Extracto inicial de un resumen del estudio "Sinestesia, de la arquitectura a la moda" publicado originalmente en la sección Container.Trends en mi web profesional Javier M. Reguera Studio, donde se puede leer el resumen completo.
Los estilos (artísticos) también acontecen para proporcionarle al ojo una dimensión perceptiva más ajustada a la realidad, ya sea por la necesidad proyectiva de alinear la estética con las trasformaciones psicosociales en la esfera pública y privada o por la perspicacia ideológica por la cual el mundo ha de hacerse más comprensible.
El Gótico, el Rococó, el Minimalismo, el Funcionalismo, el Streamline modern o el Googie, por citar sólo algunas corrientes entre otras muchas que han ido sucediéndose a lo largo del tiempo, imprimen al modelo de sociedad en el que se inscriben un sistema mental. En su versión más expresiva, esta idea nos dice que el campo social (organización, estructura, disposición) sintomatiza sus códigos (valores, estilo de vida) a través de signos visuales que, puestos en su conjunto, caracterizan una estética.
Valgan dos anotaciones como muestra de esa interrelación. El Rococó, aparecido a principios del siglo XVIII, supone una administración de la armonía y la bellleza distinta a la que había imperado con Luis XIV (ostentación, barroquismo, excesos de la vida cortesana, predominio de la aristocracia) para resaltar un hedonismo que empieza a extenderse incluso a la alta burguesía. El Streamline modern, una derivación del Art-Decó, capitaliza el interés por la aerodinámica (preludio de la era espacial, años 50) a través de la incorporación de la línea curva al diseño, pero en su trasfondo está la prerrogativa de comunicar un mundo nuevo en los años posteriores a la depresión del 29, en Estados Unidos. En ambos casos los cambios formales se originan en la arquitectura para trasladarse después a otras disciplinas. El Rococó se aprecia en la pintura, la decoración, el diseño de muebles. El Streamline modern aplica sus descubrimientos a objetos de consumo utilizados en la vida cotidiana (coches, tostadoras, radios, etc).
En el análisis de tendencias, el trasbase incipiente de un conjunto orquestado de elementos visuales-estéticos de un ámbito a otro puede querer decir que un estilo está concretando su definición en un marco más amplio, de tal forma que sus posibilidades de adquirir reconocimiento y legitimidad son mayores. El proceso puede ser más o menos lento, visible o preciso, pero en las coordenadas que llevan de la novedad a un enclave de visibilidad el estilo remarca la intención de asentarse al menos ante una masa crítica. Hablamos del uso, de su difusión y alcance, de las transferencias del código a áreas creativas (incluso de mercado) distintas, y es ahí donde hemos de situar la proclama de la Sinestesia como un código estético (que conforma un estilo) a tener en cuenta.
Tomando como punto de referencia la neurofisiología, la Sinestesia puede definirse en base a la percepción conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones en un mismo acto perceptivo. Su traducción al mundo del arte queda expuesta en el desarrollo del Op-Art a mediados del siglo XX, donde la dialectica producida entre modelos geométricos y lineas dispares, los contrastes cromáticos o la repetición en pugna con otras formas contrapuestas, crean una experiencia visual fuera de lo común.
Podemos retrotraernos a los pioneros en el uso de la sinestesia como Víctor Vasarely y Bridget Riley, incluso a los espacios sinestésicos de artistas como Yaacov Agam, para certificar que su estilística parte de conceptos pictóricos y se traslada casi simultáneamente tanto a la escultura como al espacio, es decir, a la instalación como mecanismo artístico en la creación de un interior. Años después encontrará una vía acomodada a proyectos arquitectónicos contemporáneos de mayor envergadura, tal vez contradiciendo la trayectoria de algunos estilos pasados que se habían propiciado primero ante el alarde político, ideológico y social de la arquitectura y el urbanismo.
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