miércoles, 4 de abril de 2007

Mina, il cielo in una stanza



Antes de que el ye-ye surgiera en Francia en los años 61-62, Mina ya había hecho en sus primeros discos en single y LP, o sea, a nivel musical, practicamente todo lo que se podía hacer con él. En el contexto, Italia poseía otras características, como las tendría España, y la recepción de la imagen de la cantante ye-ye prosperó sólo a medias. Mina fue siempre Mina, desde el principio.

Es cierto que todas practicaron el ye-ye en algún sentido. En muchas quedó impregnada esa pátina de un tiempo que no volverá. El tiempo es cruel incluso con aquellos que creen poseerlo. Algunas estrellas-cantantes de los 60 pensaron que nunca pasaría la década prodigiosa y vivirían en una fiesta ye-ye perpetua. Las hay que han sabido dirigir sus carreras hacia otros lugares más acordes a su evolución individual. Las que intentaron perpetuar el éxito primerizo, que es el más falso, acabaron por repetir la misma sonata una y otra vez hasta que el oyente y el fan dejó de oirlas: preferían escucharlas en los vinilos originales. Cuando las canciones eran otras y la juventud demandaba letras distintas, esas cantantes no supieron amoldarse al tiempo. En el lado contrario está Françoise Hardy, Jane Birkin. Y Mina. Ellas, y algunas otras, supieron adaptarse a la contemporanidad.

Mina, sin embargo, siempre fue Mina. A mi entender, la mejor cantante de su generación. Incluso en sus primeros discos su hondura de voz, que en los 70 llegaría a su máximo esplendor, estaba presente como alegato de la artista novel para decir, aquí estoy, estaré toda la vida. Y así ha sido. Continúa publicando discos magníficos, haciendo relecturas de sus éxitos pasados sin regocijos nostálgicos. Se dejó renovar una y otra vez. La Mina del principio es Mina, y sobra con escucharla en sus primeros LongPlay, editados en 1960, para darse cuenta de ello.

 
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