viernes, 9 de agosto de 2013

El collage como herramienta para el ejercicio del pensamiento lateral *tomando como ejemplo la obra de Micosch Holland



El término herramienta quizá no sea el más conveniente, pues lo que quisiera explicarse es que el mecanismo por el cual el collage combina sus piezas tiene que ver con cierto sentido aleatorio del mundo capaz de crear un nuevo orden visual. Desde esa óptica, el collage (y el fotomontaje) ejecuta una forma de pensamiento creativo cuya expresión casi siempre se vale de la intersección, yuxtaposición o reformulación de universos narrativos y estéticos diferentes, contrapuestos, dispuestos a mencionar posibilidades todavía no contempladas, abiertos a la necesidad expresiva que ha de desembocar en la discordancia.

Interesa en el collage la manera en que se le atribuye a cada elemento un valor distinto al habitual, pero la forma en que una habitación pudiera ejercer la función de soporte plástico permite asimismo modificar la lógica racionalista y desplazar las ideas hacia una ubicación aparentemente imposible. El collage se vale de sí mismo, y en su propia mecánica ya está implícita la estimación de una nueva lógica. Por eso la idea de herramienta sólo tendría objeto en una aplicación que ha de valorar el collage como una variante familiarizada con el pensamiento lateral. Por decirlo de otra manera, el collage altera los modelos que permanecen fijos en la mente, principio que es correlativo a la transformación de conceptos. La obra de Micosch Holland revela ese proceso transformativo y, por tanto, su capacidad para nutrir el pensamiento creativo fuera de los márgenes del pensamiento vertical, basado en un eje secuencial, lógico.




El collage genera una fuerza polisémica. Los muebles de una habitación pueden aludir a un discurso interpretativo abierto, polivalente, pero esa sensación de extrañeza producida por la simple dificultad de localizar un significado más rígido, inequívoco, es precisamente lo que nos permite actualizar los objetos bajo un prisma extremo. El acto de decorar la cocina, el salón familiar, el pasillo, ofrece infinitas maniobras interpretativas: la vinculación que provocan los objetos (colores, formas, texturas) ante diferentes maneras de ordenarlos puede adquirir tonos dramáticos o festivos, un procedimiento que al repetirse nos hace caer en la cuenta de que la decoración es también un arte de la significación.

Seguimos inmersos en el interior poblado del collage y esa lateralidad que nos permite dotar de otra función a los muebles o insertar trozos del mundo tan dispares que lo que provoca, sin apenas advertirlo, es un proceso probabilístico. El collage, como el pensamiento lateral, no descarta ninguna alternativa, ningún objeto, pues de lo que se trata es de hacer emerger conceptos nuevos. Sin embargo, ese proceso creativo ha de estimar un objetivo claro: cada pieza debe encajar en el conjunto, por muy diverso que sea su origen o procedencia. No importa la parte, el trayecto por el cual se llega a un resultado. La única premisa válida es que al final todo ha de haber cambiado.


 
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