sábado, 21 de diciembre de 2013

Miguel Hernandez, el verso en la trinchera (1936-1939)



{Rescatando} un ensayo que escribí hace ya algún tiempo en un espacio bien distinto a las diatribas culturales ofrecidas en este blog. Más bien surge en el entorno académico del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED, Madrid, lo cual sucumbe ante otros tonos y otras letras, notas a pie de página y aclamaciones bibliográficas que el procedimiento universitario hace practicamente obligatorio como fuerza legitimatoria. No es una crítica. Tan sólo hago referir el origen de un texto que, en resumen, intenta captar el espíritu poético y combativo del Miguel Hernández en los fatídicos años de la Guerra Civil. Lo pongo a disposición pública (descarga en PDF) como homenaje al poeta, para aquellos que pueda interesarle su figura y obra. Así empieza.

Miguel Hernández (1910-1942) viene a cumplir, tanto en su obra literaria como en su experiencia vital, la urgente necesidad de adentrarse en el centro mismo de los hechos sociales de su tiempo; no para testimoniar el acontecimiento o los sucesos momentáneos, sino para acceder a su propia esencia individual. Poesía y vida se entrelazan, en su caso, a expensas de una circunstancia que quizá no ha sido debidamente subrayada por sus biógrafos: el poeta que encuentra su voz, su estilo y la afirmación ideológica y creativa, en la distancia del mundo rural y pastoril en el que vivió la práctica totalidad de su vida. Irse, comenzar una vida nueva al amparo de su poesía, condiciona sus sueños de libertad y realización personal, lo que no ve cumplido hasta finales de 1931.

La carta de presentación enviada a Juan Ramón Jiménez ante su inminente primer viaje a Madrid certifica ese deseo contenido y, sobre todo, la oportunidad de abandonar el pastoreo por la escritura. La carta, fechada en noviembre de ese año, describe a la perfección las motivaciones del poeta: “Soñador, como tantos, quiero ir a Madrid. Abandonaré las cabras -¡Oh, esa esquila en la tarde!- y con el escaso cobre que puedan darme tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la corte”. En buena medida, sus continuos viajes a Madrid y su persistencia por instalarse allí a pesar de las penurias económicas, confirmadas en toda una serie de cartas escritas a su amigo de Orihuela Ramón Sijé, explica esa premura por ampliar su horizonte y encauzar su carrera literaria. La distancia que interpone entre el mundo del que procede y el mundo de la capital, ese alejarse con tal disposición a empaparse de los nuevos aires republicanos, efectivamente, ha de considerarse un dato biográfico de suma importancia si tenemos en cuenta que en función de ello habrán de producirse los giros y transformaciones más relevantes de su figura como escritor: del poeta-pastor al poeta civil.

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Ensayo: Javier M. Reguera, Miguel Hernández, el verso en la trinchera

 
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