domingo, 18 de abril de 2010

semiótica esteban


El efecto paródico saca a relucir los signos semióticos de Belén Esteban. Amplifica su sistema para hacernos ver con realismo desorbitado la verdad de sus escaramuzas

Al detallar la reconstrucción semiótica de Belén Esteban hemos de disgregar el valor de las preguntas. El personaje se muestra por sí mismo en cada acción verbal televisada, en sus gestos y modales bajo el foco, en su manera de andar (y bailar), en la manera de personalizar su vestimenta, de tal modo que a través de su superficie podemos rastrear un rango de clase: su origen social, su educación, su estilo de vida. Sin embargo la cuestión no es tanto pormenorizar ese rango (algo ya evidente) como descifrar su proceso de encumbramiento televisivo. Si partimos de la idea básica de que el conglomerado de la clase media se ha ido expandiendo hasta engullir estratos de clase por encima y por debajo de él hasta igualar socialmente al trabajador de cuello azul, al oficinista y al profesional, hasta difuminar sus oposiciones culturales y mostrarlos como vértebras de una clase más compacta basada en la satisfacción y en la conformidad cultural (un proceso de igualación), hecho también aplicable al contexto mediático, actualmente la figura de Belén Esteban se muestra en relación al medio como un agente opositor y contradictorio. En ella se subvierte la regla por la cual diríamos que un personaje de tales características no encajaría en la convención. O formateando esta tesis como pregunta ineludible, diríamos: ¿cómo ha llegado a convertirse en la panacea de los audímetros de toda una cadena de televisión? La respuesta es más compleja que el personaje en sí mismo, un personaje planicio, carente de excelencias reconocibles a excepción de la de situarse como abanderada de una clase popular a la que hoy en día se hace difícil localizar (y definir) pues se halla dispersa entre el entramado periférico de las ciudades y los barrios con urbanización y piscina.

El encumbramiento de Belén Esteban, que la lleva del protagonismo coyuntural de la revistas del corazón a la televisión hasta ejercer una función casi estratégica como soporte de las audiencias, tiene que ver con (1) su capacidad de mostrarse en público sin ningún tipo de pudor, pero también con (2) los cambios que ha ido sufriendo la cadena Telecinco en los últimos tiempos. Para entender esta tesis hemos de retroceder al momento en que Belén Esteban todavía trabaja con Ana Rosa Quintana: su rol en ese programa, por la entonación clásica de su presentadora y una puesta en escena amoldada a las expectativas de una audiencia más moderada, incluso instruida, desfavorecía al personaje en el sentido de que no alcanzaba a mostrarse del todo, según sus patrones culturales. Ante sí misma, su presencia quedaba desdibujada, incapaz de ofrecer todo su potencial. Ante la audiencia, sus intervenciones podían verse como elocuentes, aburridas, irracionales o díscolas, pero siempre bajo el predominio de un código que le era ajeno. Su trasbase a las tardes de Telecinco y, más concretamente, su fichaje en el programa Sálvame, marca un punto de fricción en su comportamiento televisivo que la hará destacar ante su público como modelo casi ejemplar.

(1) Si en el desvelamiento semiótico que llevamos a cabo ante la figura de Isabel Presley se hacía notar la dicotomía entre lo oculto y lo manifiesto, con Belén Esteban se aprecia únicamente una visibilidad radical, queriendo decir con ello que todo lo que puede ser dicho será expresado como una contienda. El personaje se comunica bajo la fuerza de una disputa. Ese es su reglamento, la función básica de su proceder. Cuando baja la guardia o su discurso afloja para exteriorizar cierto relajo verbal, el personaje se apaga bajo el crisol de los focos. Por tanto, para existir necesita el arreglo de una batalla (contra la familia Janeiro, Mª José Campanario o. como estamos viendo últimamente, sus trifulcas con la novia de Víctor Janeiro), ya sea en forma de ataque o defensa más o menos legítima. Podríamos detallar cada intervención y siempre hallaríamos el mismo resultado: su incontinencia verbal requiere siempre de un rival, más aún sabiendo que en la mayoría de los casos obtiene el soporte moral de sus compañeros de mesa y que éstos la empujarán veladamente hacia una espiral de afirmaciones y contrarrespuestas que van adquiriendo un tono cada vez más sangrante. La sobreexplotación del victimismo, algo que la acerca al televidente siempre en busca de causas en apariencia injustas, ha sido y es la argamasa de su discurso, lo cual provoca un efecto complementario: potencia el carácter maniqueo de la dicotomía agresores/agredida retroalimentando su legitimidad ante la audiencia.

(2) Si en diez años su discurso prácticamente no ha sufrido modificaciones sustanciales (todo él gira en torno a la familia Janeiro), lo que sí ha sido susceptible de cambios sería el rendimiento de esas contiendas, tanto por parte de la interesada como de la cadena de televisión, hasta el punto de que el programa en el que participa a fecha de hoy, Sálvame, gira en función del discurso-esteban: el formato del programa está construido a su medida, desde esos mismos patrones culturales que caracterizan su personalidad. Más aún, Telecinco se halla inmerso en una reelaboración de su tonalidad, donde algunos presentadores, colaboradores y programas han ido recrudeciendo su vocabulario y sus gestos como si la misma política de la empresa recogiera en una de sus cláusulas la frase por la cual todos ellos han de actuar a su libre albedrío. Los vemos así inflarse de mazapanes o bocadillos, vociferar palabras que hace unos meses hubiera sido impensable escuchar en boca de presentadores y colaboradores, los vemos levantarse, irse, volver, sacar a relucir rencillas internas. El caso más clarificante es precisamete Sálvame, pero otros programas que intentan hacerse un hueco en la parrilla han ensayado la fórmula, en la mayoría de los casos sin éxito evidente.

Pero Belén Esteban, sabiendo que ya ha encontrado su entorno natural en el programa presentado por Jorge Javier Vázquez, irradia su verdad populista con remaches de frases lapidarias, integrando en ocasiones una actitud de prepotencia que vendría dada precisamente por su situación de privilegio en la cadena, avalada por el auditorio. No obstante, al salir de ese entorno, tal cual se está mostrando en otro de los programas en los que participa, Mira quien Baila, su presencia vuelve a diluirse y a exteriorizar todas sus inseguridades. Ya no se trata de poner en cuestión sus dotes para el baile, sino que su miedo escénico tan sólo podría disimularse por el índice de su popularidad. Este programa, donde prima una puesta en escena elaborada, el rigor de los bailarines y un trabajo que elude la improvisación, es sin duda la antítesis del modelo que representa en Sálvame. A Belén Esteba sólo le queda recurrir a la parte más recurrente de su discurso.


Fotos extraidas de su web

En la nota a pie de foto al comienzo de esta entrada hacía advertir que el resultado de la parodia (de la que Belén Esteban ha sido objeto en un programa de televisión) favorece la comunicación de sus signos, pero al mismo tiempo el personaje real se nos presenta paródico. ¿Habría sido necesario el modelo paródico, la imitación? Posiblemente no, más aún si entendemos que su realidad expresiva se abastece del exceso. Ahora bien, la imagen pública de Belen Esteban vuelve a caer en contradicción cuando entramos en su web y visionamos una imagen orquestada que nada tiene que ver con el referente, es decir con ella. De pronto, todos los signos que la definen (y han terminado por popularizarla) han desaparecido: se produce un intercambio de signos donde prevalece la dimensión publicitaria. Si en ella la parodia contiene su verdad, no podría decirse lo mismo de este intercambio en el contexto online de su web. Venderse a sí misma, publicitariamente, bajo el amparo de un código que no le corresponde: su tienda online ratifica esta imposición de signos. Quizá la parodia se resuelve con mayor coherencia al abrir su web que al contemplar el espectáculo de sus imitadoras.

 
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