lunes, 9 de abril de 2012

pedro paricio o la voluntad del aparecido. entrevista (III)


Flowers for a Martyr, 2011

Esta entrevista al pintor Pedro Paricio ha permanecido en el cajón demasiado tiempo. La culpa no ha sido más que mía. En principio su lugar iba a ser otro, pero la espera se estaba haciendo demasiado larga. Si me he resistido a publicarla en Así se fundó Carnaby Street ha sido porque su extensión lo hacía casi impracticable. Hoy lo veo de otra manera. He dividido la entrevista en tres partes. Desde luego, merece la pena seguirle la pista. Pedro Paricio no sólo es un gran artista, un pintor con una voluntad creativa incuestionable. En su mundo cabe la reflexión, la idea en estado puro, las preguntas. Así.

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ENTREVISTA. TERCERA PARTE

¿Quién decide qué es y no es cultura? ¿Cuáles son los criterios para catalogarla de alta o baja cultura? ¿No es esa escisión un debate puramente político aplicado al encumbramiento de unas élites en detrimento de otras prácticas artisticas y culturales? Estas cuestiones no son nuevas, desde luego. En los años 50, en Estados Unidos, proliferó esa conciencia que escindía la alta cultura de otra que empezaba a emerger, una cultura de masas. Umberto Eco, en Europa, desarrolló el debate defendiendo la tesis de que los productos culturales en nuestra sociedad de consumo podrían tener un valor significativo.

No conozco todo el desarrollo de Umberto Eco pero sí se puede afirmar que los productos culturales de una sociedad de consumo tienen valor, básicamente porque son el reflejo de una masa social que normalmente es la mayoría. Ahí tenemos a Makinavaja: un comic, que se convirtió en serie y terminó siendo película. Makinavaja tiene un inmenso valor como hecho cultural y como reflejo metafórico e ironico de un grupo social, de una estética y de un sentimiento histórico. O sin remitirnos a ejemplos tan locales, las películas de Terminator, te pueden gustar o no, pero finalmente la primera de la saga se ha convertido en un producto de culto porque logró plasmar, más allá de la calidad del guión o de las actuaciones, un sentimiento ochentero y una estética.

A su vez y sin entrar en contradicción con lo anterior, creo que se debe diferenciar entre producto cultural de consumo que puede simultaneamente alcanzar un valor cultural y el territorio de las prácticas puramente artísticas que están dirigidas al individuo y no a la masa. El arte no pertenece a la colectividad, sino al individuo. Especialmente a un cierto tipo de individuo con cierta preparación, o por lo menos abierto a una percepción diferente de la que su formación social le ha otorgado por defecto. El arte está totalmente excluido en la educación convencional.

¿Quién decide qué es alta y baja cultura? ¿Quién decide sobre la calidad de una obra concreta? Te contestaría con otra pregunta: ¿Quien decide que el cambio climático es realmente un problema? Compartirás que serán los científicos que dedican su vida a estudiar dicho problema, no el tendero de la esquina ni el director del banco de tu calle ni una mayoría pública en votación. Evidentemente una mayoría en votación puede decidir si actuar o no respecto del problema, pero lo que no pueden es juzgar la veracidad de unos hechos que sólo son comprendidos por personas versadas en dicho conocimiento: los científicos que dedican su tiempo a estudiar el clima. El arte, como cualquier territorio de saber: historia, ciencia, lenguaje, tiene unos matices propios que sólo pueden ser evaluados en profundidad -por personas que se dedican a estudiarlo.


Study for a portrait of bad luck, 2009

Quizá es que hoy en día el concepto de alta cultura está mal visto.

En el arte, en especial en el tema de las artes plásticas, siempre se practica una confusión que tiene que ver con una de sus no cualidades: su no funcionalidad pragmática. Si una obra va dirigida, o se afirma que va dirigida a una élite cultural, esta obra aparece enfrentada a todos los problemas sociales, retrógrada, clasista, y acumula un sin fin más de apelativos negativos. Adjetivos que no se aplican por ejemplo a una película cuando también está dirigida a una élite cultural -aunque la élite cultural del cine es mas amplia por el simple hecho que empezamos a ver cine, bueno o malo, con tres años, y muchos no ven una exposición de pintura hasta los 20 si con suerte van. Las prácticas artísticas deben desvincular totalmente su valor de las prácticas sociales, en cuanto prácticas.

Entonces ¿crees que hay que resituar el modelo por el cual se establecen definiciones culturales mediatizas a practicas artísticas concretas?

Según la teoría de la democratización cultural -y continúo utilizando el cine como ejemplo- en la que el creador tiene como objetivo alcanzar a cuantas mas personas mejor, mas allá de su preparación, las mejores películas serían aquellas que reciban mas espectadores. En esta hipótesis todo el cine de autor -como las películas de Víctor Erice- deberían desaparecer de las filmotecas para dejar espacio a los supertaquillazos americanos que tienen mas espectadores en una semana que muchas películas de calidad -y apuntadas así por personas que estudian o conocen de cine- a lo largo de 20 años. Por lo tanto las personas que deben decidir sobre arte, y sobre lo que es baja y alta cultura, son las personas que estudian dichos ámbitos. Centrándome en la cuestión, a mí no me escandaliza decir que la pintura, así como la mayoría de las artes plásticas, está dirigida a una minoría y a una élite cultural, ya que como práctica pertenece a una tradición compleja que sólo puede ser apreciada ampliamente por personas que se hayan interesado por dicha tradición. Una élite cultural que expande y transforma a su vez sus experiencias en otro tipo de conocimiento.


Estudio para un autorretrato con banco, 2009

Llegados a este punto, me interesa tu punto de vista sobre la posmodernidad, un concepto algo confuso y que ha servido tanto para ensalzar corrientes artísticas como para establecer un eje crítico respecto a lo que debía ser el arte desde mediados del siglo XX.

La posmodernidad es un término correcto pero que ha terminado siendo una excusa para casi todo. Es el tipo de palabra que puede aplicarse a cualquier cosa para justificarla. El mejor desarrollo global sobre la posmodernidad lo ofrece Jean-François Lyotard en La condición Postmoderna, y más enfocado al arte en el último capítulo de Las transformaciones de lo moderno de Jauss. En las artes plásticas es un periodo que comienza mas o menos en los 80 después del denominado fin del arte, porque si recordamos no sólo se quiso matar a la pintura, sino al arte en general. El conceptual llevó el arte al límite, donde sólo quedaba lenguaje, mató todo un lado de sus características: objeto, sensualidad, materia, técnica. La posmodernidad es una rebelión contra esta condena. Una pirueta en la que el arte vuelve de entre los muertos y dice: bien, ahora que ya hemos demostrado todo lo que podemos hacer, que experimentalmente hemos ido al límite y que en todas nuestras versiones, incluso la inmaterial, se nos ha aceptado como arte, es el momento de hacer lo que nos de la gana. Si todo ha podido ser arte en diferentes periodos ahora lo va a ser simultánemamente. No hay una legitimación única y el arte se ha ganado el derecho de poder aglomerar en un mismo espacio temporal toda la tradición que ha heredado.

La posmodernidad sería el momento histórico en el que todo arte vale, y ese es el detalle más importante: todo arte y no todo a secas. Hoy es tan legítimo el land art, como el conceptual, como el minimalismo, como una mezcla de todos ellos, siempre que el artista sepa actualizarlos y logre encontrar el interruptor del que habla Christoph Menke, un pulsador que produce un pequeño cortocircuito en el reconocimiento automático del espectador.

Por otro lado. Quizá el pintor, en el sentido tradicional del término, se haya convertido en el último mohicano dentro del ámbito del arte.

Posiblemente sí. El pintor, el escultor y el dibujante, es decir, todos aquellos que practican las artes plásticas tradicionales, las que van ligadas al contacto directo del hombre con el medio, resisten como pueden el envite de los millones de megapíxeles que bombardean nuestra vida. Hoy un porcentaje altísimo de los niños sabe leer pero no tienen apenas capacidad de compresión lectora. En cambio, el 100% saben manejar perfectamente un móvil de última generación y un ordenador como herramientas de ocio.


The Big Painter, 2011

Tu obra, sin embargo, demuestra que la pintura tiene cosas nuevas que ofrecer. Juan Manuel Bonet, por ejemplo, un critico respetado en todos los ámbitos, ha escrito sobre ti en términos tan positivos que te sitúa entre lo mejor del arte emergente de los últimos años. ¿Cómo valoras la crítica, y cuál crees que es su función última?

Juan Manuel Bonet es una de esas personas que dedica su vida y su trabajo, entre otras cosas porque también es un magnífico poeta y escritor, a defender a los que tú tan bien has definido como los últimos mohicanos. Si no fuese por personas como él, la pintura hubiese desaparecido en este país, empujados por los tecnócratas y los “modernos” que aún no se han enterado de la validez contemporánea de la pintura. Tanto mirar al norte de Europa como modelo de progreso y no son capaces de ver que allí la pintura se expone junto al video y la instalación.

Bonet conoció mi obra gracias a mi buen amigo el galerista Basilio Muro. Un día que Bonet estaba en la galería vio un dibujo que Basilio Muro tenía encima de su mesa y le llamó la atención, le preguntó por él y a raíz de eso surgió un interés por mi trabajo. Si te soy honesto, hasta el texto de Bonet, nunca nadie había analizado mi obra de esa manera, con tanta profundidad. Tanto es así, que cuando leí por primera vez el catálogo no pude evitar emocionarme, se me hizo un nudo en la garganta, y no exagero. Es como si un cirujano hubiese abierto uno de mis cuadros con un bisturí muy afilado y con sumo cuidado hubiese mirando todo lo que hay dentro funcionando. Al fin y al cabo, sobre todo, un texto de este tipo lo que hace es recompensar emocionalmente el esfuerzo y el trabajo dedicado a una obra, ya que si alguien que conoce profunda y extensamente la tradición dentro de la que trabajas valora lo que haces quiere decir que algo estás haciendo bien.

¿Podrías hacernos un pronóstico? ¿Hacia dónde va la pintura del siglo XXI? ¿Hacia dónde se dirige tu obra próxima?

No. Ninguno. Cada mañana me lo cuestiono todo de nuevo. Solo sé que la pintura no es un caballo de carreras compitiendo en un hipódromo circular. Solo soy un pintor asomado al precipicio. Cada cuadro es una aventura y hay un espectador para cada cuadro. ¿Si la pintura está muerta que le importa lo que haga con su cadáver? Los que tienen fe, por favor, continúen creyendo.


Pedro Paricio o la voluntad del aparecido. entrevista I
Pedro Paricio o la voluntad del aparecido. entrevista II

 
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