jueves, 21 de octubre de 2010

tiger lillies


Nada que pueda escribirse sobre Tiger Lillies podría estar a la altura de su genialidad. Este trío londinense, formado en 1989, va más allá del espectáculo sonoro o la mera interpretación vocal. Para definirlos habría que saltarse las leyes de la gramática, pues ellos han dispuesto un mundo teatralizado por el que deambulan los gestos del punk, la festividad del folklore circense, el hilo vocal de los castrato, el nomadismo melódico de los gitanos procedentes de la Europa del Este, la polka, la opereta de tres peniques y el cabaret de la República de Weimar, el decadentismo, la fraseología de Bertolt Brecht y todas las puertas abiertas que se había dejado el surrealismo antes de su defunción, en el mismo instante en que André Breton decidió dotarle de una política programada convirtiéndolo al sectarismo. Pero eso tampoco los define. Inclasificables. Esperpénticos. Dotados de una emotividad bien entendida, justo en el punto en que el drama aún no se ha desbordado hacia otras pesquisas melodramáticos, Tiger lillies se han inventado un género musical que más que oirse ha de experimentarse en el conjunto.

Su voz principal, Martyn Jacques, posee una plasticidad que se expande desde la tragedia hasta la comicidad más absoluta, pasando por todo el variado abanico de registros que hacen pensar en las vueltas de una lírica subterránea y molesta con la normalidad. Rateros, prostitutas, amores zoofilicos y escatologías variadas, perdedores de todo pelaje, escenas de podedumbre y amoríos que se regocijan en el dolor, hecatombes urbanas junto a la sombra de una farola y callejones donde cualquier narración podría concluir con el mundo, todo ello está en sus letras, en su discografía, momentos que palpitan no desde la ficción, sino con la sabiduría que da la vivencia. Una parte considerable del trabajo de Tiger Lillies se ha ido construyendo a partir de la mirada de Jacques, una mirada particular, cimentada durante los años que vivió en el Soho londinense.



Sus primeros discos, en los años 90, aciertan a ensamblar una orquestación poética dificilmente practicada en la música contemporánea. Discos como Births, marriage and death (1994), Spit Bucket (1995) y Ad Nauseam (1995) suponen la construcción de un estilo que ya nace maduro, firme, en la creencia de que el papel del trío no es agradar a auditorios complacientes; más bien, su lírica es igual de exigente con ellos mismos que con su público. Las canciones de ese periodo, más proclives a la balada, se irán haciendo en sucesivas publicaciones más permeables a otros estilos. The Brothel to the cementery (1996) aún se regocija en melodías dolientes basadas en un arpegio clasicista, pero al año siguiente, introducen nuevos elementos con la publicación de Farmyard filth (1997). Low Life Lullabies (1998) y Peter (1998) funcionan con materia igual de oscura, historias de sacrilegio y ternura reforzadas por melodías de gran impacto.

Podemos ir más allá y emparentar sus canciones con géneros teatrales, un bodevil de extraña factura que se ha ido introduciendo en esa parte del mercado del rock que se distancia de sus estereotipos más visibles. Es decir, su evolución deletrea unos moldes musicales que hasta ese momento habían sido poco explorados en entornos cercanos al pop-rock, a excepción de músicos como Tom Waits, próximo al trío londinense por muchos motivos pero especialmente por el uso combinatorio que hace de instrumentos ajenos a esa tradición y la yuxtaposición de referencias que parecían imposible de ensamblar en una misma canción. Ese paralelismo entre Waits y Tiger Lillies se aprecia a la perfección en temas como Mortuary y Crime, pertenecientes al album The brothel to the cementery. Incluso los agudos de la voz de Martyn Jacques se desgarran en la garganta evitando su limpieza sonora habitual. Si a eso le sumamos un gusto común por la tradición musical centroeuropea y los ritmos de la polka renovados con una ambientación casi-experimental, parece extraño que Waits y Jacques no se hayan visto las caras en un mismo escenario.


Sin embargo, Tiger Lillies se decanta con mayor prestancia por una base de opereta que se prolonga a otras formas de espectáculo visual. Circus Song (2000) y Two Penny Opera (2001) muestran la forma, por diferentes métodos, en que su música exige una escenografía, la representación de un espectáculo capaz de dar un acabado a las canciones. Si en el primero la recreación del universo circense extrae toda aquella parte oculta en el sacrificio, en el segundo las reminiscencias al mundo de Bertolt Brecht se revuelven ironizando la dialectica de su teatro, intelectual y pesimista. En el repertorio que han ido compeniendo durante todos estos años hay variantes que ya no los hallamos en ningún otro lado. La idea de asimilar un enfoque acaso más escénico, apuntalado por una música que se diversifica en multitud de referencias, hace de Tiger Lillies un modelo de creatividad incuestionable. Cuando llegamos a sus últimos albums, Love and war (2007) y Urine Palace (2007) la vida de sus personajes ya no se limita a una sola teoría. Las canciones les salvan del atropello.

Nota| articulo extraido (liberado) de 200 días en Sing-Sing, Nº 1

 
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