viernes, 5 de julio de 2013

La silla disfuncional

Kouichi Okamoto, Composition chair, 2009 | Michel Bussien, Growing chair, 2009 | Nina Bruun, Nest chair, 2010

La silla disfuncional no expresa únicamente la imposibilidad del sistema capitalista globalizado para encontrar la manera más idónea de sentarse, es también el síntoma contemporáneo de algo más volátil e inquietante: tras esa incapacidad, la belleza de las formas nos precipita hacia una exaltación de la inutilidad. Ante la suma creciente de una tendencia que simula la conciliación entre forma e innovación, la silla disfuncional se alza como pura materia especulativa. Entre la función y los valores supremos del arte por el arte hay un momento en que el diseño de interiores, recipiente arquitectónico de los discursos del neo-capitalismo de finales del siglo XX, se convierte en un referente de lo cool a la vez que succiona todas las metáforas sobre la jaula de cristal de Max Weber (una sociedad racionalizada bajo la forma de una burocracia) para transformarla en la envoltura preferente del sistema perceptivo del sujeto. Si le damos una segunda oportunidad a este principio, la silla disfuncional reformula el pensamiento del liberalismo radical en la dirección de una estética amorfa, es decir, en estructuras que pueden amoldarse a cualquier discurso político, estilístico o moral.

Los años 80 (del siglo XX) preescriben el instante en que el diseño industrial adquiere una autoridad sin precedentes en el campo del arte. Ya iniciado el nuevo milenio, su evolución repara asimismo en su pericia para integrarse en un sistema financiero al que reporta cierta legitmidad estética. ¿Podríamos hablar del diseño industrial (metabolizado por las patentes de la originalidad a cualquier precio) como el soporte filosófico-estético de ese sistema? En comparación con el uso que las vanguardias históricas habían hecho de la idea de originalidad y su proclive desprecio por una concepción mercantil del sistema del arte, idea que parece apoyarse en una experiencia maximalista de la critica cultural, el siglo XXI difumina los limites entre arte, industria y utilidad, y refuerza la atracción de lo sensorial como mecanismo de consumo. El ejemplo de la silla disfuncional aporta tan solo algunos elementos minúsculos de ese gobierno, pero en ella se detecta un proceso de inversión mercantil: el sujeto es consumido por el objeto. Es el individuo quien ha de adaptarse a un nueva aerodinámica.

Ese hecho, en apariencia nimio, tiene consecuencias quizá irreparables sobre lo que había supuesto el confort desde los años 50. La vivencia sensorial del espacio alcanza su culmen expresivo en detrimento de una habitabilidad más prosaica pero capaz de armonizar, al mismo tiempo, el cuerpo y los objetos. El diseño se convierte en un fin en sí mismo, de la misma manera que el capitalismo global no precisa más legitimación que su propio alarde expansivo. No hay corroboración o desgaste. No hay comparativas. Diseño y capitalismo se funden en una misma retícula política-cultural abstrayéndose de las necesidades del sujeto.

La forma (pulida desde los criterios de la originalidad) es la excusa que argumenta una necesidad improbable. En ese transcurso, el diseño neoliberal representado por la silla difuncional emerge bajo un codigo nuevo: el objeto pierde su referente inmediato, en el contexto de un sistema financiero por el cual el dinero ya no exige correspondencia física alguna.

Olivier Gregoire, Tapisofa, 2006 [?] Satoshi Itasaka, Ivy chair, 2009 [?] Eerang Park, Bloom chair, 2010 [?] Marc Newson, Wood chair, 1988 Brent Cordner and Dave Kral, In The Round Fernando and Humberto Campana, Anemone chair, 2001

 
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