martes, 3 de abril de 2007

un aire a psicodelia

Ya se irá viendo que el pop francés de los 60 se alimenta de muchos sitios. Bob Dylan se pasea a hurtadillas por las canciones de Michel Polnareff o Jacques Dutronc, los Rolling Stone están en todas partes y el rock clásico es la fuente de todos los días. Con todo eso, las psicodelias. Porque de vez en cuando también aparece un aire del flower power de San Francisco en la historia del ye-ye. Hay una línea que predomina, la de Laforet, Hardy, Gall, Birkin y todas las grandes que dejaron de ser ye-ye's cuando las portadas de sus discos aún decían lo contrario. La influencia anglosajona no es sólo una excusa, invade las revistas con el mismo ímpetu con que Françoise Hardy llena las páginas centrales de Salut les Copains. Cualquier cosa podría haber pasado, porque las influencias en muchos casos no se sabe si son de ida o de vuelta. Si Sandy Shaw hubiera nacido en París sería la mas almidonada de las ye-ye, pero su anglosajona figura nos impide reconocerla en ese espejo.

Lo mismo ocurre con el psico-yeye (me encanta llamarlo así aunque no aparezca en los manuales). Es algo que se escapa del estereotipo, del elástico chicle de lo ye-ye, y se apropia de algún punteo psicodélico. Ahi va Jean Jacques, Christine Pilzer, Pierre Henry, Virginie Rodin, Jacqueline Taieb, Sullivan y algo de Ronie Bird o Leo Ferrer para confirmar que lo que hubo en Francia era lo más parecido a la psicodelia norteamericana que se podía producir en ese instante, una forma apenas perceptible que se entremezcla disimuladamente entre el ye-ye convencional, el rock 'n roll clásico y la canción melódica.

Francia aporta un toque personal, no sé si por el idioma o porque la influencia de la chanson francesa de los años 30 a los años 50 todavía pesa demasiado. Lo cierto es que, a modo de azar, aparecen algunas cosas distintas que no proceden del sonido habitual, una psicofonía o un recuerdo de Joe Meek (que siempre aderezó el pop británico con reverberaciones y un sonido recién llegado del espacio), de Jeffeson Airplane o los desplantes orgánicos y eléctricos de Bob Dylan. Pero el ye-ye no era nada, no existía, era un hálito apenas. Lo que en verdad existió fue el contexto.

 
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