sábado, 9 de junio de 2007

la luna de madrid


No.1, noviembre 1983, con portada de Ouka Lele + No.6, abril 1984, con portada de Ceesepe

La aparición de la La luna de Madrid en 1983 coincide con un momento en que la via informativa volcada hacia la política se halla, en cierto sentido, agotada. Un agotamiento que se trasluce de la necesidad de dar cabida a otras manifestaciones incluídas en el proceso de democratización. La labor que llevan a cabo los grandes medios de comunicación desde los incios de la transición democrática a la llegada del PSOE al poder en el 81-82 cumple una función esencial, pero en el contexto de los fenómenos culturales emergentes el papel de la prensa todavía muestra cierta distancia en relación a la construcción de un discurso cultural capaz de ofrecer una descripción profunda. La Luna, dirigida por Borja Casani, lleva a término precisamente ese papel aglutinador en el ámbito de la prensa escrita, dotando a los contenidos culturales de la movida de un discurso coherente dentro del eclecticismo propio del movimiento.

[La Luna de Madrid] surge de la galería Moriarty, donde hacíamos las famosas tertulias de los jueves, alrededor de las cuales se había ido apiñando mucha gente. Uno de los grandes objetivos, digamos estratégicos, de toda la cultura madrileña de aquellos momentos era salir a la luz. Alberti aparecía trescientas treinta mil veces en los periódicos, mientras que cosas de real importancia para nosotros no aparecían. Yo hablaría de tres etapas. La etapa directamente underground, previa al año 81, la más cercana al punk, a las tribus urbanas. Una segunda etapa marcada por la necesidad de salir en bloque a la luz, que sería la de La Luna, la de la movida, del 81 al 86. El gran objetivo de esta etapa era existir, generar un comercio, unos canales industriales, galerías nuevas, editoriales nuevas, casas de discos independientes. La tercera etapa es la de la consolidación comercial y salto internacional. Y la base sobre la que yo pensé La Luna es la del Village Voice de Nueva York. O sea, un periódico lleno de letras de principio a fin, que combinara tanto artículos de fondo potentes como el lanzamiento de propuestas que pudieran morir a los diez minutos, haciendo una gran hincapié en la ciudad y en el espectáculo que la ciudad está generando en ese momento.
[Fragmento de entrevista a Borja Casani en J.L. Gallero, Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña, 1991, pp. 11-13]

Al margen de las cronologías descritas por Casani, las cuales pueden ser muy discutibles, lo cierto es que La Luna hace explícita la necesidad de una vivencia colectiva, la objetiva y la ofrece de nuevo al auditorio como expresión de un mundo inédito. Pero supone, a la vez, un intento de construir la ciudad de Madrid desde otros parámetros conceptuales. La posmodernidad se convierte en una consigna cultural y la ciudad ejerce en ese discurso un protagonismo sin precedentes en la cultura española del siglo XX.

 
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