viernes, 13 de agosto de 2010

semiotica patiño


Maria Patiño también anuncia sartenes. Un dato insignificante si no fuera porque, a escondidas, nos habla del umbral periodístico, es decir, periodistas y famosos en el mundo del corazón son la misma cosa. La diferencia es que en nombre de la profesionalidad y la ética el periodista al estilo Patiño ejerce un pretendido valor moral guiado por la pátina del egocentrismo, calculando matemáticamente que la verdad siempre estará de su lado sin saber ella misma que información y opinión no son intercambiables ¿Cómo lidiar semióticamente con tal personaje? Los signos se resisten, porque al contrario que pudiera suceder en el caso de Belen Esteban (la visibilidad absoluta en su entramado de errores y excesos, pero humanamente comprensible), Maria Patiño se oculta tras sus griteríos (forma de dicción que ya ha creado escuela entre las plantillas de colaboradores de los programas del corazón) y un discurso sobreexcedido: ejerce su status pseudo-profesional como una lección que el famoso (y el espectador) hubiera de aprender. Es entonces que el plató televisivo se convierte en un patíbulo. El famoso ya intuye, desde el mismo momento que se acomoda en la butaca, que su sentencia de muerte está dictada.

Para desvelar los signos por los que se rige la periodista-patiño tendríamos que dar, sin embargo, la vuelta a las esquinas, fondear en alguna puerta, aeropuerto, en todas las esquinas o supermercados donde el famoso hace vida y transita. Porque Maria Patiño procede de este periodismo de asalto y saqueo donde lo que importa no es tanto la voz del famoso, su explicación, como el hecho de que tenga que sentirse obligado a pararse y atender a una desconocida con micrófono en mano. En su caso, el salto de la casa de Jesulín de Ubrique (puerta en la que empezó su carrera hacia la fama periodística) a los sillones de los platós se nos muestra como un misterio. Desconocemos los hechos que la habrían llevado de un sitio a otro. Desconocemos incluso su manera de proceder ante la puerta de Ubrique o si ya gritaba con la saña con que se muestra en la televisión. De no ser así, ¿qué ha cambiado para que su discurso televisivo esté plagado de voceríos? En su caso, los signos semióticos del grito denotan la indicación por la cual su manera de actuar pretende siempre situarse por encima de su interlocutor. El grito avasalla, acorrala, formaliza una relación de fuerza en la que el otro, de no plantarle cara, queda reducido a su mínima expresión, más aún cuando en el discurso televisivo del corazón (y de Patiño) no se habla de otra cosa que de la posesión moral de la verdad. El grito intenta rebajar al otro, lo hace vulnerable. Patiño ejerce esa fuerza en nombre del periodismo.

Pero otros signos se van aposentando en esta profesional de los medios. En primer término, su figura ha dejado de funcionar estrictamente desde el punto de vista de la legitimación profesional para poner la atención predominante en el personaje. Este hecho es importante porque desvela por defecto la fuerza carnívora de este tipo de periodismo y su capacidad para convertir en elemento paródico a sus propios integrantes. En segundo término, el periodismo-patiño (así hemos de llamarlo para abreviar posibles confusiones) ha situado a personajes de dudosa valía e integridad al frente de un discurso pretendidamente universal y honesto. El ejemplo más sangrante es el vivido estos días con la disputa Belen Esteban / Pepa Jiménez. Esta última, que trabajaba de fótografa de bodas y eventos y practicaba igualmente un reporterismo de asalto por las esquinas consiguió también su sillón televisivo. Hoy en día su profesionalidad y moral habría que ponerla en cuarentena según las acusaciones de Belen Esteban, respaldada por Tele 5. Digo esto porque nos hallamos ante periodistas que infringen las leyes elementales del periodismo (insultando así al espectador): trabajar para informar, trabajar con humildad, difundir la información sin situarse por encima de la noticia, expresar todas las partes de una noticia, verificar las fuentes... Sus signos desvelan cierta obscenidad, utilizando al famoso de turno como excusa para ensalzarse a ellos mismos, creyéndose además intocables. Los signos hablan por ellos. Maria Patiño es un ejemplo, pero otros muchos la siguen para infectar la semiótica de signos manchados de suciedad.

 
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