jueves, 7 de febrero de 2013

El mal del deseo


Roland Barthes

Quizá sea Fragmentos de un discurso amoroso (1977) el libro de no-ficción más sorprendente jamás escrito (valga la exageración como muestra que quiere acertar en la diana), una penetrante antología del sentimiento del amor y sus secuelas. Roland Barthes consigue una proeza, alejarse del academicismo sin abandonar un lenguaje estructural, además de un éxito de ventas homérico para alguien que ha dedicado su esfuerzo intelectual a la semiología (otro caso similar sería Umberto Eco). La tirada original (Editions du Seuil) había totalizado 15.000 ejemplares, publicándose a lo largo de 1977 otras siete ediciones: 79.000 ejemplares. En 1989 se habían vendido 177.000 (decimosexta edición francesa).

A modo de sujeto ficcional, Barthes reconstruye las escenas amorosas y las figuras que dan vida y muerte al enamorado. Una vez más, lenguaje y realidad componen la veracidad de un lugar para la cotidianidad. Las certezas del lector son las pulsiones vivenciales de la escritura, arrojadas a la comunicación, que el autor ha experimentado. En mayor medida, Penas del joven Werther (1774), de J. W. Goethe, cosechó un éxito parecido (o aún mucho mayor) en plena apoteosis del romanticismo alemán provocando una conmoción en toda Europa. El wertherismo, sujeto amoroso en la cúspide del deseo, del desgarro por amor, se vive como una epidemia social en oposición a la racionalización incipiente de Occidente, y como expresión radical de la conjura romántica. Alfredo Paz ha calificado esa sensibilidad desmedida como el mal del deseo (A. Paz, La revolución romántica, 1992, cap. 7, pag.55 y siguientes), el deseo angustiado incapaz de alcanzar su objeto. Werther, como prototipo del romanticismo centro-europeo, es el sujeto enclaustrado en su propio deseo.

Barthes utiliza el Werther de Goethe como hilo argumental de la escenificación amorosa. Las figuras reseñadas en el libro, ya sean actos de afirmación o negación, vienen a desposeer al ser del sujeto amoroso. Sin embargo, no hay diagnóstico para la enfermedad romántica. Esta se hace inherente a la estructura socio-política de la época. Lo que hay son los síntomas de la experiencia interior que, desde la circunstancia erótica, George Bataille elevó a la categoría de lo sublime. Werther es aniquilado por su deseo: los actos deseantes se convierten en gestos del fetichismo. El síntoma de este desgarro se visualiza cuando Werther besa la cinta que Carlotta le ha dado. El enamorado es un exiliado: todas las escenas le arrojan fuera de sí mismo.

 
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