viernes, 29 de junio de 2007

detritus y posmodernidad, materiales para una reubicacion de la movida


[El Hortelano, Las cuatro estaciones, 1978]

Cada época va acumulando criterios, argumentos y disquisiciones para su propia descripción a tiempo real, es decir, en el mismo instante en que los hechos se van sucediendo. La historia reordena ese material y lo hace legible, pero en el transcurso de su lectura muchas cosas perecen ante su propio desfase. El historiador o el sociólogo suelen deshechar ese material por intrascendente. Sin embargo, los detritus documentales que se generan a uno y otro lado de los grandes acontecimientos también nos dan la medida del espíritu de una época. Los años 80, junto a sus grandes momentos y los nombres propios que propiciaron todo un cambio en los medios culturales, produjeron también el desparrame de los acontecimientos y, en consecuencia, todo un elenco de material de deshecho que con el transcurrir del tiempo se hace igual de imprescidible para la comprensión de lo social. El comic, la música, la moda, la pintura, cualquier ámbito de producción cultural, dio en los 80 multitud de ocasiones para que todo un lustro se fuera al traste o pasara directamente a las vitrinas de los museos. Es el momento en que la salida de la dictadura por la vía de una éxpresión artística tendente a la euforia hace posible un proceso de reconstrucción del campo cultural y del arte, creando nuevos espacios de interrelación y una mayor simbiosis entre las instituciones y aquellos otros espacios que se habían situado hasta ese instante en la periferia del campo, la marginalidad o el anonimato.

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La movida madrileña es un fenómeno que se diluye como hecho sociológico e histórico si no se tiene en cuenta la amplitud del contexto en que aparece y todas las tramas culturales que fueron apareciendo a la vez que la transición hacia la democracia iba clarificando el nuevo discurso social. La revista La Luna de Madrid, a la vez que hoy ya puede considerarse un verdadero archivo de detritus y materiales de valor incalculable, apareció justo en el momento en que algunas de esas tramas iban a organizarse bajo el emblema de la posmodernidad. La Luna acapara ese discurso para sorpresa de los intelectuales consolidados, pero en la propia línea editorial y de contenidos del magazine ya está el fondo de aquella premisa expuesta a lo largo de este monográfico según la cual la validación de una época también ha de hacer uso de esos materiales que en dos minutos ya los veríamos en un cementerio de automóviles.

El nº 2 de la revista, fechado en diciembre de 1983, inicia sus páginas con algunos artículos recogidos bajo el título Caos y desorden: todo el año será carnaval, textos escritos por Eduardo Haro Ibars, Javier Sádaba, José Tono Martínez, Vicente Molina Foix y Llorenç Barber. Ejemplo perfecto en el que detritus y plusvalías culturales intentan reorganizar el maremagnum de todas las tramas que han ido saliendo a superficie desde los años de la transición democrática. El hecho posmoderno se coloca como síntoma y el fragmento alcanza status de totalidad inabarcable. Javier Sádaba, en su artículo La descaotización del caos, lo explica en los siguientes téminos:

"El mundo posmoderno se nos aparece como un mundo desmoronado. Algo que era sólido, castillos con muchas puertas y ventanas, se han convertido en pantanos o laberintos. Caminos enrevesados, promesas ilusorias, desorientación, desasosiego, malestar y vulgaridad son el rostro del caos posmoderno. A la posmodernidad parece no quedarle ya ni una vuelta a pasados mejores, a pequeños paraísos perdidos. Tiene una clara conciencia de que para nada vale la conciencia clara. Quizás le quede solo la nostalgia. El resto rezuma caos. ¿Cómo salir de ahí?. O, ¿cómo disolver ese corroído corazón de caos? Solo se me ocurren estas palabras de Becker: Al perder la capacidad de asombro era inevitable que el bien y el mal se convirtieran en un asunto de cálculo técnico. Dicho en palabras admirativas: bienaventurados los que recobren la capacidad de mirar no sólo al cómo sino al qué. A ellos les está dado vivir, a gusto, en el caos primordial: y sí noche y día" [La Luna de Madrid, nº 2, diciembre 1983, p. 7]. Así va surgiendo toda una fenomenología que subsiste entre la perpetua caída al vacío y la voluntad de aclarar el signo de los tiempos. La Luna de Madrid jugaría a esa paradoja en la misma proporción en que las tramas culturales afines a la movida madrileña promulgarían cierta reverencia ante la sensación posmoderna de calcular el valor como un efecto puramente medíático, pero lo que iba a suceder en 1985-1986 es que ese vacío tenía un tope.


[Documento. Llorenç Barber, Luna y posmodernidad, La Luna de Madrid, nº 2, diciembre 1983, p. 9]

 
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