lunes, 9 de agosto de 2010

la polaroid arrebatada (version 2)




Versión de un post anterior (publicado originalmente en diciembre 2007), cambiando letra y párrafos, ideas y complementos. .

La polaroid es el soporte fotográfico quimicamente más enclaustrado en las paradojas de la fotografía contemporánea. Ante la era digital, reaviva la condición del ojo como un suplemento del aparato que succiona la imagen para luego expulsarla por la ranura. Todo en la polaroid puede convertirse en un elemento para la belleza, incluso el polvo que se deposita tras extraer la muestra o las sombras no deseadas. Puede verse en la serie que el arquitecto Carlo Mollino realizó entre 1962 y 1973 en la Villa Zaira, reproducidas hoy en el número de otono 2007 de la revista francesa Purpose, donde la feminidad se alza como eje de un misterio que también podríamos trasladarlo a la mecánica de la polaroid.

Mecánica especulativa, disidente: la química sigue siendo un elemento sustancial ávidamente sostenido por las fuerzas del azar: Un proceso de lo instantáneo donde lo que se somete a prueba no es sólo la escena, sino también la maquinaria viva del papel en contacto con el revelado. Si la fotografía digital es el engranaje que podría llevar el proceso de construcción de la imagen hasta la variabilidad infinita (photoshop) por un camino racionalista dispuesto en capas, la polaroid es el flujo de lo líquido depositado en el papel como el tiempo había dejado los signos de la ruina en los daguerrotipos del siglo XIX.



El error es pensar que la maquinaria líquida de la polaroid ha quedado obsoleta, y así lo determinaría la empresa que fabricaba la película cuando en 2008 anunció el desmantelamiento de su producción en un intento por sumarse al ascenso de la fotografía digital. La cuestión de fondo se ha de situar en el factor del consumo hegemónico, hecho que ha ocurrido igualmente con el derrumbe de la fotografía analógica y otros procesos fotográficos. Pero lo que se pierde en el intervalo no es unicamente el objeto (la cámara, la película). Más bien, lo que está en juego es una manera cultural de entender la imagen, la visión, y con ello la memoria perdida de las cosas. El sistema social se rige, en exclusiva, por una máxima de la hegemonía, excluyente, donde dos objetos fabricados para la misma función terminarán tarde o temprano en una batalla fraticida por situarse en el lugar de la producción masiva. Es evidente que lo digital ocupa ahora el lugar predominante en detrimento de modelos de producción deseante (la polaroid) que poseían un valor cultural encomiable. La propia sociedad de consumo acaba destruyendo sus objetos, hecho en el que el consumidor se convierte en una pieza más de ese valor de pérdida.

Es la pérdida de detalle, porque lo que la polaroid hacía no es reproducible por otros medios aún cuando se piense que la fotografía digital extiende el rango y puede sustituir el arte final de cualquier otro proceso creativo. Es más que probable que las imágenes de Carlo Mollino no hubieran sido posibles sin la mediación de la polaroid porque el elemento determinante que construye la imagen es el ojo en conjunción con una maquinaria cultural. Lo mismo se podría decir cuando fijamos los modelos de belleza de cada época, expresada especialmente a través del cine: ésta se valida por una fotogenia socio-cultural (las cámaras de cada época, las modas en iluminación, la evolución de la técnica, el maquillaje, etc). Los atributos de la feminidad compuesta por Mollino funcionan desde el modelo de producción deseante de la polaroid. Pero hoy es un mundo ya desaparecido. La sociedad se destruye a sí misma.

 
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