viernes, 22 de abril de 2011

marta castro, o una pin-up para el siglo XXI


Un destello en la blogoesfera me hace caer en la cuenta de que no toda virtualidad ha de estar sostenida por la indeterminación de algo que nunca existirá. La cuestión de fondo ya no se arremolina entre el ser y el no ser, sino en aquella otra azotea que nos permite avalanzarnos sobre otros dilemas más contemporáneos: Ser o no ser, esa es la opción, concepto acaso más afín a las derivas modernas y al balance psicológico del individuo ante la incertidumbre de sus maniobras con el destino. No es que hayamos de referirnos al teatro clásico para adelantar aquella otra premisa según la cual Internet principia mecanismos de identidad individual y colectiva que, con anterioridad a su existencia, se hallaban inmersos en recodos de nuestra psicología posponiendo la fantasía de ser otro. Hoy cualquiera puede inventarse un perfil, aún cuando la dificultad y, por extensión, la complejidad real, consistiría en formularse una identidad en base al deseo, precisamente, de ser otro. El arte juega con esa posibilidad, la transgrede. Internet la pone al servicio del usuario y sus comunidades. Incluso en ocasiones vemos cómo el artista se proyecta por esa vía de comunicación ya no sólo con la intención de difundir su obra, sino también como un modo de expresar una nueva identidad.

La fotógrafa catalana Marta Castro se desdobla para hacernos reflexionar sobre esa posibilidad. De nuevo el arte recurre al personaje que se interpone sobre la persona real para decirnos su verdad. Marta es Kahlo, y todo lo que parece desprenderse de su personaje es el intento por explicar al mundo, a sí misma, que uno tambien puede rehacerse en mil historias. Sus autorretratos son pedazos de una narración que siempre permanecerá inconclusa porque esa existencia, que ha dejado de ser virtual para tomar forma en el cuerpo de la mujer, puede contarse de muchas maneras. Y he aquí que su obra, es decir, el personaje que pueblan sus fotografías, transmitido fundamentalmente desde el ciberespacio, posee una biografía propia.


La narración nos dice que el personaje, Kahlo, vuelve a un ideal de belleza que había quedado sepultado entre las grietas de la cultura popular, lo subvierte, le proporciona el halo contemporáneo con las debidas interferencias de un mosaico cultural incorporado a la gestualidad de su figura. Ahi están sus referencias a las pin-up de los años 40 y 50, su regreso al porte cinematográfico de Louis Brooks filtrado en la década de los 60 por Anna Karina y su intempestiva carnalidad, sus referencias al cómic de Guido Crepax y su personaje más significativo, Valentina, a Frida Kahlo y Betty Page en su posición de mujeres fuertes que exponen sus fisuras sin rubor, al surrealismo y otros dadaísmos más inocentes, a la música de Peggy Lee, al rosa y al carmín, al mensaje icónico y a aquellas maniobras del kitch que en su boca sólo podría representar el estado en que se mueven los objetos que la rodean. No hablamos del kitch como una figura estética despectiva, trivializada, sino como el añadido esteticista de un universo que conjuga la carga emocional del autorretrato y lo banal, el culturalismo y los bordes de otras estéticas más abizarradas.

En definitiva, una nueva forma de representar el erotismo femenino y la aparente trivialidad de algunas posturas. Si su manifestación corporal viene determinada por las reminiscencias al erotismo de las postales y la publicidad de los años 40 y 50, igualmente reconocible se nos muestra su carga psicológica puesta en superficie a través de una gestualidad de carácter cinematográfico, pero tambien con el envoltorio cultural con el que ha decidido arropar su mundo. La forma de modelar el autorretrato, es decir, el cisma que Kahlo abre en cada escena, es un elemento más en la trama de sus composiciones. El decorado y el fondo de algunas de sus fotografías también nos descubren partes del autorretrato. Las propias motivaciones de Kahlo quedan grabadas en él. Fondos intercambiables. Incluso a veces parecen superponerse al cuerpo, una vía en la piel por donde llegar a una forma especial de belleza, sin desnudarse del todo, mostrando que el cuerpo lleva una insignia que no ha de ser expuesta. Y lo va escribiendo con el comic-strip, con las texturas aplicadas como un tatuaje, con la frase que acentúa la rebeldía inocente de quien mira por primera vez el mundo, con la timidez y la valentía de quien reconoce que cualquier movimiento es efímero pero la piel es el fondo, la intemperie. Marta Castro, Kahlo, consigue lo más difícil, hacer creible ese relato.

 
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