martes, 20 de febrero de 2007

la mirada del delito, dolce & gabbana y las instituciones

Las manifestaciones de penuria cultural alcanzan al ojo cuando las instituciones se empeñan en hacernos ver en las fotografías, los cuadros o cualquier otro objeto del arte, lo que ellas han establecido como incorreción o delito. El delito, finalmente, termina por contagiarnos a todos a través de nuestra propia mirada expuesta bajo el designio de las representaciones que las instituciones van imponiendo. Hace tiempo que la crítica de arte (y literaria) sabe que la imagen ya no es representación; quien representa es el ojo, la mirada individual o colectiva que ha decidido darle una significación específica a esa imagen. Sin embargo, los poderes fácticos, o aquellos otros que tienden a acaparar un espacio de influencia socio-económico, hacen un uso arbitrario e interesado de esa máxima cuando determinan los límites de la corrección, lo que resulta apropiado al ojo o es susceptible de censura. En estos términos, no existe mayor obscenidad que la de aquellos que pretenden infundir en nuestros ojos la mirada del delito.

Esta vez ha sido el Observatorio del Instituto de la Mujer quien, bajo un criterio igual de arbitrario influenciado por el terrible problema (y lacra) de los malos tratos a la mujer, ha pedido la retirada de una fotografía de Dolce & Gabbana con el argumento de que la escena incita a la violencia y hace “admisible la utilización de la fuerza como un medio de imponerse sobre las mujeres”, denigrando su imagen (foto nº 1). Además de que tal interpretación es muy discutible y, en todo caso, debería estar expuesta a otras posibilidades y a su refutación, la cuestión deriva de una perspectiva según la cual el citado instituto intenta imponer sus conclusiones sobre esa imagen de una manera universal, alzándose con el patrimonio de lo que significa. El mismo fenómeno se produjo meses atrás en el Reino Unido con otra campaña de Dolce & Gabbana basada en cuadros del siglo XIX (foto nº 2) en la que, según sus detractores, se glorificaba la violencia. Podemos eliminar, así, toda la tradición pictórica de ese siglo centrada en los triunfalismos de la guerra, y con ello los destellos guerreros del futurismo, el surrealismo y su maquinaria erótica, las fotografías sexuales de Robert Mapplethorpe, el cine gore y un largo etcétera de obras que han puesto en duda, precisamente, la mirada institucional sobre las cosas del mundo.

 
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