martes, 12 de junio de 2007

el rastro, eduardo haro ibars


Eduardo Haro Ibars, El nuevo rastro, ágora madrileña, Triunfo, nº 773, 19-11-1977

De manera estereotipada, Eduardo Haro Ibars ha sido calificado en demasiadas ocasiones como el poeta de la movida madrileña. Si la mayoría de los implicados en esta historia intentaron ocupar un lugar único nada más advertir que los medios iban a hacer la gran parada sobre el Madrid de la movida con el previsible resultado de que todos consiguieron colocarse, incluso los muertos, Haro Ibars, poeta y cronista de muchas cosas, escapa a la definición que intentaron imponerle desde fuera y siempre mantendría una independencia casi solipsista en relación a sus coetáneos. Independiente en su faceta poética y en sus aventuras culturales. Independiente en la crónica social y musical que haría desde mediados de los años 70. Así, su libro Gay Rock [1975], el primero en su género escrito en España, hoy puede considerarse un manual sobre la época del que bebieron todas las bandas que iniciaron su andadura con la Nueva Ola. Eso lo trataremos más adelante, y veremos cómo arremete contra el punk y otros oropeles del disfraz.

En esta ocasión lo traemos por un artículo que publicó en la revista Triunfo en 1977 sobre el rastro madrileño, espacio en el que, a partir de 1975, empezarían a surgir nuevas modalidades culturales, manisfestaciones alternativas al discurso cultural predominante durante la transición democrática. Del mismo modo, en el rastro suele situarse uno de los embriones de la movida, La liviandad del impredible del ideólogo y cantante Fernando Márquez, la Cascorro Factory de García Alíx y Ceesepe, y unos cuantos puestos callejeros que algunos estudiosos han denominado inluso de movimiento underground pasando por alto que éste se hallaba en otro lado, por ejemplo, Barcelona, con la revista Star y Ajo blanco y otras iniciativas que habían construído su espacio de participación al margen de la oficialidad. Ya se dijo aquí que la movida madrileña, a excepción de algunos casos concretos, apenas tuvo una etapa underground. Enseguida obtuvo un crédito institucional, tanto en los medios como en la vida pública de la ciudad. Lo que a mi modo de ver existió en sus inicios fue un espacio de interrelación íntima en el que predominaba la actividad cultural, la cual pasaba por la creación de fanzines o el pirateo de comics norteamericanos. El rastro fue precisamente uno de los lugares en que esa interrelación llegó a cuajar en proyectos tanto colectivos como individuales.

 
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