domingo, 17 de junio de 2007

rockola, espacios de transgresión, espacios de ocio



La heterogeneidad ideológica y estética de la nueva ola y, correlativamente, la inexistencia de unos parámetros estables que aglutinen el movedizo fenómeno de la movida madrileña, encontraron su punto de anclaje generacional en la construcción de nuevos espacios para el ocio dirigidos sobre todo al ámbito musical, pero también en el intento de objetivarlo en el papel impreso de aquellas revistas que se hicieron eco de cualquier manifestación artística [La Luna, Dezine, Madrid me Mata] y en las paredes de algunas galerías que ampararon el trabajo de valores emergentes [Buades, Moriarty]

La música pop, el nuevo papel del diseño y la canalización de la expresión cultural juvenil a través de la apertura de esos espacios de ocio fueron detonantes esenciales de la definitiva eclosión de la movida madrileña en la primera mitad de los 80, en un contexto desideologizado que había tomado la vía del hedonismo como pauta cultural. En torno a esta idea se generaría un concepto de ciudad moderna que aspiraba a ostentar aires cosmopolitas y una deshinbida relación con el espacio urbano. La música, siendo la manifestación más directa y espontánea del fenómeno, generaría toda una industria cultural, bares, salas de conciertos y discográficas independientes, que incidiría sobre el desarrollo de la vida nocturna de la ciudad y su vinculación con la evolución artística del movimiento. Se puede rastrear esa fenomenología en los ilustradores de la época, en el arte, en las letras de las canciones, pero aquellos recintos para el ocio contribuyeron a crear otra iconografía, la que sintonizaba las nuevas corrientes musicales del pop-rock internacional con la realidad de los grupos españoles, ademas de permitir una mayor apertura de las interrelaciones sociales como experiencia nocturna.

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Bares como el Pentagrama [inaugurado en 1976] y La Vía Láctea [1979], y salas de concierto como El Sol, El Jardín, Carolina, el Teatro Martín, la Escuela de Caminos y Rockola, no sólo dieron salida a multitud de grupos recien estrenados en los primeros años de esa década, permitieron ampliar el bagaje cultural de la juventud [hasta ese momento bastante escueto] en relación al conocimiento mutuo y la realidad musical internacional. Esa función se vio cumplida a diferentes niveles institucionales, desde novedosos programas de televisión hasta la edición de revistas que sintonizaban con los fenómenos culturales del momento o concursos de rock patrocinados por el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid. Pero fue la música en directo y la vivencia nocturna de esa realidad la que provocaría un efecto difusor de carácter espontáneo mediante redes de relación. En este sentido destaca la sala Rockola, auténtico emblema de la movida madrileña. Aparecida como una extensión de la sala Marquee, en 1980, hizo posible que la cultura del rock emergente consiguiera cierto grado de profesionalización a través de una infraestructura organizada, pero, lo que es más importante, construyó un espacio sociocultural común en el que las diversas tribus urbanas, rockers, mods, punkies, nuevos románticos o tecnos, podían convivir entorno a un concepto de cultura que generacionalmente ya los vinculaba. Su actividad se prolongaría durante cinco años, cerrando sus puertas en 1985 tras un altercado entre punks y rockers, casi en un momento en que la movida madrileña ya había agotado todas sus existencias y su definición empezó a ser negada por muchos de sus protagonistas.




Web del Pentagrama.
Web de la sala Marquee-Rockola.

 
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