viernes, 8 de junio de 2007

fenomenología de la movida madrileña y otras pesquisas historicas


Almodovar & McNamara

La movida madrileña es un fenómeno movedizo, apenas percibido como real desde el mismo momento en que su propia singladura histórica se diluye entre el discurso publicitario, la intromisión política y el rechazo aparente de aquellos que la protagonizaron. Hoy, ante la recapitulación de los años 80 llevada acabo desde las instituciones culturales, parece principiarse la tesis de que la movida madrileña aglutinó todo el campo cultural desde finales de los años 70 a mediados de los 80. La falsedad cultural actúa siempre por mediación de un principio político. Lo hizo en esos años y lo hace ahora, pues los poderes siempre formalizan la cultura incipiente en oficialidad si en ello detectan posibles plusvalías políticas.

Evidentemente, cuando se empezó a hablar de la movida madrileña como un conglomerado más o menos formal el poder ya estaba ahí para institucionarlo. Veremos cómo el tránsito del underground a la objetivación de una trama cultural consolidada viene dada tanto por la instrumentalización política como por la respuesta mediática que los miembros de esa trama ofrecen ante su salida a superficie. Eso será más adelante, pero se ha de confirmar un principio básico para estos retales venideros: la movida madrileña es también la consecuencia de un aporte infraestructural de la cultura que se viene fraguando desde los primeros años de la transición democrática e hizo posible la canalización de una nueva expresión artística, y de un estado psicológico que, ante el cambio generacional y la ruptura de las nuevas generaciones con el pasado inmediato, precipitó una transformación en el consumidor de cultura.

La construcción de nuevos canales de expresión favoreció practicamente a todas las disciplinas artísticas, aunque fue la música la que adquirió un lugar privilegiado con mayor rapidez y efervescencia. Música, cine, ilustración, fotografía, de pronto empiezan a surgir nombres, fechas, recuerdos, protagonismos, personajes advenedizos y artistas de gran valía. Todo en mezcolanza. Cualquiera podía hacer un cuadro o pintar las paredes de su casa y hacer de ello una galeria de arte. Son los 80, el eclecticismo y el olvido, las nuevas algarabías políticas y las envidias mediáticas. Todos quisieron salir del anonimato y en cualquier lado había un punky para amenizar el estilo. Pero la movida actuó por exclusión, casi como si la cronología no existiera y sus miembros hubieran decidido desde el principio quién es quien en esta historia.

Es el relato de una gran confusión. Iremos de un lado a otro, lentamente, pues quizás las fechas actuán a veces como ejemplo de discordia y sólo los hechos aclaran cual es el momento en que se ha de colocar cada palabra. Digo esto porque ni siquiera aquellos que participaron directamente en muchos de sus acontecimientos se ponen de acuerdo en clarificar un principio y un fin para la movida. Más bien han sido, en la mayoría de los casos, perjudiciales para la exposición coherente de este trozo de historia. Muchos de ellos han fomentado mitologías y leyendas, como si la propia historia se narrara ante el recuerdo sublimado de alguien que pasaba por ahí. Sólo la distancia y el tiempo marcan la pauta para desglosar los hechos de las mitologías.

 
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