domingo, 20 de marzo de 2011

simplicidad y concierto




Dieter Rams

Considerar la luna como un objeto que cuelga en la noche podría explicarnos aquella otra variante en que cualquier planeta podría aparecer en el techo del salón familiar al modo de una lámpara. Vista desde la terraza, ocuparía un lugar dinámico en la decoración doméstica, pero su rareza como elemento decorativo hace aún más difícil su integración en un sistema de objetos mundanos fabricados en plástico, aluminio o cristal. Si la luna ha sido reinterpretada culturalmente a lo largo de la historia, el objeto persiste. Sigue ahí para amenizar la naturaleza. También para concretar referencias estéticas comparables ante otros tantos utensilios del mundo social, eso sí, con diferencias que la convierten en una signatura especial. El diseño industrial ha escogido, por tradición, técnica y esquemas mentales de la manufactura, volcar los atributos gráficos de un producto en las fortalezas que habrían de darle su capacidad funcional. La luna es un objeto con función en cuanto que interviene directamente en los bioritmos más minúsculos, sin embargo esa lupa está disociada de su manutención ideológica, literaria y pictórica.

El universo social del consumo necesita otra clase de repercusión: integrar el producto en un sistema estilístico reconocible. La tecnología táctil ha introducido otras maniobras a esa experiencia, pero cuando hace años había que apretar el botón-interruptor de la televisión para hacerlo funcionar la estética pragmática asociada a ese momento podía significar dos cosas. 1) El consumidor está programado por las convenciones estéticas de la industria. 2) Los ciclos de innovación estética de la industria son aislados y poco frecuentes.


Dieter Rams

La rueda del iPod inicia una nueva era de reprogramación que tiene continuidad en el smartphone y dispositivos como el iPad. El estatus innovador de Apple parece proceder de su solvencia para alterar conceptos y extraer maneras inéditas de relacionarnos con los objetos. Jonathan Ive, diseñador-jefe de la marca, personifica un hito antropológico al obligar al dedo a moverse en circulo. Se trata del mismo umbral atravesado en los años 50 y 60 (del siglo XX) por la empresa Braun y Dieter Rams con la depuración de la filosofía racionalista y la expurgación de los males funcionalistas, sustituyendo el residuo por un programa que podría resumirse en los siguientes términos: el diseño ha de aportar grado innovativo, honestidad, sentido ejecutivo, utilidad y concepción del detalle. La obra de Dieter Rams, comparable a una melodía de John Coltrane, a la gama cromática de Mark Rothko o al imaginario futurista vertido en la moda de André Courreges, provoca concierto, término con el que quisiera referirme a la figura semiótica que unifica todos los signos extraibles de un objeto y fertiliza su sentido integral ante el empleo del usuario.

A partir de un modelo industrial y gráfico basado en la simplicidad, el concierto ofrece una estimación que armoniza uso y diseño, del tal forma que ese acto depurativo no ha de significar la reducción de las funciones sino más bien una usabilidad que, en el contexto de la década de los 50, refuerza la conexión entre el producto y su consumación, preludio significativo del concierto implantado por Apple muchos años despues.



Dieter Rams

Esos mismos logros podrían aplicarse a otros casos, por ejemplo, al universo del café a través de una nueva reprogramación de la psicología del consumidor y la reformulación de la cafetera como emblema metalizado de una transformación en los valores sensoriales y emocionales de nuestro tiempo. El concierto capsulario de la marca Nespresso rellena nuestro album psicológico con aromas y sabores diferenciados, pero también con una maquinaria que vincula experiencia de consumo, belleza formal y utilidad subjetiva. Este último concepto tiene que ver con la apropiación individualizada del uso de una máquina, producto u objeto con el fin de incorporarla a partes concretas de la narración de nuestra vida. El café es la excusa para consumir tiempo. Tiempo que, aunque podamos enclavarlo en momentos de ocio, está más relacionado con un estado psicológico, una emoción, una historia que va construyéndose con el uso.

Dieter Rams fue un innovador incasable en su sector, sin embargo ahora se nos presenta como un pensador contemporáneo. Los mejores diseñadores no crean formas, reverdecen ideas y emociones vinculantes.

 
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