martes, 9 de marzo de 2010

ojos saltones, hipertrofia e imagenes inconscientes


Otra faceta extremadamente interesante de las películas de monstruos de los cincuenta son las abundantes imágenes de ojos saltones y (particularmente) de cerebros hipertrofiados. En conjunto, presentan una imagen de sobrecarga visual/mental intensa e insoportable, una descripción que podría tener más relevancia para el nivel sin precedentes de bombardeo mediático (principalmente a cargo de la televisión) en los cincuenta que para cualquier posible fisiología de los seres extraterrestres. Nunca antes se había pedido al público que contemplara tanto, o que observara tantos mensajes o cantidades de información.

Quizá la preocupación popular con los platillos voladores fuera literalmente descabellada, pero lo cierto es que sí que había visiones brillantes que atravesaban los cielos e invadían los hogares en forma de inescapables ondas televisivas. Cerebros agrandados e hinchados pasaron a ser la imagen central de películas como Regreso a la tierra (This island earth, Joseph M. Newman, 1955), Donovan's Brain (Felix E. Feist, 1953) y The brain ffrom the Planet Arous ( Natah Juran, 1957). En Fiend without a face (Arthur Crabtree, 1958), el cerebro humano queda completamente exteriorizado como un engendro reptiliano que se arrastra tirando de una médula espinal con la que puede estrangular a sus vístimas. Invasion of the saucer men (Edward L. Cahn, 1957) podía presumir de la hipertrofia más exagerada de todas: unos alienígenas con cabezas en forma de gargantuescas bombillas y ojos saltones del tamaño de pelotas de beisbol.

De igual modo que las primeras monstruosidades cinematográficas reflejaban el horror ante la fragmentación física, estas nuevas criaturas anticipaban no la destrucción violenta del cuerpo sino su marchitamiento y atrofia. El futuro consistía en asimilar imágenes y procesar información; los ojos y el cerebro eran las únicas partes útiles que le quedaban al cuerpo. A las revistas de ciencia ficción de los cincuenta les encantaba imprimir portadas de colores chillones mostrando interminables masacres de monstruos de ojos insectoides; la preocupación ocular y la despersonalización se vieron similarmente reflejadas en películas como The beast with a million eyes (David Kramarsky, 1955), The crawling eye (Quentin Lawrence, 1958) y The cyclops (Bert I. Gordon, 1957)

Los nuevos monstruos del barrio desplazaron con efectividad a los viejos; era improbable que una generación que no había vivido los años treinta fuera a responder ante los iconos del horror generados en respuesta a los traumas sociales y económicos de una década ya pasada... El horror de los cincuenta pensaba implacablemente con el hemisferio derecho del cerebro y estaba obsesionado con la tecnología; muy raramente se explotaba un tema directamente sobrenatural.


(Fragmento de David J. Skal, Monster Show. Una historia cultural del horror, Valdemar, 2008, pp. 314-316)

 
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