martes, 5 de febrero de 2013

El desencanto (ideológico) hacia la posmodernidad (II)



Breve extracto de La Luna de Madrid: la expresión periodística de la movida madrileña y la formación iconográfica del cambio cultural a principios de los años 80.

Es el descreimiento llevado a la conjetura, una variante de la posmodernidad que sustituirá realidad por simulacro, escenarios sociales por simulación o la verdad por la fragmentación multiplicada de discursos. Jorge Lozano lo asocia a otro postulado según el cual la realidad no es un dato previo, independiente de una interpretación intencionada: la realidad se construye. Esa cuestión será ampliada por Lozano en el número 13 de la revista para especificar que se trata de una construcción que termina creando simulacros, una estética de la repetición y una estética de la desaparición (de la unicidad y de lo original). Esa máxima, que vendría de la filosofía social de Jean Baudrillard y había sido divulgada en España con un reconocimiento más que aceptable por parte de algunos intelectuales de nuevo cuño, fue la pauta conceptual del posmodernismo en un momento en que las vanguardias históricas ya habían sido postergadas y la fenómenología mediática había empezado a entrar en juego no sólo como disfrute masificado sino también como generador de realidad. La fuga de la realidad, en la polémica sobre la posmodernidad planteada por La Luna de Madrid, se consuma en la simulación como realidad.

Lozano y otros intelectuales actúan bajo el mismo influjo que exponen, la posmodernidad, pues su pensamiento (su discurso) no deja de ser una reproducción, una copia literal, del pensamiento posmodernista francés. Las reiteraciones de ese discurso a lo largo de toda la década de los 80 y parte de la siguiente llega a imprimir la sensación de que la cultura ya sólo puede verse como ficción. Guillermo Tonsky, colaborador habitual de la revista, lo vincula a la expresión de una disidencia, para a continuación añadir que “tal vez la gran diferencia de esta filosofía pret-a-porter respecto a sus primas de corte clásico sea que, después de cuatro o cinco milenios de bla-bla-bla, ya no podemos creer nada”.

Posiblemente, esa fuga de la realidad es lo que llevaría a la redacción de la revista a confeccionar un número del todo inaudito en la prensa española, y casi habría que decir en la prensa internacional: el número 8 (junio 1984) se publicó como un falso ejemplar, hipotéticamente editado en 1987 como el número 44, donde muchas de sus páginas (noticias y contenidos) son inventadas. El título general que se había elegido para poner en portada, Al pillaje sin escrúpulos, bien pudiera responder a las consecuencias de una huida de la realidad ya definitiva. Un número que ejemplifica la teoría del simulacro y la simulación. La referencialidad a la realidad queda en él abolida, donde la única posibilidad es la copia de algo que no ha sucedido. Es la irrefutable paradoja de “Volver a donde nunca hemos estado”, o al menos así titula Jorge Marcel (¿pseudónimo, nombre igual de falso que el resto de los textos?) un artículo en el que se hace notar que “la vieja y blanda fórmula de la evasión (escape hacia lo irreal por medio del embotamiento, el autoengaño o el ensueño) ha sido arrinconada en beneficio de una nueva autenticidad. Un nuevo compromiso que ya no tiene como motor lo social con su desgastado paternalismo, sino lo individual, lo propio, lo que es así porque lo creo yo”. Ese radicalismo que les hace diseñar un número falso, en plena polémica de la posmodernidad, muestra toda su ironía cuando la revista notifica la hipotética evolución de los grupos musicales de la movida madrileña, situados en un 1987 igual de falso.

 
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