miércoles, 13 de abril de 2011

el detective y la muerte


Laura (1944, de Otto Preminger) y Vértigo (1958, de Alfred Hitchcock) tienen algo en común y mucho del leivmotiv que atenaza al oficio del detective en la serie chandleriana a partir de la publicación de The big sleep en 1939, salvando las distancias en el estilo visual y el método con que han sido tratadas sus novelas y su personaje central, el detective Philip Marlowe, en la pantalla. Cada una, desde una narrativa propia y original, indaga en la parte dramática de una puesta en escena que desparrama en cada rincón una pequeña novedad kafkiana hecha de retazos surreales con la talla de un detective en el centro.

El detective es una de las figuras del siglo XX que, a diferencia de otras, adquiere su espacio emblemático en el cine y la literatura. Como arquetipo nato (en la ficción, pero portador de rasgos mitificables en el estricto ámbito de lo social), su consistencia y posible maleabilidad se debe a la perfecta incursión de sus recursos indagatorios y discursivos en una trama oscurecida por un enigma. En su representación clásica el detective es, a la vez que el mensajero del saber o el enunciante de pesquisas y hallazgos, el sujeto desinflado por debajo de su propia razón. El detective se aniquila como sujeto deseante, sometiéndose a la lógica racional y a los métodos de la investigación. Tal son las máscaras de Sherlock Holmes, Poirot, el padre Brown, e incluso Maigret, que en los 40 y 50 renueva el clasicismo detectivesco por un poco de humanismo retórico.


La incursión de la novela de serie negra en el cine de Hollywood hace del artificio estético un elemento ambivalente sobre el que el Gimp (el truco de realzar lo ordinario con una pirueta increible, Manny Farber) almacena un narcisismo masivo, hasta el punto que las nuevas películas de serie negra (paradigma primerizo es El Halcón Maltés, 1941, de John Ford) enfatizan una intersubjetividad trágica entre los personajes-protagonistas. El resultado es una pléyade de héroes grandilocuentes abocados a lo que parece una inevitable cita con el destino. Para cada uno (valgan como muestra los de Goodis, Hammet, Chandler o Hadley Chase) la trama policiaca determina sus estados de ánimo y su relación con la muerte: el detective se convierte en un sujeto necrofílico. Ejemplos de esta premisa serían Laura y Vértigo, películas que de manera distinta asocian el amor y la muerte, la realidad y lo onírico, donde la figura del detective queda enmarcada en una puesta en escena alucinatoria.

 
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