martes, 3 de abril de 2012

supergomez contra el palimpsesto


Ilustraciones. José Luis Micó "Lou", a la edad de 13 años, 1983-1984

Durante la infancia el dibujo solo puede ser visto como acontecimiento. La necesidad, casi siempre inevitable, de llevarlo a cabo forma parte de una interpelación: la imaginación traza el mundo que nos circunda. Sin embargo, hay un momento en que esa guía (en la mayoría de los casos) deja de ser cierta. Algo ha ocurrido. El niño (que ha de pasar a otra etapa) abandonará los lápices de colores para dejar que sea el propio mundo el que trace los signos de su memoria. El recorrido es más complejo y misterioso porque los matices han de observarse en un campo vital que el adulto ya ha olvidado. La secuencia exige una hipótesis aclaratoria. Si en otra entrada ya se habló del garabato en edades aun más tempranas, a partir de cierta edad el dibujo cumple otra función, no tan instintiva como aquella: podemos copiar el mundo, aunque no se dé un modo conciso de justificación. No hay manera. La paradoja persiste cuando, a pesar de cualquier intento de acercarnos con exactitud al modelo original, la copia se deposita en la conciencia, en el ojo, como una vivencia verdadera, única, irremplazable. La copia alcanza la magnitud de original. Un pájaro puede volar bajo el agua porque el pájaro alcanza su auténtica dimensión a través del mundo interior del niño.

De la misma forma, hay otro momento en que esa fase ha de ser rebasada para explicar que la invención recoloca los términos. El mundo se convierte en posibilidad, y es aquí donde hemos de enmarcar los dibujos que a los 13 años, entre 1983 y 1984, había empezado a hacer José Luis Micó "Lou", un mundo que, independientemente del referente, busca escapar del modelo y reinterpretar al héroe bajo otros colores, otros disfraces.


Ilustraciones. José Luis Micó "Lou", a la edad de 13 años, 1983-1984

El papel en blanco exige referencias, connotaciones, signos propios de la vivencia, flujos repetidos entre la ocasión y el deseo, pero la verdad (un elemento que sólo ofrece significados en el campo de la subjetividad) ha de mostrarse como un hecho intransferible que parte de una necesidad expresiva. En ese instante, la invención fija nuevos reglamentos. Los superhéroes retratados pertenecen a ese momento. No exigen más interpretación que la que puede contemplarse en su superficie, en el traje, en sus gestos. Habría que añadir: las propias figuras reclaman que su profundidad sea expuesta sin filtros.

No hay tampoco necesidad de ser literal. En el caso de que exista un modelo anterior (un original) la relevancia del dibujo no ha de localizarse en el parecido, sino en la manera en la copia ha de convertirse en el original desde la vivencia expresiva del niño. Si partimos de referentes más o menos lejanos (formas de influencia) la recreación es aún mayor en la medida en que lo original se convierte en invención. En ambos casos la ficción resiste, materia que intercede no como bálsamo terapéutico sino como el modo en que el niño maneja su conocimiento del mundo. Supergomez es un héroe por la evidencia de su traje, pero también por su rebelión ímplicita contra la realidad más austera.


Ilustraciones. José Luis Micó "Lou", a la edad de 13 años, 1983-1984

 
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