jueves, 24 de mayo de 2012

jim jocoy, antropologia y punk




En más de una ocasión he comentado lo que el Street Style que prolifera en la era digital debe a unos cuantos pioneros de la fotografía, (por no irme a los propios orígenes de la fotografía) aquellos que empezaron a registrar los estilos subculturales surgidos a mediados de los 70. Las revistas I-D y The Face como insignias editoriales aparecidas ante el collage vestimentario de la New Wave anglosajona, canonizadas más tarde a partir de todas aquellas publicaciones que a lo largo de más de tres décadas se han propuesto imitarlas. Pero también individualidades como Miguel Trillo, Derek Ridgers o Jim Jocoy, fotógrafos que han perpretado no sólo una voluntad documental y estética fuera de lo común, sino también los signos de una visión antropológica que con el tiempo ha ido adquiriendo su máximo relieve como archivo de la vivencia de una juventud que empezaba a mostrar otro ímpetu en su interpretación de los códigos culturales.

En los tres (Trillo, Ridgers, Jocoy) puede apreciarse elementos comunes que tienen que ver, sobre todo, con el protagonismo que conceden al sujeto retratado y una puesta en escena sin artificios, dando prioridad a la instantánea, al recuadro que engloba el instante, a la parcela que obliga al ojo a fijar el interés en las disonancias estéticas, pero también en la reafirmación de los estereotipos objetivados de cada subcultura. Por eso el recurso a la perspectiva frontal prevalece sobre cualquier otro ángulo. Las diferencias revierten en la forma en que cada uno de ellos llega a imprimir la verdad de esas figuras, la relación de signos que provoca en un mismo cuerpo una amalgama discordante respecto a las instituciones al uso.

A todos ellos podemos situarlos a finales de los 70, en lugares distintos ante la búsqueda de aquello que pudiera parecer similar pero que el contexto particular, local, ha de matizar para covertirlo despues, al colocarlo en el conjunto, en el espíritu de una época vista desde los márgenes. Trillo en Madrid, cuando la emergencia de las subculturas juveniles empiezan a ser un hecho intimamente relacionado con la capitalización de las libertades por parte del ciudadano medio y las nuevas generaciones juveniles reclaman para sí otra escena respecto a aquella otra generación, inmediatamente anterior, que había vivido la politización como recurso hacia el progresismo y había ido cayendo en el descontento y la desmoralización en los primeros años de la Transición (1975-1978). Ridgers en Londres, en aquellos reductos de la nocturnidad que habían ido construyendo una cultura de club tomando como eje de identificación la teatralización del mundo a partir de la moda. Jim Coy en Los Angeles, al amparo de la evolución del punk y toda su cultura vernácula, diferenciada de otros centros culturales como Nueva York y Londres (hecho que, por otra parte, queda patente en el magnifico libro de Marc Spitz y Brenan Mullen, Tenemos la bomba de neutrones). Las imágenes de Jocoy refuerzan la idea de instantánea, quizá porque el uso de la polaroid relega a la trastienda cualquier atisbo de planificación, medida o cuerda, de tal forma que las diferencias se recrudecen en su caso con tal fruición que sólo deberiamos fijarnos en la claustrofobia que impone su descripción del ambiente para constatar que los protagonistas de sus fotografías no iban a tener una salida fácil. La saturación del color, la condensación química del color propia de la polaroid, atiende a más de un engaño. No se trata de colorismo, sino de la realidad expresada de un modo maximalista, como si la fiesta fuera a terminar en ese instante y el último acorde fuera a sustituir el sonido de una bomba nuclear.

 
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