viernes, 11 de enero de 2008

el punk, 30 años y un día


Pero el punk. 30 años de revolución social que, en todo caso, explican la mediación del mercado discográfico, de la cultura mercantil, en la creación de algunos movimientos culturales, su expasión y su propia decadencia. Lo que hubo antes y después es casi una anécdota en los márgenes de los hechos sociales. Malcom McLaren tuvo la visión de orquestar un panegírico para las melodías discordantes (y disonantes) de los Sex Pistols, pero en 1978 todo había terminado de la forma más nefasta. Lo que vendría después es el mimetismo social, los disfraces y una forma de conducta gestual que poco tendría que ver con los manifiestos que los originarios del movimiento habían entresacado de las imposturas de la Internacional situacionista de los años 50.

Aunque aquí Greil Marcus añade un comentario fidedigno en los principios de lo que fue ese agujero en el centro mismo de las convenciones culturales:

El deseo comienza con la exigencia de vivir no como objeto sino como un sujeto, y esa exigencia se abre a una calle libre. Al maldecir a Dios y al Estado, al trabajo y al ocio, al hogar y la familia, al sexo y el juego, al público y a uno mismo, durante un breve tiempo la música hizo posible experimentar todas estas cosas como si no se tratase de hechos naturales sino de estructuras ideológicas: cosas que alguien ha hecho y que consecuentemente pueden ser alteradas, incluso eliminadas. Fue posible ver estas cosas como chistes malos, y la música entró en escena como un chiste mucho mejor. La música surgió como un no que luego se convirtió en un sí, a continuación en un no y luego otra vez en un sí: nada es cierto excepto nuestra convicción de que el mundo que se nos pide que aceptemos es falso. Si nada es cierto, todo es posible. En el mundo del pop, un ámbito que la sociedad mantiene en libertad tanto para generar símbolos como para eliminarlos, en el único medio en el que un don nadie como Johnny Rotten tuvo una oportunidad de ser oído, todas las reglas se desmoronaron. En un tono que la música pop jamás había producido, se oyeron exigencias que esa misma música jamás había expresado.
[G. Marcus, Rastros de carmín,p.14]

Lo que llegó a perdurar, sin embargo, es el estado publicitario en que cualquiera de sus posibles manifestaciones encuentra su acomodo de supervivencia, su reducción minimalista para la expresión máxima de sus ideas. Pero cuando todas las palabras ya han llegado a las grandes avenidas la idea ya no existe, la encontramos en los escaparates y cualquiera puede calzarse las botas sin sentirse ridículo.

Es por ello que podría hablarse del punk como actitud o como movimiento. La actitud ha existido incluso mucho antes de que McLaren ideara una vuelta de tuerca en los negocios discográficos. ¿Quién podría negarle a George Brassens su dietario punk contra el orden burgués de los años 50 y 60? Bien, es sólo un ejemplo que podría multiplicarse y extenderse a otros territorios, a otras épocas, pero lo que en este monográfico nos interesa es que esa actitud también fue orquestada como movimiento cultural y musical, quizás fugaz, endeble en el sentido de que muy pronto, en apenas dos años, fue asimilado por la corriente aún cuando su repercusión se ha hecho notar de modos muy distintos en la cultura de finales del siglo XX. Este monográfico no pretende ser una historia del punk, y mucho menos nos extenderemos en los pormenores del hardcore de los 80, el punk gótico, el Oi!, el transmetal o las mutaciones que ha ido sufriendo a lo largo de su historia. Nos interesan algunas ideas, confrontarlas con otros movimientos coetáneos, ver las salidas que el punk de primera hora encontró ante sus callejones sin salida, buscar sus contradicciones y sus logros.

En definitiva, inventariar un argumento para el punk como espacio de negación, una filosofía negativa que hizo de la práctica del haztelo tú mismo un modelo de potencia creadora.

 
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