domingo, 26 de agosto de 2007

historia de la poesía española del siglo XX contada en dos minutos (version 1.0)

Hace algo más de un mes Antonio Cambronero, editor de Blogpocket, me invitó a participar en su blog con un post, y lo hice con éste. Gracias. Pero como la poesía da para mucho más de lo que yo podría abarcar, lo coloco aquí, revisado y ampliado, con la intención de proseguirlo en una serie que ahora inicio dedicada a la historia de la poesía española del siglo XX (contada en dos minutos), al menos hasta el día que me dé por desaparacer de la blogoesfera para siempre, que será. Y con ello, en cada nueva versión incluiré un cuadro de un pintor español.


[Antonio López, Atocha, 1964]

La poesía suele infundir cierto rechazo, quizás porque se entiende que el poema recrea tan sólo un mundo encerrado, hermético, que lo aleja de referencias de uso común. El lenguaje poético, sin embargo, no escapa a la denominación de otros géneros literarios según la cual la frase, el párrafo o cualquier narración más o menos completa, forman parte de un contexto. La poesía no es ajena a los procesos culturales en los que se enmarca la escritura.

En las últimas décadas, el dietario predominante en la poesía española se ha caracterizado especialmente por su marcado uso de lo cotidiano y un intento de sintetizar en el poema la dialéctica poesía del conocimiento vs. poesía de la experiencia, vocablos que ya en los años 50 permanecían como signo diferenciado de trifulcas intelectuales o fisuras más bién metafóricas, ese lugar en que cualquier palabra podría congeniar con las cosas del mundo. La poesía española llegaba a lo social y colocaba al sujeto poético en la historia inmediata. Sublimar el espíritu de lo poético a traves de lo que ya parecía historizable en el poema. Pero si hemos de compararla con la poesía hispanoamericana, con todas las salvedades que puedan apreciarse, mientras ésta ejercita el vocablo épico, la fuerza telúrica y la extensa narración que va de los surrealismos de Pablo Neruda escritos en Residencia en la tierra (1925-1935) a la reinterpretación de la épica circular de Raul Zurita plasmada en Anteparaíso (1982), la española ha seguido, desde la generación del 36, un recorrido delimitado por un sujeto poético que libra su combate con su cotidianidad política, social y moral.

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El poema está hecho de palabra, metáforas, intersticios y silencios, pero nadie escapa al lugar en que se colocan las cosas, la historia. Incluso las vanguardias españolas de principios del siglo XX, en su manifestación por contradecir la tradición literaria ubicada en el realismo, participa de todo lo que estaba ocurriendo en Europa. Guillermo de Torre, intelectual y agitador cultural, recoge todas las tendencias vanguardistas europeas a través del ultraísmo. Su libro Hélices (1921), desechando la métrica y la rima y haciendo uso del espacio en blanco, provoca la ruptura con el racionalismo. Con la Generación del 27, el espacio que habían creado las vanguardias de los años 20 retoma la tradición literaria española, y el surrealismo que caracteriza los primeros libros de muchos de sus miembros adquieren un tono con matices propios: un encuentro entre tradición y modernidad. Así, Federico García Lorca escribe, a mi parecer, uno de los libros más impresionantes de la literatura universal, Poeta en Nueva York (1929). Es curioso que su infiltración en la vena surrealista venga cumplida ante la ampliación de su marco geográfico a través de un viaje a EE. UU. y Cuba. Sin embargo, los años 30 van a determinar un giro estilístico que afectará incluso a décadas más próximas al nuevo siglo. Los agitados años de la II República, más aún con el inicio de la Guerra Civil, influyen de igual forma en la poesía, una poesía que empezará a vislumbrar que la palabra también puede ejercer su fuerza creadora a través del compromiso. El poema se convierte en poema de expresión politico-social. Miguel Hernández, que había llegado a Madrid en plena II República, realiza el tránsito de una poesía pastoril con tintes religioso-católicos al poema de trinchera que ilustra Viento del Pueblo (1937). Una poesía comprometida, puesta al servicio de la causa republicana. Ahí estaría también Pablo Nerura, como lo había estado antes Vicente Huidobro en la España vanguardista con su Altazor para traernos la savia creacionista, todo, el manifiesto y el vacío, la escritura que sale de la nada y fructifica.

Sin embargo, si volamos de un salto a los años 50, la vida ha cambiado y la generación predominante es otra. La que ha pervivido en los manuales de historia literaria es la de Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, José Manuel Caballero Bonald, Angel González, José Angel Valente y Jaime Gil de Biedma. Ya se sabe que la historia de la literatura evoca el discurso generacional cuando no sabe como concretar una época. El caso de la Generación del 50 no es diferente en este sentido. Lo que sí les une es una preocupación por el lenguaje cotidiano y la construcción de una poema que define la medida de la experiencia personal o colectiva, aunque a Valente casi habría que tratarle a parte, verlo crear su universo particular: su empeño en construir un lenguaje nuevo lo lleva al origen de cualquier idioma, a la esencia. Esa generación se consolida en la vivencia. Jaime Gil de Biedma escribe dos libros fundamentales para entender el mundo de las posguerras, pues se suele hablar de posguerra en singular y ya se sabe que la realidad sólo asume la felicidad y la tragedia cuando éstas son colocadas en el mundo de la materia, o sea, en el conflicto de clases, entre la burguesía y los exiliados, entre todas las dicotomías que llevaron a España a prolongar durante decenios el estigma que se había iniciado con aquella guerra fraticida del 36. Hablamos de Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968), donde el sujeto poético es consciente de su participación en la realidad histórica. La poesía se vuelca en la cotidianidad, pero el poema se transforma en objeto moral a través de la experiencia histórica de ese sujeto.

Gil de Biedma será revisitado en los años 80 por otros poetas, sin embargo en los 70 nos topamos con otra generación, que no deja de ser otro acto de publicitación fijado primero en una antología y luego en los propios manuales. José Maria Castellet, escritor y editor, se inventa una poética a partir de su antología Nueve poetas novísimos españoles (1970), la cual reúne a escritores como Pere Gimferrer, Leopoldo María Panero, Antonio Martínez Sarrión, Felix de Azúa, Vicente Molina Foix o Guillermo Carnero, entre otros. Como toda generación más o menos posible, la característica primordial es negar la generación anterior, y los Novísimos ofrecen su inventario particular a través del preciosismo del lenguaje y cierto cosmopolitismo, una poesía llena de referencias cultas e historicistas. De esta generación destacan, a mi entender, dos poetas bien distintos. De un lado Pere Gimferrer con Arde el mar (1966), escrito en castellano, pues a comienzos de los 70 empezaría a publicar en su lengua materna, en catalán; y de otro, Leopoldo María Panero con Así se fundó Carnaby Street (1970) (mi blog lleva ese mismo título en homenaje a ese libro y a Carnaby Street como símbolo del espacio cultural), una actualización de la poesía irracionalista con influencias del surrealismo, el experimentalismo y la cultura pop. La Generación de los Novísimos, al margen de algunos grandes poetas entre los que se ha de incluir a Manuel Vázquez Montalbán, quedó en nada, en un acto editorial que ha pervivido como el intento de ordenar un periodo pero que apenas posee una base real. Responde más bien a cómo una generación puede ser creada por la mecánica del marketing editorial. Así llegamos a los años 80 y el regreso a la poesía de la experiencia que toma sus referencias inmediatas de la Generación de los 50 y coloca como poeta-paradigma a Luis Cernuda. Parte de la poesía que se ha hecho en los últimos años proviene precisamente de los primeros libros de Luis García Montero (El jardín extranjero, 1983) y Felipe Benitez Reyes (Paraíso manuscrito, 1982), los poeta más significativos de esos años que aún hoy continúan representando la línea de la poesía dominante, una cotidianidad donde el poeta (el sujeto poético) se convierte en ciudadano común, en sujeto identificable. Pero estos son sólo algunos libros. Muchos otros podrían haberlos sustituido porque los libros a veces sólo adquieren esa relevancia por cuestiones del azar (o no, veremos en otros post como la posición que ocupan algunos poetas en el campo literario depende, entre otras cosas, de los premios y certámenes poéticos), del momento preciso en que son escritos. Otros muchos poetas forman parte de esa historia, aunque sólo estos pocos cabían en un post.

 
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