lunes, 22 de febrero de 2016

Todo el año será carnaval (II): la revista «La Luna de Madrid» y la construccion de un discurso posmoderno

... Con un nuevo tono capaz de romper con el esquema literario-intelectual de las revistas culturales tradicionales para afrontar el futuro en el presente, hacer de la actualidad un eslogan continuo, modificable, transferible. Y es así que podemos hablar de su discurso como disfraz... Ir a la primera parte



Algunos títulos y temáticas con que La Luna de Madrid encabeza sus portadas buscan la denominación y sorpresa literaria de ese gesto, una frase que sugiriera movimiento de ideas, propuestas, verdades no corroborables o la disquisición tomada al vuelo de los acontecimientos. Es lo que le permite ir del primero al segundo número evocando una nueva mitología, la del posmodernismo, para después proclamar su muerte («Noticia. La Posmodernidad ha muerto. Ahora, el caos») y notificar el advenimiento del caos. Más aún: «¿por qué atenernos a la verdad?», se dice en ese primer número de noviembre de 1983. No es que la verdad no importe, más bien carece de relevancia mientras ese discurso adopte el disfraz apropiado, renueve su maquillaje y lo vierta de nuevo sobre el contexto con la misma eficacia con que las audiencias lo reciben.

Las novedades discursivas de La Luna de Madrid aluden no tanto a la introducción del debate de la posmodernidad en el meollo intelectual de mediados de los años 80, que también, como al uso en ese discurso de una nueva conceptualización de la cultura urbana, del contexto social y, con mayor concreción, de la ciudad de Madrid. El artículo que Borja Casani y José Tono Martínez habían escrito para iniciar el primer número de la revista, «Madrid 1984: ¿la posmodernidad»?, presenta esa doble vertiente: el discurso como disfraz (que se mantendrá en otros textos a lo largo de la publicación de la revista) y la posmodernidad alojada en la ciudad (Madrid):

¿Seremos capaces de negar que Madrid es la ciudad que más genera en el terreno de lo creativo y de lo lúdico? Seríamos imbéciles si lo hiciéramos. Y de cualquier forma nadie va a hacer el esfuerzo de defenderlo por nosotros. Lo único que debemos hacer es adoptar el disfraz más feliz. Sobre todo ahora que Madrid, no sin trabajo, no sin sufrir en su propia carne el peso de la ignorancia, ha concluido sin mayores estragos su proceso de modernización. En el corto espacio de diez años, los madrileños nos hemos mamado así, de sopetón, más novedades que un neoyorkino en toda su existencia.

El contexto de la movida madrileña ya había asumido tales palabras, al menos como reflejo de un deseo que termina produciendo realidad. La sensación de que la ciudad podría asumir tal multiplicidad de ofertas y demandas, estaba en la misma base de lo social. El espacio escenográfico de la posmodernidad no es otro que Madrid, ciudad que sería reinterpretada desde diferentes puntos de vista y alcanzaría el máximo valor iconográfico como soporte aglutinador del cambio. Parece sintomático que la capital española adquiriera tal protagonismo en las páginas de una revista cultural. También es cierto que la imagen de tales transformaciones y posibilidades de regeneración cultural definían un centralismo exagerado.

La movida madrileña, como contexto dinámico surgido de esos cambios, representaba más que ninguna otra parte o parcela del campo de la cultura, la afluencia de discursos yuxtapuestos, todo un compendio de propuestas que terminarían resumiéndose en aquella máxima de «la vanguardia es el mercado» y que propiciaría, al final del camino, su desplazamiento definitivo hacia la sociedad de consumo, una masividad que el contexto ya no podía soportar si no con su integración-disolución en el mercado de valores de las obras culturales.

El segundo número de la revista adopta el título genérico de «Caos y desorden, todo el año será carnaval», en un intento de calibrar la polémica de la posmodernidad desde el advenimiento de una realidad que sólo sería descriptible en el fragmento, ante las maniobras de la confusión, un modelo social que no realiza distinción alguna entre las diversas prácticas culturales y sus resultados. No obstante, no nos interesa aquí una versión abstracta del concepto, la cual parece haberse convertido, desde la perspectiva del siglo XXI, en un estereotipo conceptual aplicable a cualquier forma cultural. El posmodernismo del que habla La Luna de Madrid, aún arrastrando cierta ambigüedad de difícil resolución, aboga por la multiplicidad y la amalgama de discursos contrarios. Un disfraz hecho a medida de las circunstancias.

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