miércoles, 11 de diciembre de 2013

Un happening mínimo {o cómo Diógenes llegó a convertirse en un antecedente temprano del accionismo de vanguardia}

Esta versión no es más que el volcado (al blog) de un artículo que escribí para la revista Bostezo, con algunos cambios y borrados en algunos párrafos. Incluyo las dos collages de Gloria Vilches creados originalmente para el artículo.



No hay manera de demostrarlo, pero creo que el primer happening de la historia de occidente tuvo a Diógenes como director de escena mientras un centenar de espectadores *esta es una cifra imaginaria* se agolpaba en el ágora ateniense con la intención fijarse en sus partes pudendas. El happening, que relataba la mímica de una meada al viento, tenía todo el sentido de un desplante al racionalismo griego, una perturbación metafórica que arremete contra la idealización de la Polis. Peter Sloterdijk, de quien recojo la idea de situar la risa como manifiesto antisistema, cuenta que Diógenes padecía la enfermedad de un insatisfecho, el malestar cultural que, siglos después, tendría a Nietzsche y Freud como figuras de un desahucio. Sin embargo, el happening reniega del logos. ¿No pensaba Diógenes que Sócrates y Platón camuflaban su afasia en la prepotencia de una dialéctica idealista, políticamente aristocrática? Partiendo de la distancia que separa el mercado público de un espacio concebido para el deleite de los interlocutores platónicos, habría que estimar las desverguenzas del cinismo de Diógenes como una (pura) teatralización de las posturas filosóficas. Diógenes no es un filósofo. En todo caso, habría que interpretar su crítica a la sociedad ateniense como si hubiera asumido el método del Actors Studio.

Si Diógenes puede ser considerado como un actor, lo es con todas sus consecuencias más allá de lo que su papel exige. Si usted es, o ha sido, un transeúnte perdido en ciudad extraña, entonces, también ha de considerársele intérprete de su propio miedo al extravío. Julio Cortázar señalaba al respecto que un verdadero happening puede acontecer sin que uno se entere realmente, pero su definición parece más demoledora de lo que intentaba describir al narrar el happening de Benjamin Patterson, consistente en cruzar infinitas veces una calle con semáforo en verde. Dicho por Cortázar en algún lugar que no recuerdo: “Un happening es por lo menos un agujero en el presente; bastaría mirar por esos huecos para entrever algo menos insoportable que todo lo que cotidianamente soportamos”.

El happening de Diógenes transgrede todos lo valores de su época al pertenecer a una casta que prefiere cagar y comer pasteles a escribir una sola línea filosófica. Sin embargo, la importancia de su figura se ha visto desplazada hacia la bufonería por el hecho de que su pensamiento se ha transmitido en anécdotas, algunas dudosas. La aportación definitiva a la vida de los cínicos del siglo IV y III antes de nuestra Era la encontramos en el Libro VI de Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres, de Diógenes Laercio, erudito que vivió cinco siglos más tarde. La lectura de Laercio despeja algunas incógnitas de envergadura. La primera es que Diógenes representa el pensamiento de la crisis y de la precariedad, tal como la escena finisecular del siglo XIX puede localizarse en el pensamiento de Nietzsche. Más allá de los límites del silencio, la impostura permite reconstruir, si acaso en falso, la expresión de Diógenes y su secta mediante un happening mínimo (pero) que provoca una quiebra en la conciencia ya patente en la primera parte del helenismo. La tragicomedia civilizatoria, la Guerra del Peloponeso y la desintegración de la Polis son paralelos al desarrollo del cinismo histórico. Sin embargo, a diferencia de Platón, Diógenes es un filósofo sin programa político, sin sistema, siempre a expensas del último gesto. Tal como puede leerse a través del anecdotario de Laercio, el método de Diógenes pasa a veces por la argumentación de un desplante vivencial, mientras que en otras ocasiones refuta una definición mediante la acción, la teoría puesta al pie de la calle, el happening.

Un paralelismo subterráneo une el happening de Diógenes con el teatro vanguardista de finales del siglo XIX y principios del XX. Según sus discípulos, Diógenes murió reteniendo el aliento, acto igual de osado que el que perpetró Alfred Jarry en 1907, a la edad de 34 años, al emborracharse deliberadamente hasta causarse la muerte. Jarry fue quien formalizó las parafernalias del happening a través de la obra estrenada en 1896, Ubu Rey. El fin de su rebeldía, interpretada como fuente de crítica cultural, no estaba únicamente en sus dramas sino también en su conducta personal y en la puesta en marcha de lo que él mismo denominaría Patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias. El carácter libertario de Diógenes adquiere en Jarry el sentido de una filosofía trastocada por radical, pero lo que Jarry había entrevisto como potencia liberadora del drama Antonin Artaud lo recoge y objetiva en su Teatro de la Crueldad, manifiestos publicados en 1938 en su libro El teatro y su doble, cuyo programa podría sintetizarse en estas palabras: “En vez de insistir en textos que se consideran definitivos y sagrados importa ante todo romper la sujeción del teatro al texto, y recobrar la noción de una especie de lenguaje único a medio camino entre el gesto y el pensamiento”. ¿No es esto lo que Diógenes había realizado al llevar su filosofía al terreno de la impostura gestual, de un happening mínimo? El accionismo existencial de Diógenes llega al siglo XX, y es transmitido a través del teatro de vanguardia para evolucionar bajo el soporte del arte contemporáneo de acción, a partir de los años 50. Si la definición de Cortázar ponía el acento en la angustia de la cotidianidad, las formulaciones artísticas del happening responden a la intención de transformar esa realidad a través del intervencionismo por la acción.

Seguir leyendo En 1950, Jackson Pollock elevó a categoría estética su propia acción de pintar. Pero es en 1959, en la galería Reuben de Nueva York, cuando se efectúa el primer happening reconocido con carácter artístico. 18 Happenings in 6 parts, de Allan Kaprow, combina diferentes dominios del arte: construcciones, música concreta, monólogos, proyecciones, danza, en relación directa con la acción pictórica de Pollock, quien pondría al mismo nivel la acción de pintar y el producto acabado. La acción en sí, independientemente de su temática, supone un revulsivo cultural contra las instituciones del arte al intentar romper la cadena de mercantilización de la obra de arte. La distancia entre arte, vida y acción participativa se estrecha hasta delimitar el sentido del happening en el arte contemporáneo.

Tal vez sea el happening la única forma artística capaz de producir un choque intelectual al mismo tiempo que una alteración de la percepción y la sensibilidad. Podemos apreciarlo en otro corte histórico: El teatro de misterios orgíacos (1970, 1973), de Hermann Nitsch, alcanza un carácter ritual, incluso sagrado, mediante las reacciones y pulsiones de un público permeable al placer en un sacrificio animal de connotaciones religiosas y sexuales. El shock es, en este caso, la materia sobre la que el accionismo interviene manipulando los estados anímicos del espectador. Otro ejemplo, en una línea similar a Nitsch, sería Joseph Beuys, artista en el que se resume la vertiente ritual del happening y la impostura política. Aunque en muchos casos la acción ritualizada alude a un sistema referencial hermético, sus consecuencias sobre el espectador se producen igualmente. Para darse cuenta de esa tradición no hay más que regresar al film más emblemático de Luis Buñuel, Un perro andaluz (1929), elaborado a partir de la reconstrucción de dos sueños, uno de Buñuel, en el que una nube cortaba la luna y una cuchilla de afeitar rasgaba un ojo, otro de Dalí, en el que se veía una mano repleta de hormigas, supone un antecedente no declarado del happening moderno en la medida en que en ambos casos se trata de actuar sobre los dispositivos irracionales asumidos en el campo de la percepción. El happening revaloriza las relaciones entre arte, vida y conciencia a partir de la asimilación transformativa del cuerpo y lo social.

Diógenes ha pervivido en esos artistas y en otros tantos, especialmente cuando éstos convierten lo irrisorio en modelo de pensamiento contra las instituciones al uso. El pensamiento occidental se ha regido por la seriedad. El bagaje histriónico que hubiera de haber en toda idea, ya sea filosófica, social, política o artística, hoy, y en la tradición del pensamiento oficial, nos parece un componente de saldo a eliminar. Diógenes es el primero de un puñado de pensadores que a lo largo de la historia ha puesto patas arriba las tiranías conceptuales del sistema social. Una crítica demoledora subyace cuando, mientras Sócrates hablaba a sus discípulos de las divinidades del alma, Diógenes se hurgaba en la nariz los cimientos del cosmos.

 
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