo que Operación Triunfo reproduce es una ideología del producto culturalmente designado por modelos estereotipados y tipologías verificadas en el lineal de la cadena de montaje.

Operacion Triunfo representa la aplicación del fordismo al entorno musical. Todo producto ha de ser igual al referente objetivo que reproduce, de tal forma que lo que se premia en la cadena de producción es la igualación, su adecuada posición en una categoría de consumo estratificada a partir de atributos impuestos por la logica empresarial de la gran industria discográfica, su culminación en las estanterías y correcta confrontación con productos similares. Es una ideología basada en la repetición infinita. Sin embargo, el producto (es decir, el cantante) es solo un elemento más entre todos aquellos que hacen funcionar el engranaje. Lo que esa ideología reproduce realmente no es el producto en sí, sino la forma masificada, a través del marketing, de introducirlo en la mente del consumidor. El producto tan solo adquiere relevancia en la estrategia publicitaria, pero sus caracteísticas internas lo hacen sólo consumible en un corto periodo de tiempo. El producto caduca cuando la industria deja de invertir en el marketing. No importa tanto la cadencia del cantante como el artilugio de la repetición publicitaria que lo sostiene.

Esta edición multiplica el efecto y, correlativamente, su fracaso. La cuestion no reside en demonizar a su presentadora, Pilar Rubio. La lógica televisiva, basada en la parafernalia de los datos de audiencia, traslada su incapacidad a una presentadora que, en cierto sentido, ha aportado lo que le falta a las ideologías de la industria discográfica a gran escala y a los medímetros de audiencia: emotividad. La cuestión se presenta aún más clara cuando la narrativa del programa carece de argumento y la presentadora se convierte en el chivo expiatorio. Es la propia narrativa la que expone sus propias deficiencias en la cadena de montaje (Los miembros de jurado son sus operarios). Los productos son defectuosos no porque no sepan realizar su función (cantar) sino porque carecen de identidad, o lo que en términos de mercado podría llamarse atributos de marca o valor en la diferencia. Una excepción: Jefferson. Quizá el único que aporta algo distinto, un timbre de voz inusual, una imagen moldeable pero extralimitada entre el comic Manga, las fotografías de la revista Super Pop y el delirio-pop evocado por la saturación de colores de la cultura de los años 60. Si partimos de esa base (Jefferson como excepción), hemos de contemplar la premisa según la cual la industria pondrá toda su maquinaria en marcha para evitar la distinción e incluirlo en un posicionamiento de consumo asimilable. Sin embargo, la música funciona más allá de los parámetros impuestos por la gran industria. Ian Curtis (Joy Division) no hubiera tenido oportunidad alguna en ese conglomerado. Sus movimientos arritmicos, su voz desangelada o su manera de modular las letras hacia el vacío nos impide pensar al cantante desde el contexto ideológico manifestado en Operación Triunfo.

 
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