viernes, 27 de agosto de 2010

el discurso como disfraz


Breve extracto de La Luna de Madrid: la expresión periodística de la movida madrileña y la formación iconográfica del cambio cultural a principios de los años 80. El texto completo, compuesto por 171 folios y un apéndice visual, es el resultado de una investigación llevada a cabo en el Departamento de Historia Social y del Pensamiento político de la Facultad de Sociología y Ciencias Políticas de la Uned.

El discurso de La Luna de Madrid, es decir, aquel que la revista vuelca sobre las expectativas sociales y culturales generadas al amparo de las transformaciones en la vida cotidiana desde el cambio de régimen, funciona como la expresión de un deseo: la superación de la modernidad bajo el imperativo de un disfraz. Ese disfraz es el propio acontecer del discurso, pues lo que sus páginas promueven es tanto esa aceleración de partículas que lanza a algunos personajes al estrellato y a la visibilidad total como las múltiples resacas sufridas tras las efervescencias de lo social. No se trata únicamente de una descripción de lo que en uno u otro momento estaba sucediendo, sino de lo que podría ocurrir: adelantarse al futuro y situarlo en el presente inmediato. Ese discurso no exige que la realidad lo corrobore porque lo que se pide de él no es la verdad o la forma objetiva de llegar a los acontecimientos; se requiere, sobre todo, la motivación de un gesto que lo haga funcionar en el contexto, multiplicándolo y reproduciéndolo bajo diferentes eslóganes, dándole un efecto de realidad con sólo nombrar las cosas. La Luna de Madrid propicia verdades inconclusas; quizá por ello no necesitan ser corroboradas o refutadas. Más bien son relegadas o abandonadas por la propia revista con el objeto de llamar la atención sobre otras posibilidades; o, simplemente, se lanzan a la realidad como disfraz.

Con ello, la urgencia de intervenir en el contexto (de la movida madrileña, por ejemplo) por medios discursivos sería, paradójicamente, una de las fuentes de energía de La Luna de Madrid. Si con anterioridad habíamos observado que las diversas iconografías incluidas en ella ejercen un efecto de visibilidad del contexto capaz de objetivarlo de cara a una audiencia, su discurso irrumpe con el deseo (o la función) de dotar a ese mismo contexto de una atmósfera social e intelectual renovadas, una nueva capacitación del texto crítico-cultural desmarcado de las ortodoxias del intelectual clásico, situado en otros lugares de reflexión. Ya señalamos que ese lugar se había identificado, principalmente, con el relevo generacional de la juventud y su inserción en los procesos del cambio cultural aplicado a la música, las artes plásticas, el cine o el diseño. El contexto de la movida madrileña es, desde el punto de vista de nuestra investigación, uno de aquellos espacios en que ese discurso crítico-cultural ya no se rige por las pautas del intelectual centrado en el hecho político, de oposición al franquismo o de izquierdas. No es que la revista defina la posición y disposiciones de un intelectual colectivo, orgánico y homogéneo, pero de ella se desprende un texto, una organización discursiva que va imprimiendo los signos de una época y un acto de mediación literaria-sociológica que rastrea la contemporaneidad.


Esa fórmula también está implícita en las palabras que José Tono Martínez, redactor jefe de la revista en su primera etapa y director de la misma a partir del número 21, había escrito en un ensayo de 2006, para quien “los años 80 inauguran una sensibilidad vital diferente que no era rotundamente nueva pero tampoco era simplemente un eco revisado de anteriores quebrantamientos sociales”. Sin embargo, es también producto de lo que en aquel primer número de La Luna de Madrid ya se vislumbraba como una realidad factible, a saber: la ciudad (y el presente) como generadora de vanguardia, mitos, fetiches y recuerdos de nueva factura, propios, todo ello diferenciado de los mitos y fetiches de la modernidad y su aureola de racionalidad. La búsqueda de esa nueva realidad en el entramado urbano lleva a la revista a posicionarse desde sus inicios ante esa posible superación de la modernidad, acudiendo a ella tan sólo como soporte de apropiación nostálgico-cultural.

No es extraño, pues, que bajo la licencia en que se estaban produciendo los nuevos fenómenos culturales (en música, pintura, cómic, etc.) surgiera una revista que recapacitara sobre todo ello. No sólo eso, sino que la revista iba a ponerse en marcha por gente que hasta ese momento no había tenido relación con los ambientes intelectuales al uso. El camino es un nuevo tono capaz de romper con el esquema literario-intelectual de las revistas culturales tradicionales para afrontar el futuro en el presente, hacer de la actualidad un eslogan continuo, modificable, transferible. Y es así que podemos hablar de su discurso como disfraz.

La luna de madrid
Recorriendo la luna por la parte de atras (I)
recorriendo la luna por la parte de atrás (II)

 
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