miércoles, 3 de noviembre de 2010

historia de la poesia española del siglo XX contada en dos minutos (version 4.0)


Eduardo Arrollo, Gilles Aillaud mira la realidad por un agujero al lado de un colega indiferente, 1973

Al verdadero escritor se le impone la palabra exacta como si todas las posibilidades hubieran de agotarse al presentar los hechos y sólo una tuviera sentido fiel a lo relatado, como si sólo la palabra tuviera el privilegio de elegir su lugar. A esa tiranía se somete el escritor, y por ella sucumbe a la fascinación de su lenguaje.

El panorama de la poesía española de los años 80 se reconoce en algunos espectros formales de referencia, y los utiliza. Sin embargo, con la década se inaugura, a modo de margen desplazado, el rebasamiento de todas las formas al producirse uno de los acontecimientos editoriales acaso más válidos de esos años. Con apenas veinte años, Blanca Andreu salta a la palestra de la poesía al recibir el Premio Adonais con su libro De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall (1980), poemario que sintetiza, retuerce y exprime tradiciones diversas, olvidadas por escuelas dominantes durante ese periodo.

Si la generación hoy canonizada de los Novísimos (Generación del 70) había pretendido, en su primera oleada, radicalizar las poéticas rompiendo con la escuela anterior (especialmente, la poesía social de la generación de los 50), la segunda oleada no hace sino divulgar el modelo con refritos culturalistas y esteticistas. La tendencia posterior hacia un clasicismo institucionalizado es producto de la maniobra: el campo literario nunca es inocente. Por un lado, un grupo de poetas que intenta romper con la previsibilidad existente en ese momento son relegados a un segundo plano. Por otro, la direccion que va adquiriendo el neoclasicismo se formula y propaga a partir de ciertos presupuestos amañados por nuevas antologías estratégicamente publicitadas. Desde finales de la década de los 70 nuevos poetas empiezan a colonizar el campo literario con la intención de remover y fijar una vuelta a las poéticas de la vivencia y la sentimentalidad.

La oportuna publicación de De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall abre las puertas al campo de la poesía española por su novedoso estilo surrealista, heredero, entre otras muchas influencias, de ciertos poetas-emblema de la generación anterior (Leopoldo María Panero, Pere Gimferrer), dejando a lo largo de la década un rastro imborrable en poetas como Amalia Iglesias (que en 1984 le fue otorgado el Premio Adonais por Un lugar para el fuego), Fernando Beltrán (Aquelarre en Madrid, 1982), Luisa Castro (que en 1986 gana el Premio Hiperión con Los versos del eunuco), etc., y ampliando el registro linguístico de la joven poesía que se editaría en esos años, aún cuando el imperio recaería sobre la nueva poesía de la experiencia. La poesía de Blanca Andreu es un estado de gracia entre el amasijo y el crimen. Se goza no por lo que dice (pues no se detiene en argumentos) sino por la sorpresa de su estiramiento en el lenguaje.

El poema se somete a la encricijada de tradiciones secundarias, de escaso peso en la tradición poética española. La trama es la propia literatura, y en ese apasionamiento de la conjura y la rebelión el verso se alza desde las cumbres de la literatura para la literatura ("Escritura en vuelo y en vilo", diría Francisco Umbral). Las huellas se hacen visibles. De ahí también su novedad, el asalto a la poesía fundacional de Arthur Rimbaud, a la pintura de El Bosco, a los vericuetos privados de Lewis Carrol, a la enorme finura mística de Rainer Maria Rilke y al irracionalismo que surge del lenguaje como una maraña que hubiera de descifrarse en las vocales.

El sueño de Saint-John Perse era fundar una ciudad en los tejados de la literatura, y el de Blanca Andreu instalarse en sus esquinas. Anábasis (1924), libro emblemático de la poesía épica contemporánea, desenlaza la trama de lo que a Blanca Andreu le preocupa como poeta: sujetar la dispersión de los lenguajes sumergiéndose en la identidad y en el propio caos interior, que no es otro que el del idioma. Esta idea objetiva la ley de su voz poética. La radicalidad de ambos poetas, Andreu y Perse, son paralelas: el uso de la metáfora participa de toda la frase para estallar en el punto final. En Perse: Y esta alta resaca en el colmo del acceso (Exilio, 1944). En Blanca Andreu: La cornamenta pura del carbón como una sílaba de noches cervales (Báculo de Babel, 1983). Sin embargo, para cuando se publica Báculo de Babel, ese estiramiento en la metáfora ya no puede ir más allá de lo que ha colmado. Esta segunda incursión hace acto de presencia para ponernos en aviso de los extremos del lenguaje apegado al sujeto. Ya no es idioma degollado, dice la poeta.

Después de cinco años de silencio, publica su tercer libro de poemas, Elphistone (1988), la historia marina de un personaje imaginario, alter ego de la autora. Las referencias se centran, convergen aún más en la épica de Perse y en la poesia grecolatina, pero también en el romanticismo inglés (S.T. Coleridge, La rima del viejo navegante). La otra gran influencia: la narrativa de Juan Benet, lo que equivale asemejar a la episteme fabuladora de la leyenda y el cuento-enigma. Y tomando como mediador a Benet, la obra de Melville, Conrad y London. Blanca Andreu se desentiende de su obra anterior solo en apariencia, y añade un interés inusual por la idea del viaje mítico: La vida se va desenvolviendo como viaje. Nada elimina tales complicidades.

En 1911, el poeta griego K. Kavafis escribe el que sería uno de sus poemas más celebrados y conocidos, Itaca, donde evoca el viaje por excelencia de la edad moderna, la singladura interminable que introduce el valor de la experiencia. Itaca termina por ser la excusa del recorrido, de la misma manera que la poesía viene a formar parte de una experiencia aún más extrema. En Elphistone se asume el riesgo de ser eliminado por la poesía. Las pesquisas existenciales del capitán prevalecen sobre cualquier otra cosa.

Nada escucha Elphistone
cuando evalúa significados, precios
de viejos libros,
de otros navíos,
vendavales o la repentina conciencia que elimina
una firme navegación.

 
Copyright © 2007-2016 . Asi se fundó Carnaby Street . Javier M. Reguera