lunes, 6 de junio de 2011

antonio alay: cultura rocker, imagen y otras historias de revival




Articulo liberado de la revista 200 dias en Sing-Sing No.2

Antonio Alay ha dedicado parte de su actividad fotográfica a retratar los recovecos del rock & roll español, sus estéticas y actitudes. Su mirada, cercana al detalle etnográfico, prevalece de modo preciso en la luminotecnia (color y formas expresivas) al mostrar al sujeto en acción o en el retrato de estudio. Las subculturas juveniles que entroncan con el rock & roll y su disposición contemporánea al revival ofrecen una variante de la vitalidad social expuesta desde una estilística híbrida que intenta perpetuar un modelo de conducta que, a partir del inconformismo y la rebeldía, de las imposturas que contradicen cualquier norma aclaratoria, explica la situación ambiental de un grupo en minoría. Alay ha recorrido con su cámara, a lo largo y ancho de la geografía española, todo tipo de encuentros y festivales en los que el movimiento rocker hace acto de presencia. El punto de partida del fotógrafo parece calibrar una tipología que aparentemente se ha detenido en el tiempo, y, a su vez, añade veleidades contemporáneas, una modernidad a remolque de la tradición vestimentaria.

El rock & roll, desde sus orígenes, ha perpetuado su identidad comunitaria en la fijación de un estereotipo definido. Sin embargo, su evolución estética ha funcionado desde lo que se podría denominar una coyuntura híbrida que interpone diferentes patrones estéticos a un mismo corpus subcultural. Tal evolución puede ser estudiada históricamente a partir de la consecución del modelo de referencia y las plusvalías esteticistas del revival. Podría decirse que hubo dos instantes decisivos en la historia de la subcultura rocker y su variante anglosajona vertida en los patrones de clase de los teddy boy. Si en los años 50 se adelanta una representación de la liberalización de ciertos segmentos de la juventud respecto a los estatutos generacionales de los padres y su normativa, los años 70 explican una cultura alternativa que sintoniza con otras subculturas e indaga en estéticas providenciales surgidas en esos mismos límites de marginalidad. A finales de esa década, la revitalización del rockabilly añade nuevos elementos a la cultura rocker, lo que permite definirla desde sus posibilidades intertextuales y unas expectativas visuales vinculadas al contexto global de la juventud norteamericana de los años 50 y a algunos espacios residuales que habían permanecido oscurecidos por el puritanismo de la clase media.



De un lado, la cultura rocker revitalizada (en los últimos años) a partir del modelo visual de la cultura en la que surgen los primeros arpegios del rock & roll permite ligar el imaginario social del estilo con una época concreta, en su conjunto. De otro, las vinculaciones entre la cultura rocker y la estética voluptuosa de la pin-up de los años 40 y 50 encarnada en figuras como Betty Page o Jackie Miller expresa una retórica de marginalidad y transgresión que, simultáneamente, precisa el medio por el cual la identidad distintiva del grupo (del movimiento) explora su oposición al mundo. En realidad se trata de una paradoja aceptada que busca su solución en la amalgama del estilo al mismo tiempo que supone una respuesta momentánea a la construcción de un estereotipo específico.

Hoy la cultura rocker, en su amplio reconocimiento de formas expresivas, se diversifica en detrimento de una tipología específica. Una parte sustancial de su identidad se sostiene bajo ese supuesto, al igual que las fuentes originales son, si no puestas en tela de juicio, sí al menos devueltas como un rango modificable del estilo por el que cualquier añadido, sea cual sea su referencia, ha de enriquecer la escena. Pero esta mitología visual, repleta de carreras de coches, zapatos brothel creepers, motocicletas, tatuajes, cazadoras de cuero, pin-ups, tupés y peinados a lo quiff, pompadour o flattop, chicas de high school y hombres duros que rayan la criminalidad, también se ha construido a partir del empaque de la cinematografía y la fotogenia, de tal modo que películas como Salvaje (1953), Semilla de maldad (1955) y Rebelde sin causa (1955), han ejercido su influencia en un trasvase que va de la ficción a las expectativas sociales interpretadas por los auditorios concretos. Los sucesivos revivals que han proliferado como moda restringida evidencian la importancia de la reinterpretación. Muchos movimientos juveniles históricos han vivido en algún u otro momento un revival o extracción ad hoc, o sea la recuperación de su estética y parámetros ideológicos y vitales de manera descontextualizada, lo que no resta que su valoración en el interior del grupo ofrezca un baluarte para organizar la experiencia de sus miembros. Mientras los años 50 abren una reflexión generalizada sobre la juventud como enclave generacional en el consumo de masas, aludiendo a la formulación sociológica de categorías que hacen posible la definición de nuevos modelos de comportamiento juvenil, las décadas siguientes ponen de manifiesto la apertura de un canal de expresión que se objetiva en las industrias culturales. La cultura rocker no necesita en la actualidad tanto de un contexto social que la legitime como de una industria que la avale en su desarrollo estético y musical.


Antonio Alay remarca el desarrollo por acumulación de los estilos rocker que se han asentado en la sociedad contemporánea, donde la pureza de la tradición ha ido dejando un poso más bien balsámico en relación a todos los estilos que se han incorporado a esa subcultura con el paso del tiempo. Sus fotografías muestran la iconografía de esa mezcla, pero en ésta la referencia fundamental sigue siendo una época seminal, los años 50, o más bien la sintésis indiscriminada de diferentes estratos culturales producidos durante ese periodo y recogidos posteriormente por la subcultura como una extensión de su estética. La síntesis proporciona un nuevo status estético alimentado no sólo por la actitud vital sino también por todo el ámbito recorrido por el estilo en forma de arte, vida y comercio. Esto quiere decir que la construcción de un estilo (y su evolución) no se produce de modo espontáneo. Más bien es una consecuencia de una acción que hemos de encontrar en las avenidas o los callejones, pero también en los escaparates.

 
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