martes, 5 de agosto de 2008

estilo



Nuevo monografico dedicado a las culturas suburbiales (subculturas), la cultura residual y la institucionalización de la moda en los grupos sociales desde la perspectiva del significado del estilo.

Si contemplamos la moda como el sucedáneo que debiera acreditar todo cambio social en su parte expositiva, el estilo impregna cada época (y así los distintos sustratos culturales y subculturas que acontecen en cada periodo histórico) en su concreción de límite que habrá de rebasar muchas de las demarcaciones sociales consolidadas o convenidas por las instituciones, pero tambien el breve matiz por el que una ranura en el pantalón debiera exponerse como un acontecimiento contrapuesto a esas mismas conveniencias. No es que el estilo nazca para enaltercer la moda en su sentido industrial o institucional, sino que los hechos sociales mismos propician carestías y excesos, evanescencias programadas, adulteraciones, afirmaciones y negaciones por los que el tejido y el guadarropa se convierten en una manifestación del ser (y del deseo) siempre a expensas de una colectividad constituida o un grupo humano que ha decidido desligarse de los referentes sociales en auge impuestos por las mayorías. La forma de colocarlo proyecta una definición a veces no del todo visible sobre la lucha de clases en un mundo en que las clases sociales han ido igualándose y confundiendose entre sí aún cuando sus signos han seguido marcando la pauta en la conducta global de todas ellas, siendo especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX que la proliferación de modas en los subgrupos juveniles pone en la superficie del entramado social las contradicciones del status y las posiciones que el individuo ocupa en la sociedad, en un pugna perpetua que va de la similitud a la diferencia, de lo mismo a lo divergente.

No hay una sola manera de concretar esa definición, pero en los ejemplos también se vierte algo de teoría. Si el punk del 77 puso de manifiesto que un imperdible puede escamotear al presente la magnitud de sus propios usos funcionales-tradicionales colocándolo en la piel y atravesando así el eje que va de la distinción subcultural a la expresión del yo en esa subcultura en detrimento de las categorías alimentadas desde las instituciones burguesas y las clases medias satisfechas, el piercing (un derivado del imperdible), tal como lo reconocemos actualmente en los talleres de tatuaje, no es más que la estimulación que, desde ese mismo mundo catalogado en el merchandising y la homolgación de algunas modas suburbiales, se expande para igualar la piel a una aparente inconformidad. La diferencia estriba en que el imperdible había actuado sobre los hechos mismos en un periodo en que las políticas neoliberales de Margaret Tatcher habían impedido que la clase trabajadora saliera de su recinto periférico para acentuar aún más su bajo relieve ante la toma de decisiones gubernamental, mientras que el piercing es hoy una consecuencia simbólica del capital, un acto decorativo interpuesto entre lo que se querría ser y lo que uno cree que ya es. Lo mismo podría decirse de los estilos que, en Occidente, se nutren de las vestimentas étnicas en un intento de proporcionar una connotación de salida del mercado por parte de aquellas franjas de la juventud que la emplean como forma de focalizar la interculturalidad en el cuerpo, ante sí mismos y ante los demás, hecho enteramente falso si se tiene en cuenta que el mercado ha sido deslocalizado hace tiempo y el capital también instituye sus metodologías en la mercantilización de la diferencia por la vestimenta atrayendo hacia sí mismo tanto el tribalismo vestimental como la ropa del denominado tercer mundo. La cuestión de fondo va más allá del hecho de las ocultaciones y motivaciones de un estilo concreto. El contexto también construye el estilo y las consecuencias que sobre los individuos se van acumulando para certificar precisamente una experiencia vital del estilo (esto lo desarrollaré en otro post). Si el jazz de los años 50 y 60 se habían visto ampliados por las modalidades de improvisación del be-bop, no es menos cierto que el jazzmen, en ese periodo, había refinado su estilo en contraposición a la segregación, construyendo un espacio simbólico de libertad que también tendría sus manías en el estilo, de los pies a la cabeza. Esto lo veremos también más adelante, en otro fecha, pero lo que el estilo viene a cumplir de manera genérica es una forma de crítica cultural que se escribe sobre los cuerpos y alcanza a las actitudes y deseos de regeneración, ya sea en su forma negativa o positiva, y en la expresión de una experiencia que ya no corresponde con el mundo anterior.

El estilo es una parte de la definición de cultura que viene a ejemplificar las contradicciones, signos y deseos de diferentes grupos sociales en relación a las diferencias que se establecen entre ellos mismos y su posibilidad de expresar las derivas de la sociedad en un contexto particular, al igual que la manera en que esos mismos colectivos intentan fundamentar su posición y desplazamientos respecto a otros en base a un argumento que les sirva de referencia. El modelo estético aplicado al estilo sería el más evidente de tal argumento, pero en la argamasa que estructura un estilo se encuentra la disposición de los individuos a llevar hasta sus límites un espacio de actuación social, un escenario, una experiencia de la negación. Con esa intención se inicia en Así se fundó Carnaby Street un monográfico dedicado al estilo y sus diversas formas en el siglo XX.

 
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