jueves, 2 de agosto de 2007

i-d versus coolhunters



Pero a veces la moda, ese conglomerado de detritus y parafernalias dispuestas para dotar de identidad al cuerpo, rebusca entre sus pliegues el lugar en que la cultura aún puede convertirse en un fenómeno de transgresión. Hoy los coolhunters, profesionalizados bajo el patrocinio de marcas & Co., recorren ese lugar como si fueran a descubrir que la novedad está en ponerse el lazo en los tobillos. El concepto de tendencia [y su práctica] se ha convertido en un negocio estandarizado que los coolhunters, bajo el epígrafe o el epitafio de esto es lo último, han sabido rentabilizar sacando del armario del tercer mundo la moda etnográfica o los collares de los Masai, colocarlos en ese lado urbano en que todavía pueden verse zapatillas John Smith y proporcionar al consumidor de vanguardia una identidad tribal.

Hoy ya se sabe que lo que había sido un gesto revolucionario respecto a la institución cultural de la moda y las grandes revistas al estilo de Vogue, parece haberse convertido en el sucedáneo mecanizado de toda una industria. Esa revolución se inicia a principios de los años 80 bajo la impostura de la revista I-D, editada en Londres al modo de un fanzine marginal, una política editorial original y todo un catálogo de fotografías callejeras que podrían encontrar su equivalente en la tradición fotográfica con los retratos de August Sanders. El straight-up style y su cultura zigzagueante, desarrollado por I-D como una vivencia total, ofrece el punto de fricción en que cultura y moda pueden vislumbrar su definición a la vuelta de la esquina. Son los años en que el afterpunk y los New Romantics engendran un modelo con cuatro trazos y un vestido de atrezzo, pero había más verdad en los trajes aderezados de romanticismo inglés de Boy George, Steve strange y todas las divas que habían empezado a frecuentar el club The Blitz, que en las bambalinas que hoy los coolhunters entresacan de los barrios marginales de Nueva York. La revista I-D, con Terry Jones como editor, llevaría a cabo ese proceso transgresor, una manera de ver la moda desde la calle que sería copiado por infinidad de publicaciones de los años 90 hasta hoy y pervertiría el concepto original llevándolo al marketing corporativo de los coolhunters. Es el mundo bajo el disfraz, donde todo puede ser dicho por ultima vez y sólo la primera es la verdadera.

La revista I-D, basada en las ideologías del haztelo tú mismo y el tipo de fanzine que el punk primigenio había ido solventando como alternativa al mercado capitalista, también tendría su repercusión en la España de los 80 a través de la revista Madrid me mata [1984]. Oscar Mariné, editor de la misma, recoge esa ideología y la vierte sobre los acontecimientos. Parece igual de sintomático que La luna de Madrid, revista editada a partir de noviembre de 1983, empiece a utilizar en algunos números de 1984 y 1985 la estética y maquetación del fanzine, quizá para no desmarcarse de su propósito transgresor y distanciarse del discurso intelectual que ya podía rastrearse en los suplementos culturales de los periódicos. La vida en la calle iba a explicarse de nuevo mientras Madrid oficiaba su ansiada capitalidad cultural, algo que llegaría a convertirse en un espejismo, en el sueño utópico de la ciudad en movimiento.

En la sección i-collect de la web I-D Magazine pueden verse las portadas de la revista I-D, tres décadas de tipografía, diseño y fotografía innovadoras y de gran calidad.

 
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