jueves, 4 de febrero de 2016

Todo el año será carnaval (I): la revista «La Luna de Madrid» y la construccion de un discurso posmoderno



El discurso de La Luna de Madrid, es decir, aquel que la revista vuelca sobre las expectativas sociales y culturales generadas al amparo de las transformaciones en la vida cotidiana desde el cambio de régimen, funciona como la expresión de un deseo: la superación de la modernidad bajo el imperativo de un disfraz. Ese disfraz es el propio acontecer del discurso, pues lo que sus páginas promueven es tanto esa aceleración de partículas que lanza a algunos personajes al estrellato y a la visibilidad total como las múltiples resacas sufridas tras las efervescencias de lo social. No se trata únicamente de una descripción de lo que, en uno u otro momento, estaba sucediendo, sino de lo que podría suceder: adelantarse al futuro y situarlo en el presente inmediato.

Ese discurso no exige que la realidad lo corrobore porque lo que se pide de él no es la verdad o la forma objetiva de llegar a los acontecimientos. Se requiere, sobre todo, la motivación de un gesto que lo haga funcionar en el contexto, reproduciéndolo bajo diferentes eslóganes, dándole un efecto de realidad con el simple acto de nombrar las cosas. La Luna de Madrid propicia verdades inconclusas que no necesitan ser corroboradas o refutadas. Una vez expuestas, son relegadas o abandonadas por la propia revista con el objeto de llamar la atención sobre otras posibilidades. Se lanzan a la realidad como disfraz.

Con ello, la urgencia de intervenir en el contexto (de la movida madrileña) por medios discursivos sería, paradójicamente, una de las fuentes de energía de La Luna de Madrid: las diversas iconografías incluidas en la revista ejercen un efecto de visibilidad del contexto capaz de objetivarlo de cara a una audiencia, ante un discurso que irrumpe con el deseo (o la función) de dotar a ese mismo contexto de una atmósfera social e intelectual renovadas, una nueva capacitación del texto crítico-cultural desmarcado de las ortodoxias del intelectual clásico situado en otros espacios de reflexión. Ese lugar se había identificado, principalmente, con el relevo generacional de la juventud y su inserción en los procesos del cambio cultural aplicado a la música, las artes plásticas, el cine o el diseño. El contexto de la movida madrileña es uno de aquellos espacios en que ese discurso crítico-cultural ya no se rige por las pautas del intelectual centrado en el hecho político. No es que la revista defina la posición y disposiciones de un intelectual colectivo, orgánico y homogéneo, pero de ella puede desprenderse un texto, una organización discursiva que va imprimiendo los signos de una época y un acto de mediación literaria y sociológica que rastrea nuevas formas de contemporaneidad.

Esa fórmula también está implícita en las palabras que José Tono Martínez, redactor jefe de la revista en su primera etapa, había escrito en un ensayo de 2006, para quien «los años 80 inauguran una sensibilidad vital diferente que no era rotundamente nueva pero tampoco era simplemente un eco revisado de anteriores quebrantamientos sociales». Sin embargo, es también producto de lo que en aquel primer número de La Luna de Madrid ya se vislumbraba como una realidad factible, a saber: la ciudad (y el presente) como generadora de vanguardia, mitos, fetiches y recuerdos de nueva factura, propios, todo ello diferenciado de los mitos y artefactos de la modernidad. La búsqueda de esa nueva realidad en el entramado urbano lleva a la revista a posicionarse desde sus inicios ante esa posible superación de la modernidad, acudiendo a ella tan sólo como soporte de apropiación nostálgico-cultural. José Tono Martínez volverá a decirlo, con otras palabras, en 1984, esta vez en las páginas de la revista Cuadernos del Norte:

Nos encontramos en una tierra de nadie, un pasaje entre fronteras, un receso en la casa de los espejos y todo ellos es, sin duda, una gran ventaja. Podemos creernos cualquier cosa. Nuestro referente mañana puede ser un anuncio publicitario -integrado este campo en el arte-, el último invento de un modisto: no llevar nada puesto, un concierto de Siniestro Total o el último cómic de Nazario. Nadie pontifica... Pero el gran cambio procede de esos que han comenzado a pintar, a dibujar, a tocar música, etc., sin haber pasado por el Conservatorio o la Academia. Y lo hacen incluso sin demasiadas pretensiones al principio: el triunfo del amateur y el bricolaje.

Ese «Nos encontramos en una tierra de nadie» o «Podemos creer cualquier cosa» reflejan, sobre todo, la verbalización de la realidad como una consigna o lema, signaturas publicitarias que permiten escribir el presente, la actualidad, sin recurrir al pasado inmediato, y desembarazarse de los complejos de los años del desencanto para precipitarse hacia lo contemporáneo, marcado por una nueva discursividad intelectual y cultural. No es extraño, pues, que bajo la licencia en que se estaban produciendo los nuevos fenómenos culturales (música, pintura, cómic, diseño, etc.) surgiera una revista que recapacitara sobre el presente de un modo inédito hasta ese momento, con un nuevo tono capaz de romper con el esquema literario-intelectual de las revistas culturales tradicionales para afrontar el futuro en el presente, hacer de la actualidad un eslogan continuo, modificable, transferible. Y es así que podemos hablar de su discurso como disfraz.

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