sábado, 2 de enero de 2010

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Fotografías. Javier M. Reguera

En cierto modo, Dublin-up podría entenderse como un proyecto fracasado. Surge, desde su inicio, con la conjura que uno establece con la ciudad, o sea, sabiendo que al precipitarse entre sus vericuetos uno sólo va a ser capaz de rascar una pequeña parte de la superficie. Si me interesan las ciudades, más allá de lo que muestran sus museos, es porque una ciudad es siempre una polifonía de voces confrontadas. Y quizás fue esa también la sensación sustentada por Eugene Smith cuando comenzó su proyecto sobre la ciudad de Pittsburgh, un trabajo que en principio iba a ocuparle unas pocas semanas y se convirtó en un monumento fotográfico que le llevó varios años, incluso su salud. Smith, que ha sido un modelo estético y moral para la evolución del ensayo fotográfico, nunca se conformó con la descripción que proporciona la historia oficial, aquella parte del relato redactada al dictado de las grandes avenidas y los acontecimientos relevantes para el orden político.

Una ciudad está repleta de pequeños relatos, apenas perceptibles, pero éstos también construyen ese pedazo en que la urbe se vuelve humana a los ojos del transeúnte. Quizá por eso también reivindico al transeúnte como viajero de un espacio interior, donde el itinerario no consiste en desplazarse a lugares remotos o distancias unicamente asequibles en los mapas, sino en habitar una esquina y todo lo que hay en ella. Yo viajé mucho por el interior de Dublin, como quien va a explorar el Polo Norte. Y aunque nunca dejé una bandera, hay en ese transcurrir algo importante. No sé. Algo.

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Fotos: Javier M. Reguera

 
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