lunes, 7 de marzo de 2011

la vida de los objetos


Evocar el tema de fondo cuando el soporte que lo sostiene es el entretenimiento recrudece el acceso. Explicamos las películas por su argumento, nunca por lo que transpiran. Toy Story 3 puede narrarse de muchas maneras, pero la más aceptada seguirá siendo aquella que cuenta la historia de unos juguetes que luchan por sobrevivir. Esa narración exalta la aventura, las tensiones, los momentos excitantes y melancólicos. Acudimos así al tema por las acciones que van balanceando la trama de un lado a otro, de tal forma que si los juguetes se sienten desplazados, incluso desolados, el propio argumento nos facilita las claves para entender los motivos: su dueño está a punto de convertirse en un joven universitario. A partir de ahí podemos extendernos en el periplo que habrán de pasar los juguetes hasta ocupar su nuevo lugar en el mundo (hacia el final de la película): un jardín, otra casa. Ese momento, donde también se describe el rito de iniciación del niño hacia la edad adulta, será crucial: prevee la imposibilidad de recuperar el tiempo pasado, pero en la iniciación se produce otro tipo de transferencia: ceder los juguetes equivale a recuperar su función para otros y, por tanto, para sí mismo.

El planteamiento puede trasladarse a la relación general que mantenemos con los objetos. Esta otra narración podría desviarse hacia otras pesquisas, sin embargo estamos en una ocasión dramática que dura toda la vida: al desechar los objetos que nos han acompañado durante un trecho concreto de nuestra existencia, hay cierta renuncia a la historia personal. Más aún, en esa relación prima el carácter funcional sobre la vivencia, pues ante el defecto que ocasiona el tiempo en ellos decidimos darle la salida trágica del basurero para reemplazarlos por otros nuevos, con más prestaciones, adaptados a las nuevas modas. Desconozco las causas, pero es probable que los síntomas aparezcan con el desarrollo de las sociedades industriales y la proliferación de la manufactura y el consumo como agentes de activación económica. Ante tales inflexiones cruciales para el desarrollo civilizatorio, el sujeto ha borrado de sí la capacidad de almacenaje, tanto como decir la importancia que tienen los objetos para esclarecer una historia: el primer casette, la consola de los años 80, aquel jersey rojo que de tanto usarlo se descosía por los costados.

Los objetos no nos sobreviven porque hemos aceptado la sociedad de consumo como una forma inherente de nuestra vida psicológica e íntima. Si hace tres décadas los objetos cotidianos, de uso frecuente, tenían mayor durabilidad y hondura, un carácter de intensidad que iba forjándose con su uso, hoy se hace casi imposible impregnar los objetos que nos rodean de una identidad conformada por el transcurrir de nuestra historia. El móvil, paradigma de la ubicuidad digital y tecnológica, ya no resiste en nuestras manos si no es para actualizar el modelo cada cierto tiempo, al igual que dispositivos como el iPhone necesitan una reactualización constante para sufragar el interés y evitar anacronismos. Hemos dejado de darle oportunidad a los objetos. Sin embargo, la paradoja que sostiene ese mecanismo es la misma fuerza que hará desaparecer el iPhone. Quizá algún día volvamos al fonógrafo. ¿No es una manera como otra cualquiera de escuchar la música?

 
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