lunes, 5 de agosto de 2013

La sombra


Joseph-Benoit Suvee

El veredicto siempre obtiene una correspondencia. La palabra connota la resultante que nos lleva de una definición a otra parte, a veces ignota. No hablamos de correlación, lo cual tiene más que ver con la problemática de la causa y el efecto. La correspondencia puede exigir contradicciones, paralelismos, reinterpretaciones, búsquedas ocultas y un no-parar de maniobras ontológicas para definir al ser. La vida tiene su correspondencia en la muerte, pero las vías por las que se podría llegar a ese resultado contempla infinitas posibilidades. Esto lo escribo como coda, porque lo que ha de prevalecer como texto principal no está todavía escrito. Posiblemente nunca se escribirá. No lo escribiré. La coda continúa con el tema de la sombra, artilugio conceptual que le ha servido tanto a la psicología como al arte para rastrear las correspondencias que se agolpan ante las motivaciones, las acciones y los deseos humanos. Un concepto que aclara las turbulencias de la modernidad y su deriva. Anteriormente a ese periodo existía la óptica, aún cuando su patrimonio evolutivo pudiera estar dirigido a crear una atmósfera, es decir, el intento de objetivar un estado psicológico. Existen precedentes en el renacimiento y en el barroco. Rembrandt se adueña de ese efecto y será él uno de los pintores que lo prepare para su forma más oblicua ya en los principios de la modernidad. Pero hasta ese momento no deja de ser una proyección expresamente visual: la correspondencia se produce todavía en la interrelación de la luz y un objeto que la obstruye.


Joseph Wright

En el siglo XVIII se produce un vuelco: la sombra va más allá del estado visual para construir correspondencias más profundas. El caso paradigmático de la Invención del arte del dibujo, cuadro pintado por Joseph-Benoit Suvee en 1791, o la variación sobre el mismo tema creada por Joseph Wright of Derby entre los años 1782 y 1784 bajo el título de La doncella corintia, desafía a la ley. Una mujer, ante la inminente marcha de su enamorado al campo de batalla, pinta su sombra para retenerle. El motivo pictórico podría centrarse en la permanencia, pero la correspondencia referida a la sombra toma cuerpo en la angustia producida por la ausencia del sujeto deseado.

El impresionismo recubre la sombra de paraje, pero lo que la hierba acaricia es agitado años más tarde con el advenimiento de las vanguardias. Al dar el salto, podríamos decir que lo que se produce es el desplazamiento de la percepción subjetiva (fuera del alcance del realismo) a la subjetivación radical. Las vanguardias acampan. El expresionismo alemán juega con la forma dándole un valor más allá de la estética y haciendo confluir teatralidad y psicología en un aparato cultural que no se volverá a repetir a no ser que pensemos en películas ya adentradas en el siglo XX como La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) y Cabeza borradora (David Lynch, 1976). Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) o El Gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920), hitos del expresionismo, parten de la deformidad al describir la correspondencia de la sombra como un mal socio-esquizoide, producto de una época abocada al fracaso. En este punto debiera apuntar las limitaciones crítico-sociológicas porque ambas películas le dan a la sombra un tamiz arquetípico (ubicado en el inconsciente colectivo) que se adelanta a la teoría de la sombra de Carl Gustav Jung, la cual designa el aspecto inconsciente de la personalidad caracterizado por rasgos y actitudes que el Yo consciente no es capaz de asumir. Un precedente anterior lo hallamos en la literatura, en el momento preciso en el que Robert Louis Stevenson publica El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde (1886)



Nosferatu / Dr. Caligari /Paul Delvaux / Christian Schad

Christian Schad incide sobre esa envergadura en un cuadro inquietante de 1928: Retrato del Dr. Haustein funciona precisamente ante el cambio de paradigma de la sombra iniciado por el expresionismo. La correspondencia se sitúa en el lugar de la personalidad oculta. En cierto sentido, el retratado es una trasposición de todos nosotros. Nos mira de frente para hacernos comprender que cada cual acarrea su propia oscuridad. Pero será el surrealismo quien congenie para el arte el discurso del inconsciente, y es en este caso donde la sombra empieza a adquirir nuevos significados. Max Ernst, Dalí o Paul Delvaux imprimen al motivo de la sombra una capacidad transgresora al colocar en superficie lo onírico y lo reprimido por el subconsciente. Este último, movido por el influjo surrealista y el arte metafísico de Chirico, se adentra en entornos concurridos por el sueño: la sombra batalla con las figuras creando una relación enigmática, misteriosa. Su correspondencia prolifera en la interpretación del cuadro.

El arte pone de manifiesto el compuesto. La sombra se desliza por otros lienzos. Hemos de suponer entonces que la coda continúa hasta llegar al pop-art y otros movimientos post-vanguardistas. Suponemos también que en alguna línea habría que adivinar la función ontológica y psicológica de la sombra, de tal manera que en la aplicación personal pudiera encontrarse alguna clave a nuestros desafíos, complejos, frustraciones y miedos internos*. La sombra no es una amenaza. Lo que amenaza al ser humano es el desconocimiento de sí mismo.


* Quien no se inicie en la voluntad práctica de atravesar ese desierto (y todos tenemos una porción considerable de sombra) se predispone a perpetuar una y otra vez su propia oscuridad. Y lo que es peor, hacer a los demás portadores de su sombra: "cuando queremos ver nuestra propia sombra nos damos cuenta (muchas veces con vergüenza) de cualidades e impulsos que negamos en nosotros mismos, pero que podemos ver claramente en otras personas" (así lo explica Jung)

Esta cuestión me recuerda también la lectura de Richard Sennet, El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad. En un pasaje del libro, donde se entrecruza autobiografía y teoría social, Sennett rememora sus inicios en la sociología y su introducción en la entrevista en profundidad de la mano del sociólogo norteamericano David Riesman (autor de La muchedumbre solitaria, 1950), y dice:

El sentido común nos dice que cuando se trata a los otros como espejos de uno mismo, no se les reconoce la realidad propia de su existencia personal. Es necesario respetar el hecho elemental de que son distintos. Esta parece ser la lección: si los respetas no te proyectes en ellos.

No hace falta explicar que esto es también valido para el mundo de la vida cotidiana.

 
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