miércoles, 1 de junio de 2011

el estilo como manufactura



No es la teoría, pero el intento provoca al verbo. Estilizar no es una palabra compacta. Sirve para expurgar la diversidad. Manejamos los términos para definir piezas concretas. Si el tupé hubiera sido un peinado más o menos legible podría decirse que en su cresta reside la álgida presencia de los signos que explican al rockabilly, pero no es cierto del todo. En su ondulación, a veces ahuecada y otras solidificada por la crema o la gomina, reside sólo un presagio, al igual que los peinados quiff y flattop habían servido en épocas distintas para localizar al marine, al hombre de clase media norteamericano y al skinhead, al igual que las variaciones japonesas de esta clase representadas en el Punch perm iban a definir el fashion style de la mafia-yakuza de los años 60.

Podría decirse que el peinado es un acontecimiento, y así es si pensamos en otros ejemplos: la sociedad cortesana del siglo XVIII había colocado una peluca al noble y le había puesto encajes a la blusa. Entre la peluca y el dobladillo se crea una relación fija: el ornamento podría explicar lo masculino en base a los intentos de la nobleza por distanciarse de los modos y costumbres del populacho y de una clase burguesa todavía emergente que terminará no sólo por guillotinar a la monarquía y su sangre sino también el recorrido que habría llevado lo masculino hacia el paroxismo de las formas, un refinamiento sustentado en el bucle rococó. Aunque la teoría pueda resultar una manía, algo nos dice que la Revolución Francesa se orquesta como el repudio hacia la ornamentación llevada a la floritura. Todo esto viene a cumplir otra permisa: el estilo solo puede definirse a través de una relación de signos. La prenda no es nada sin el vuelco hacia lo que la hace ser en el contexto corporal, unido a otros complementos, formas, redundancias, pliegues, formas y colores.



El color negro (como otras gamas menos austeras) es indisociable de un entorno del cuerpo, y así lo vemos en algunas subculturas, desde el rocker de los años 50 al gótico de los 90. Un mismo color que referencia minucias distintas, pues si en el primero lo caracteriza una manera de estar fuera del patrón seminal de la clase media y sus colores pastel, en el segundo se dibuja un agujero profundo y oscuro.

Cuando el estilo deviene en norma institucionalizada podemos hablar de esa otra figura cultural, antropológica, por la que la expresividad se convierte en un código manufacturado en serie, sin posibilidad de ampliarlo hacia otras formas estilísticas si no a través de la exageración de los elementos que ya estaban presentes en él: el estereotipo es el estilo manufacturado. La posible correlación entre ambos términos puede funcionar en dos direcciones opuestas: 1) estableciendo las normas que servirán de pauta en la capitalización simbólica del estilo haciéndolo progresar hacia otras figuras vestimentarias, 2) a través del rebasamiento forzado de un estilo concreto que provocará más de un interludio paródico, socialmente alejado de sus reglas implícitas.

El estereotipo, en su terminología general, puede atenderse como la manera en que el estilo encuentra unos parámetros reconocidos por exceso y, por tanto, un estímulo en la copia y sobreprotección de los elementos que lo construyen. Podría decirse que todo movimiento grupal basado en el estilo indumentario tiende a crear un estereotipo formal por el cual sus características han de identificarse sin ambigüedades a partir de un mecanismo de amplificación. Sin embargo, la carga estética funciona en el mismo eje en el que se forja la identidad del grupo: es una necesidad antropológica de identificación en el interior de una colectividad, comunidad o grupo subcultural. El estilo, y con él las vendimias del estereotipo, alude a un mapa de conducta descriptiva, o sea, la forma en que el grupo se maneja en las interrelaciones. Esas pautas también interceden en la fijación del estilo a través de sus signos inamovibles, pero una moneda siempre tiene dos caras. De un lado, el código moral. De otro, la estilística. El cliché es una variante del estereotipo que nos hace caer en la cuenta de que de una estilística hemos de derivar una conducta concreta.

 
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