martes, 9 de julio de 2013

«La luna de Madrid»: figuras limitrofes y reposicion del pasado



La condición de novedad y esclarecimiento de la actualidad que presenta La Luna de Madrid como sutura periodística y simbólica no está reñida con la acotación de un espacio, aunque mínimo, en el que el pasado reciente reaparece no como guía moral del presente, sino como una reformulación de los fracasos sociales e ideológicos vistos desde la perspectiva del relevo generacional, de una nueva generación que encuentra un vaso comunicante con generaciones anteriores a través de algunos personajes limítrofes. La expresión de figura (o personaje) limítrofe no se refiere tanto a una determinada posición periférica ocupada respecto al sistema social o los centros culturales e intelectuales como a la discrepancia o el extrañamiento de tales figuras ante la realidad, a sus pesquisas, despistes y actitudes para llegar al presente, que la revista utilizaría como una fuente de reconocimientos subterráneos, ya sea para negarlos o matizarlos. El caso de Leopoldo María Panero sería el más radical, un reconocimiento al que, si sumamos el ineludible paralelismo entre su figura poético-ideológica y el desencanto de toda una sociedad, parece convertirse en una alegoría del fracaso políticosocial.

La reposición del pasado, en su valoración ideológica del tránsito de la dictadura a la democracia, se muestra tarea imposible, al menos desde la perspectiva de una revista que ha decidido confrontar su materia prima de mayor impacto (intelectual, iconográfica, periodística e, incluso en algunas ocasiones, panfletaria) tan sólo con el presente, la actualidad, con la imagen de una ciudad (Madrid) que quiere situarse en el centro del mundo. Ese pasado es ya un pasado fracasado. Y así parecer advertirlo Enrique Helguera en su sección Galería de Náufragos al encabezar con las siguientes palabras una entrevista a Pablo Castellano, publicada en febrero de 1984:

Según todos los indicios hay cosas que ya no se llevan. Y precisamente lo extendido del desprestigio del compromiso político hace sospechar a los que tenemos verdadero pavor a las masas, que hay un fondo de verdad, un fondo de nobleza, en reemprender cada día la tarea de intentar unir al sueño individual un improbable y lejano sueño colectivo. Un sueño que no es del bostezo de los discursos oficiales, ni del amodorramiento ante la realidad plural y sugestiva, ni tampoco el sueño de un busto de mármol en una galería de ilustres. Es ese otro sueño, sueño de vida, pura arquitectura humana de espacios y de puentes donde encontrarnos, prolongarnos, enlazarnos. Para este tipo de sueños hay que estar bien despierto.

Siguiendo el argumento de la entrevista a Pablo Castellano, perteneciente a una generación que había vivido el compromiso político como una vivencia de la cotidianidad, no nos interesan tanto las respuestas como las preguntas (aquí intentamos dilucidar el discurso de la revista en relación a esa disociación entre el pasado y el presente producida por el desencanto), de modo que éstas se van enlazando no para negar el hecho político, sus compromisos, pero sí, al menos, para poner en duda sus resultados. A veces la pregunta es una afirmación: “Resulta curioso el proceso de esclerotización de los partidos socialistas una vez que entran en el juego de la democracia parlamentaria, por la aparición de esos profesionales para los que la política es un medio de vida...” o “Hay mucho desaliento, mucho desencanto también en el propio cuerpo social, anarquismo solitario en vez de solidario”. Otras, en cambio, suministran un escepticismo controlado: “¿Te sigue produciendo satisfacción la lucha política?” o “¿Pablo Castellano existe fuera de la política?”.

A otros niveles de ese naufragio coloca Enrique Helguera a Francisco Umbral, Ernesto Giménez Caballero, Agustín García Calvo, Eduardo Prada Manso o Alfonso Sastre, entre otros tantos invitados a la galería, y nos lo hace saber al comienzo de la entrevista dedicada a Umbral: “Al parecer hay otros naufragios más acuciantes, menos visibles y más difusamente conectados con lo político/social”. El naufragio que Helguera atribuye a Francisco Umbral, por ejemplo, contrapone la imagen pública del escritor como testigo privilegiado de la realidad (que es la imagen que da de sí mismo en los textos, su yo literario) y la sensación, entresacada de las preguntas que Helguera formula, de que esa realidad es observada por el escritor desde la distancia, sin poseer una vivencia de ella, un estímulo directo. Quizás un naufragio también atribuible, desde la perspectiva de la revista, a toda una generación de intelectuales que en ese instante todavía se debatía entre los esquemas ideológicos (opuestos al franquismo) del pasado y la imposibilidad de resituarse en el presente inmediato de la (pos)modernidad, esa amalgama de sentimientos sociales que durante la transición también habían contribuido a completar el estigma del desencanto. Helguera no tarda en plantear esa controversia: “¿No son tus relaciones con lo moderno más superficiales que reales; una actitud veleidosa e insustancial?”, a lo que Umbral responde que “lo moderno es, precisamente, estar abierto a todo lo que viene, vivirlo y superarlo”. Pero su contestación se extenderá cuando Helguera le exponga la siguiente pregunta:

Procuro estar en lo último porque me gusta, me atrae, me importa, y porque he descubierto que hay un comercio carnal entre la juventud y yo que funciona muy bien... Al menos la gente de Barcelona no me considera un náufrago.

La entrevista sigue la pista a las relaciones entre juventud y modernidad al abordarse el tema de la pluralidad de vanguardias y la explosión multidireccional de la actualidad en el mundo juvenil. Umbral, sin embargo, califica esa fenomenología de confusa, para después hacer notar la facilidad con que los movimientos contraculturales son absorbidos por el capitalismo y transformados en sus propios productos de consumo, convirtiendo la transgresión en norma, perdiendo así su efecto de provocación. Juventud y modernidad son conjugados en el contexto de la movida madrileña como una relación que debía partir de un modelo intelectual distinto al del intelectual crítico situado en el espectro político de la Transición Democrática y del periodo predemocrático. A esa relación Umbral prefiere llamarla modernosidad, como otros la habían llamado, en tono aún más despectivo, modernez, es decir, cierto manierismo y esteticismo de la conducta, de una actitud social más focalizada en el continente que en los contenidos, algo que Helguera, en otro orden de cosas, parece aplicar al Umbral escritor a propósito de otra pregunta sobre el distanciamiento: “Parece como si tuvieras que practicar caligrafía sobre la realidad para vivirla”.

En el número anterior de la revista, el nº 2, había sido invitado a esa galería de náufragos otro esteticista, Ernesto Giménez Caballero, enfundado en una trayectoria vital e intelectual paradójica. Perteneciente a la generación que hizo posible las vanguardias y su dudosa transmisión a través del fascismo, su paso de las vanguardias a la catolicidad y sus variados giros hacia uno y otro lado muestran al entrevistador, Enrique Helguera, la desproporción ideológica en que ha vivido el náufrago. El sentido del naufragio que Helguera termina declarando en sus diversas galerías quizá no sea más que la expresión de un distanciamiento de la clase intelectual o, bien, su incapacidad para inmiscuirse en el proceso de la nueva intelectualidad atraída por el fenómeno de la posmodernidad y los movimientos juveniles alojados en el contexto de la movida.

 
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