jueves, 2 de enero de 2014

El ascensor {contra el drama}


Elisha Otis en una demostración de seguridad del ascensor en la Crystal Palace Exposition en New York, 1854

Dos fragmentos del libro de Rem Koolhaas, Delirio de Nueva York, Ed. Gustavo Gili, 2004 (edición original 1978)

{I} Entre todas las piezas expuesta en la esfera hay un invento que, por encima de todos los demás, cambiará la faz de Manhattan (y, en menor medida, del mundo): el ascensor. Este se presenta al público como un espectáculo teatral. Elisha Otis, el inventor, se sube a una plataforma que se eleva, lo cual parecía ser la parte principal de la exhibición. Pero una vez que esa plataforma ha llegado al punto más alto, un ayudante ofrece a Otis un puñal en un cojín de terciopelo.

El inventor agarra el cuchillo y aparentemente se dispone a lanzarse sobre el elemento crucial de su propio invento: el cable que ha izado la plataforma hasta lo alto y que ahora impide que caiga. Otis corta el cable, y se rompe. No ocurre nada, ni a la plataforma ni al inventor. Unos pestillos invisibles impiden que la plataforma retorne a la superficie de la tierra. De este modo, Otis introduce un invento en la teatralidad urbana: el anticlimax como desenlace, el no acontecimiento como triunfo. Al igual que el ascensor, cada invento tecnológico está preñado de una imagen doble: incluido en su éxito está el espectro de su posible fracaso. Los medios de conjurar ese desastre fantasma son casi tan importantes como el propio invento original. Otis ha introducido un tema que será un leitmotiv del futuro desarrollo de la isla: Manhattan es una acumulación de posibles desastres que nunca ocurren {pp. 25-26}

{II} En la época de las escaleras, todas las plantas por encima de la segunda se consideraban inapropiadas para usos comerciales; y por encima de la quinta, inhabitables. En Manhattan, desde la década de 1870 el ascensor ha sido el gran emancipador de todas las superficies horizontales situadas por encima de la planta baja. El aparato de Otis rescata los innumerables planos que han estado flotando en el aire enrarecido de la especulación y pone de manifiesto su superioridad en una paradoja metropolitana: cuanto mayor es la distancia al suelo, más estrecha es la comunicación con lo que queda de la naturaleza, es decir, la luz y el aire. El ascensor es la última profecía que trae consigo su propio cumplimiento: cuanto más sube, más indeseables son las circunstancias que deja atrás. También establece una relación directa entre la repetición y la calidad arquitectónica: cuanto mayor es el número de plantas apiladas alrededor del hueco del ascensor, más espontáneamente se solidifican en una única forma. El ascensor genera la primera estética basada en la ausencia de articulación. A principios de 1880, el ascensor se encuentra con la estructura de acero, capaz de sostener los territorios recien descubiertos sin que ella misma ocupe espacio. Gracias al refuerzo mutuo de estos dos adelantos, cualquier solar dado puede entonces multiplicarse indefinidamente para producir esa proliferación de superficie útil que llamamos rascacielos {p.82}

 
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