lunes, 4 de junio de 2007

holly-wood



I. En las crónica venideras Ed Wood [Tim Burton, 1994] quedará como una obra maestra de la emulación estética, como una rigurosa exaltación de la serie Z o el trozo de biografía de un cineasta al que han concedido postmortem el título de Peor director de la historia del cine, doblemente: por su escaso sentido de la inventiva fílmica y por una triquinuela puramente comercial que hará sonar su nombre tanto como el de Orson welles. Ed Wood, el director, ha llegado al olimpo del séptimo arte mucho después de rodar su última película y otros tantos años dedicado a la novela pornográfica, aunque ya en 1961 filmara The sinister Urge, un alegato más bien pesimista en el que, a través de un argumento de serie negra, ya había imprimido sus comienzos en el arte de la pornografía y su desilusión ante una carrera truncada. Este, evidentemente, no es el lado biográfico descrito por Burton, pero ofrece el futurible de esa experiencia.

II. Desde el mismo principio de la película, o sea, desde unos títulos de crédito tomados de Plan 9 from outer space [Ed wood, 1956], la impronta escénica de ese cine se acredita por sí sola, en otro homenaje que desprende más de un guiño a la ciencia-ficción, a su poética: una cámara oscilante recorre, lápida a lápida, las colinas de Hollywood para luego aproximarse hasta una de sus barriadas hecha a escala, donde comienza la trama y la película. Sin embargo, su argumento ya existía en las páginas de un libro de Michael y Harry Meved, The golden turkey awards, en el que se le subía al pudium de la inmundicia cinematográfica, y en otro libro de Rudolph Grey, Nightmare of ecstasy. The life and art of Edward D. wood, donde además de un surtido amasijo de testimonios en primera persona, hay fotos. A partir de ahí, Tim Burton ha dedicado 72 días a ponerlas en movimiento, recreando laboriosamente, en forma de tributo, toda una cohorte de personajes que ya entonces, durante los años 50, acapararon el casting de unas cuantas películas ideadas, escritas y dirigidas por Ed Wood, entre las cuales hay una vieja estrella del cine de los años 30 enganchado a la morfina [Bela Lugosi], un luchador sueco que hizo carrera en la serie Z [Thor Johnson], una presentadora de programas horroríficos para la televisión [Vampira], una teenager metida a modelo, novia de Ed Wood, que escribió alguna que otra canción para Elvis Presley [Dolores Fuller], un parapsicólogo de silueta siniestra [Criswell], un travestido con porte de duque [Bunny Beckinbridge] & etcétera, todos ellos colocados en el punto de mira optimista.

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III. La película sólo recoge, aparte de un periodo de augue vital [los años en que Wood realiza Glen or Glenda, The bride of the monster y Plan 9 from outer space, 1953-1956], un tema por completo provisto de rasgos de autor, donde Tim Burton ha instaurado parte de su enmienda cinéfila: la voluntad creadora, de tal modo que la cinta parece haber sido inventada con el único pretexto de adjudicar sentido al fervor artístico y al temperamento creativo más allá de la estricta paradoja de la factura o la calidad. Muchos momentos de la filmografía de Tim Burton demostrarían su afinidad con el propio talante de Ed Wood. En ambos hay la extravagancia poética y una noción fetichista de los personajes, pero es en la urgencia estética donde el parentesco Burton-Wood dispone de una lado escénico en el que además, sobre una planicie sombría al fondo, se ha movido todo el decorado. Los rasgos predilectos de Burton ante este decorado común componen un mundo en apariencia real y cotidiano [Eduardo Manostijeras], los de Ed Wood falsean todo vestigio de movimiento real [Plan 9].

IV. La perspicacia fílmica de Tim Burton por detallar el mundo de Wood es, como en un juego de espejos, otra manera de hacer relucir sus obsesiones temáticas. En Ed Wood ha vuelto a mirar con los ojos totalmente enfocados en una de sus figuras recurrentes: el personaje extraño al contexto común, un personaje que sólo provisionalmente encaja en el mundo y es ofrecido, en caso extremo, como chivo expiatorio a toda una comunidad. Su fascinación por estas tipologías quedaba ya patente en la particular recreación que hiciera del clásico de James Whale [Frankenstein] con el cortometraje Frankenweenie [1984] y en la citada Eduardo Manostijeras.

 
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