domingo, 11 de noviembre de 2007

interferencias, el tiempo



No: yo no sé lo que es el arte, pero a veces tan sólo se trata de un arrebato esculpido por el tiempo, o sea, el azar imprimido sobre la materia. Lo intuyo por algunos cuadros que Miquel Barceló dejó a la intemperie para que los insectos, en un acto casi altruista, hicieran su trabajo sobre la obra al recabar con sus dientes aquellas partes que bien pudieran parecerles más sustanciosas. El pintor, liberado de las trascendencias del resultado final, dedica sus horas a contemplar cómo el arte se rehace al destruirse.

Casi habría que escribir un tratado para desentrañar lo que el tiempo ha supuesto para la historia del arte. Quizás el museo, como institución, contemple la función primaria de resguardar las obras de las inclemencias del aire, la quimica o poluciones más tóxicas. Conservar y restaurar, despejar el polvo de la superficie del cuadro, pues la grieta ya no la contemplamos como perfección o estado de belleza.

Esto casi podría rebatirse por aquellas fotografías de John Deakin encontradas en el estudio londinense de Francis Bacon, que yo visité en su reconstrucción al milímetro en la ciudad de Dublin. La química de aquellas fotografías seguía activa, imponiendo su carcoma de fluidos sobre el papel. Y lo veo en estas variantes que ahora contemplo bajo el agente provocador de otras interferencias en la era de la imagen química.

Puede ser. A lo mejor el ideal de belleza no consiste en trasladar la perfección a un sistema estético, sino en dejarse influir por el tiempo para ser de nuevo materia viva.

 
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