viernes, 23 de enero de 2009

la destruccion de un hormiguero

Marcos Martínez Reguera en una selección de su serie La destrucción de un hormiguero. Artista afincado en Amsterdam, ha realizado exposiciones en diferentes ciudades europeas. Pintura, instalaciones, dibujo. Formado en la Gerri Rietfelb Academic de esa misma ciudad, con un política artística basada en la autogestión y la interdiciplinaridad, su obra toma calibre en esa coyuntura, abarcando un amplio abanico de posibilidades abierto a las vicisitudes y amalgamas de la memoria y el olvido, esa resistencia que el arte ha de obligarse para no caer en saco roto. La destrucción de un hormiguero nos habla de todo ello con un lenguaje que nos recuerda lo primigenio.




En algún momento de la infancia lo que prima es la batalla por construir un hueco en la memoria. Si todo está por construir, incluso esa imagen que aún perdura de nuestros juegos, todo puede ser destruido para ser inventado de nuevo, ese mundo que por azar o insistencia podría congeniar con lo que llegaremos a ser. No sé en que instante me puse a dibujar el comienzo de esa guerra, pero entre los montones de indios que se iban agolpando ante el Fort Apache para intentar conquistar lo que siempre les había pertenecido, un día reconocí que el mundo también puede verse en las cosas más minúsculas. El juego de la pintura empieza en la infancia no por casualidad, sino como el hecho que nos despierta a todo aquello que aún están por desvelarse. El niño se inventa la casa, la reproduce en decenas de dibujos, con su sol y sus jardines, sus objetos, vacas que vuelan, cielos rosados, pájaros, perros, e incorpora al personaje imaginario o real en un acto envuelto por la inocencia.

La pintura, o habría que decir con mayor precisión, el garabato, esa maraña indescifrable, es junto al balbuceo gutural el primer lenguaje que el niño aprende a modificar según el mundo que le rodea, sin método, adelantándose a cualquier canon o, simplemente, desechando la propia perspectiva contaminada que tenemos de la descripción que en años posteriores nos será transmitida. Por eso la única rebelión realmente trascendente e importante en la infancia son aquellos dibujos que un día empezaron a tomar forma en el garabato.




Con el tiempo, ese garabato se irá trastocando hasta transformarse en algo parecido a la casa, al pájaro, a esos cielos que al echar la vista a lo alto ya los reconocemos como un único cielo. El lenguaje del garabato ha de ser destruido para contruirse otra vez en el lenguaje formal de la comunicación. De tal forma que esa primera inocencia, que alude a la novedad de todo lo que circunda alrededor, se destruye ante la perfección que van adquiriendo las formas de los objetos del mundo en el dibujo. En realidad se trata de un juego veladamente violento, inconsciente, entre nuestra primera visión y lo que ya hemos de conciliar con el lenguaje y el orden social.

La linea divisoria entre la superficie del aire y ese universo imaginado bajo la tierra, lleno de laberintos y corredores, pasadizos y galerías ocultas a los ojos, podría abastacerse de muchas teorías e interpretaciones, pero en el sustrato del esquema narrativo que quería hilvanar está esa parte en la que lo consciente e inconsciente, el garabato como forma de articular un lenguaje individual y la imposición de un lenguaje socializado, entablan una lucha encarnizada. El resultado ya lo conocemos. El sonido del balbuceo se convierte en palabras, el dibujo deshilvanado adquiere la forma de los objetos reconocidos. El lenguaje es un método de supervivencia en el orden social. ¿Supone ese trasiego una pérdida de la inocencia primera? Si no fuera porque el arte ha de hacerse preguntas incontestables, pero acaso pertinentes, lo que hubiera dibujado es una manzana, el arbol o ese trozo de cielo que ya nos es familiar, en toda su gama de cromatismos y relieves. El arte ha de funcionar así, también, como un lenguaje de derribo. El arte, desde su diversidad metodológica, busca constantemente la destrucción de aquello que le era conocido para provocar un comienzo distinto. Ese será su riesgo.



Nota | Ver obra en 200 días en Sing-Sing, Nº 1

 
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