El mar no interrumpe nada. Sigue su propia mecánica, sin más objeción que la que podría amontonarse en los ojos. En uno de mis libros preferidos* la evocación del mar funciona también como un reconocimiento tácito de un estado de cultura prominente, rico en esfuerzo y voluntad, tantas veces dibujado en los mapas. El mar ni siquiera exige esgrimir una certeza duradera, pues el oleaje lo impide, y lo advierte cuando en la costa, en las desembocaduras, el agua se arremolina hacia una dirección que, desde lo humano, podría mostrase aún más incomprensible. No es fácil adivinar esa imagen, pero sucumbimos a su caudal. Todo el mundo intenta llegar hasta el mar.



* Al aproximarse al Mediterráneo, elegimos ante todo un punto de partida: una costa o una escena, un puerto o un suceso, un periplo o un cuento. Luego, ya no importa tanto de dónde hayamos salido, cuenta más hasta dónde hemos llegado, qué hemos visto y cómo lo hemos visto. A veces, todos los mares parecen iguales, sobre todo cuando la travesía es larga. A veces, cada mar es diferente.

Fragmento inicial de Predrag Matvejevic, Breviario Mediterráneo, Anagrama, 1991 (ed. original 1987)


martes, 27 de septiembre de 2011

happening minimo

En el Nº 5 de la revista Bostezo, dirigida por Walter Buscarini, publiqué un breve ensayo a dos páginas titulado Happening mínimo, con ilustraciones de Gloria Vilches. Artículo que hace repaso de las referencias del happening moderno tomando como modelo el histrionismo filosófico y las imposturas helénicas de Diógenes.

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El happening de Diógenes transgrede todos lo valores de su época al pertenecer a una casta que prefiere cagar y comer pasteles a escribir una sola línea filosófica. Sin embargo, la importancia de su figura se ha visto desplazada hacia la bufonería por el hecho de que su pensamiento se ha transmitido en anécdotas, algunas dudosas.





Pinchar en las imágenes para ampliar.

lunes, 26 de septiembre de 2011

ye-ye girls (recapitulación)


Desde hace tiempo recibo mensajes referentes a las cuatro antologías Ye-Ye Girls que en su día preparé para el monográfico sobre la cultura Ye-Ye. Los archivos caducaron. Tantas peticiones no podían quedar sin contestación. Sin embargo, he optado por hacer una recapitulación, a grosso modo, de las antologías originales. La búsqueda completa hubiera sido interminable.

Brigitte Bardot > Tu veux ou tu veux pas , 1970
Eileen > Ces bottes sont faites pour marcher
Marie Laforet > Marie Douceur-Marie Colere (Paint It Black), 1966
Jacqueline Trieb > 7 Heures du Matin, 1967
Delphine > La fermeture eclair, 1967
Elsa > Ecoutez, 1967
Charlotte Leslie > Les filles C'est Fait, 1967
Marie Laforet > D'etre a vous (I Want You), 1969
Nicoletta > Le grand amour, 1969
Sylvie Vartan > Ne t'en va pas, 1963
Messieurs R. de Bordeaux et D. Beretta > La Drogue
Dani > Fille a moto
Christine Laume > Rouge rouge, 1967
Alice Dona > C'est pas prudent, 1963
Gillian Hills - Maintenant il téléphone, 1963
Dani > Le chpoum
Ariane > Tu voudrais que j'oublie, 1966
Géraldine > Les chattes, 1968
Cléo > Et moi, et toi, et soie, 1966
Gillian Hills > Ne t'en fais pas
Line Renaud > Dieu que c'est bon
Cecile Grandin > Le scaphandre blanc, 1968
Carole Robert > Le fruit défendu
Suzanne Gabriello > Zavez pas lu kafka, 1968
Valérie Sarn > Quand Je
Caterine Caselli > Sono qui con voi
Anna Karina > Sous le soleil exactement,1966
Natacha Snitkine > Jeu du telephone,1967
Patricia Carli > L'amour en cage,1963
Jacqueline Taieb > Le coeur au bout des doigts,1967
France Arnell > L'amour s'oublie,1964
Marie Laforet > La plage
France Gall > Les sucettes, 1966
Anna Karina > De plus en plus de moins en moins, 1967
Sylvie Vartan > En ecoutant la pluie, 1963

Ye-Ye Girls (recapitulación)

viernes, 16 de septiembre de 2011

nuevos romanticos y modernos contra la superficialidad (I)



La superficialidad actúa en ocasiones como ejecutor de una nueva disponibilidad de aquellos signos que todavía no han sido comprendidos: el concepto, denostado por su aparente incapacidad para captar un sustrato emocional, psicológico o social, construye algunos estigmas infalibles. Las subculturas juveniles pueden percibirse, desde las instituciones y las ideologías de Estado, como la distorsión aclaratoria de un colectivo desubicado, distanciado del estrato social hegemónico. Ante ese orden de cosas siempre se obtendrá un mecanismo acusatorio (pánico moral) y una modalidad de desprestigio que habrá de culminar en un titular sobre su superficialidad. Pero el esquema ideológico, estético y vivencial de cada una de ellas contradice las hipótesis de lo superfluo. El repaso sobre la iniciación que va del teddy boy británico de la posguerra al punk encapsulado en las incipientes políticas neoliberales de finales de los años 70 somete a un criterio distinto la crítica cultural, de tal forma que en ellos se da siempre un método de oposición al sistema imperante en la medida en que el mundo ha de ser interpretado de nuevo desde el interior de cada grupo. La reacción a ese proceso se basa en un formato especulativo que intenta deslegitimar sus ideales.


Cito aquí, a modo de prospecto distintivo, el ejemplo que más se podría acercar sólo en apariencia a la recepción de una estilística insustancial asociada, si no a una subcultura en sentido estricto, a una tendencia grupal que aglutina música y moda, originada a partir de 1979 en torno a varios clubs londinenses (The Blitz, Billy’s) y un sentido de la mezcolanza que vertiría en la vestimenta el despiece definitivo que otras tendencias (punk, mods, teddy boys) habían propiciado sobre la moda. Los Nuevos Románticos y, por extensión, los modernos de finales de los 70 y principio de los 80 (del siglo XX) representan no sólo el estadio último del proceso estético iniciado con el Glam-Rock y llega al punk del 76-77 bajo un collage disoluto y dramático para reconvertirse en modelo aún más flexible bajo las variables de la New Wave, sino también el receptáculo sobre el que momentáneamente se hará visible un discurso de la posmodernidad.

Ese discurso plantea un motivo estético fundamentado en el apropiacionismo, una retícula que ya había sido acogida por las vanguardias pero que, ante el programa que pronuncia el fin de los grandes relatos y el triunfo del fragmento, exprime la tradición vaciando los signos de época que le daban sentido.



Si en una primera lectura los Nuevos Románticos surgen como alternativa al posicionamiento de la experiencia del punk original, su análisis semiótico ejerce una base más poderosa para esgrimir una síntesis de las subculturas de la segunda mitad del siglo XX, hecho que ha sido poco valorado al anteponer las formas exóticas, explícitamente lúdicas, sobre las que se asentaba su estilística. Se trata de la misma deconstrucción que había llevado el punk respecto a algunos hitos vestimentarios, con el enigma añadido que habría de recolocar el pasado en un espacio en suspensión. Quizá por eso tal romanticismo estético se produce en recintos distintivos, es decir, exclusivos, nocturnos, cerrados, aglutinadores al mismo tiempo de un código mistificado por los miembros más adelantados del grupo. The Blizt, club en el que se asentaría el movimiento bajo una batuta visual heterogénea, tan sólo legitimada por la acumulación de signos disociados y superpuestos sobre los hechos de una moda de ficción y su adscripción directa a la amalgama tecno-pop, se presenta como un umbral iniciático, un espacio autorreferencial donde la novedad está depositada no tanto en la originalidad como en la capacidad de su clientela para hacer de la moda un enclave deshistorizado. La acumulación ofrece así un modelo de fragmentación. La ropa induce a la melancolía, a una épica aligerada por una pose que, en cualquier caso, no ha de confundirse con lo superfluo pues en el movimiento también existen signos que declaman autoría.

La extrañeza siempre provoca mecanismos de autodefensa desde los estamentos sociales mejor posicionados política y económicamente, pero las fotografías de la época nos hablan con la misma celeridad con que los hechos del ropaje postulan nuevas formas de representación. El fotógrafo británico Derek Ridgers, desde un ejercicio casi-antropológico y una visión orientada a describir tipologías ubicadas entre los bastidores nocturnos y diurnos de la New Wave, abastece la fuente documental para maniobrar con la clave de esa posmodernidad practicada. Partimos de su registro para evaluar el instante en que algunos movimientos subculturales confluyen en una síntesis ad hoc, una propina literal que volcaría parte de sus intereses en repensar la moda como un hecho separado de la historia. En ese sentido, los Nuevos Románticos inciden sobre referencias alejadas de su contexto urbano teatralizando el mundo (exotismo, orientalismo, lujo, barroquismo, etc.) y exponiendo en un sampleado de telas, patrones y adornos la rememoración de épocas pasadas.


Muchas fotografías de Ridgers recogen precisamente ese sustrato en el que la disolución de la identificación con un movimiento subcultural exacto, definido y programado, altera el orden de la vestimenta dotándola de otros significados. Los Nuevos Románticos llevan esa ideal hasta sus últimas consecuencias. Los modernos, que al menos en España (años 80) tuvieron una réplica irónica-satírica bajo el término modernez, cambian los pliegues de su vestuario hasta probar que un rockabilly nunca volverá a parecerse a un rockabilly, del mismo modo que Steve Strange, miembro del grupo musical Visage y asiduo actor participante de The Blitz, puede presentarse con un tupé que nunca volverá a parecerse a un tupé. Ese contrasentido es lo que hace pensar que lo superfluo ha quedado excluido: existe así una voluntad, quizá inconsciente, de transgredir el corte (y la confección) de la ropa.

En ese cruce de sentidos que rehuye la superficialidad hay también una mirada casi cinematográfica a los estilos de época. La diferencia entre vestuario y moda se hace imprecisa. En consecuencia, el lenguaje estético elude la explicación: cómo se produce el desplazamiento de lo anacrónico a lo moderno, un eje que depende de factores contextuales y forja la implicación psicológica de los actores participantes en los códigos específicos de la subcultura, sufientemente abiertos para admitir una percepción de la novedad sin servidumbres.

Todas las fotografías son de Derek Ridgers, realizadas entre finales de los 70 y principios de los 80 en The Blitz y otros clubs londinenses

jueves, 1 de septiembre de 2011

manolas





Fotografías. Javier M. Reguera (Pichar en las imagenes para ampliar)

 
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