sábado, 28 de abril de 2012

el rrollo, descripción ontológica de una generación



Dos libros (Jesús Ordovás 1977 y Diego A. Manrique 1977) que fijan, desde diferentes puntos de vista, la fenomenología de El Rrollo en la España de los 70, atendiendo a las formas contraculturales que habían ido apareciendo desde finales de los años 60 hasta la eclosión del comic underground barcelonés representado por los dibujantes de El Rrollo (Nazario, Mariscal, Miguel y Josep Farriol, Antonio Pamies, Roger, etc) y revistas como Star, Ozono y Vibraciones, y se iría propagando a través de la música y la incorporación de las bifurcaciones subculturales del punk y el rock suburbial (Burning, etc). Recurrir a la socialidad proporciona una expresión de visibilidad que habría de conformar una salida al desencanto político de la Transición Democrática. Esto quiere decir que la fenomenología de El Rrollo se construye a partir de las transformaciones de una parte de la juventud altamente sensible al cambio sociopolítico de la Transición y su deriva ideológica.

La droga como fuente de hedonismo y bálsamo sociológico, el distanciamiento de la política, la reclusión vital en el universo del rock, difunden en el espacio urbano nuevas tipologías juveniles: el drogata, el pasota y el macarra se enmarcan en la disyuntiva de un límite que no había sido explorado con anterioridad: la marginalidad como elemento contracultural. De tal forma que la definición de El Rrollo, tal como se procesa en la segunda mitad de los años 70, ofrece una escapatoria a las convenciones de una sociedad que empezaba a aclarar su modelo social de una manera poco satisfactoria para una parte de la población. Xaime Noguerol, poeta que habría de ser recuperado y recolocado a una altura elevada en las poéticas transicionales, escribe dos libros sintomáticos desde una vertiente irracionalista-punk. Irrevocablemente inadaptados: crónica de una generación crucificada (1978) muestra la deriva de una generación que había vivido los coletazos del franquismo y encuentra, llegados a la escena predemocrática, el derumbe de las utopías y las fisuras de los modelos utópicos de convivencia.

infinitamente extranjeros
irrevocablemente inadaptados
se perdieron por los anillos brumosos de sus mentes

mi generación tiene calcinados los ojos de tanto gemir

le empujaron una alambrada por los párpados
y alguien introdujo horizontes postizos

mi generación anda dando bandazos
dando bandazos
con los ojos de no entender

y Bob Dylan tiene un erizo en la garganta



Las referencias a Allen Ginsberg y su poema Aullido rezuman en los versos de Noguerol como un manifiesto que no necesita ser contrastado más que por el desconcierto de una quimera incumplida. En su siguiente libro, Extraños en el escaparate (1980), Noguerol investiga los prolegómenos de una década que acaba de iniciarse, exhumando el repertorio-collage de un futurible aún más extraño. El libro acude a la cita musical (Burning, Lou Reed, Radio Futura, Patti Smith, etc), al lenguaje periférico y la jerga suburbana, a la expresividad difusa de la emergente Nueva Ola, para abastecer con nuevos mobiliarios el entramado ideológico de la generación siguiente a partir de los vestigios de la generación de los 70. En el centro de esa narratividad entre dos décadas, los estragos de la aguja y la drogadicción como una herencia irreversible que ha de ser transmitida con toda su crudeza. Noguerol recoge así un relato sobrecogedor, el fragmento de una carta de una chica junkie aparecida en (la revista) Sal Común:

Muero como mata esta sociedad, sometiéndome completamente, perdiendo mi última batalla. Quizás mi tentativa sea un último intenti desesperado de rebelión, todavía más terrible porque muero de los rechazos de esta sociedad. Estoy cansada, muy cansada, pero como la esperanza fue lo último en el vaso de Pandora, espero por esta inútil carta que mi muerte y la de tantos otros os sirva para comprender: daros cuenta que nos estamos precipitando en el caos más total, es inútil chillar, llenarse la boca de palabras sin sentido. Nos estamos destruyendo, así como yo me destruyo, como nos destruimos nosotros, hijos renegados de esta sociedad. Pensad también vosotros un instante antes de seguir aturdiéndome con vuestras infinitas palabras y dejadme tranquila en el calor bueno de la heroína.

El discurso sociológico de El Rrollo compone asi un relato de filosofía negativa (en el sentido dado por las vanguardias y otros movimientos culturales limítrofes) que parte de una comunicación contestataria abierta a nuevas formas de expresividad (música, comix, estilos vestimentarios, subcultura, la droga como fuente de utopismo), pero en su reverso se produce una dislocación apenas calculada que tendría consecuencias para toda una generación, aquella que vivencia en primera persona los resultados aún silenciados (ocultos) de la Transición Democrática en España.

 
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