miércoles, 20 de julio de 2016

Todo el año será carnaval (III): la revista «La Luna de Madrid» y la construccion de un discurso posmoderno

... El posmodernismo del que habla La Luna de Madrid, aún arrastrando cierta ambigüedad de difícil resolución, aboga por la multiplicidad y la amalgama de discursos contrarios. Un disfraz hecho a medida de las circunstancias. ... Ir a la segunda parte



Lo que se da en el contexto se visualiza en la propia revista como un reflejo que también lo reconstruye. La Luna de Madrid recurre a un estatus posmoderno en la configuración de sus contenidos y maquetaciones, una línea editorial basada en la acumulación de textos de toda índole, tanto alimenticios como versiones fidedignas de una supuesta alta cultura entremezclada con el elogio extremo de la cultura pop y otros lados del underground.

La Luna nace en estado de posmodernidad. Por intuición y olfato, La Luna apuesta por la multiplicidad, la excentricidad y el fragmento. Frente a la pretendida ubicuidad moderna, llama La Luna a domiciliarse, a leerse como mamíferos celosos por nuestro territorio (Madrid). Agotados los grandes discursos y las grandes palabras, sólo el individuo resta. Un cuerpo post-moderno, esto es, sin arrogancia (no hay fé en qué fundarla), atento a su individualidad (hedonismo complaciente), a su singular madriguera en perpetua y osmótica conspiración por medio de fratrias, barriadas, gestos y pandillas

Llorenç Barber, “Luna y postmodernidad. Polémica”, La Luna de Madrid, nº 2 , diciembre 1983, pag. 9

Aún cuando sus consecuencias permiten recrear un nuevo estatuto intelectual que implícitamente rechaza el pasado crítico-político más inmediato, su catálogo ideológico (no en el sentido político) no excluye un repaso a ciertos aspectos de la tradición a través de algunas figuras. La aparición de Guillermo Pérez Villalta en el primer número supone en cierto modo la presentación en la revista de ese discurso (emparentado con el posmodernismo) por mediación de un pintor que, posicionado bajo el argumento de la transvanguardia, recobra el clasicismo y acude a cierto historicismo, a la vez que efectúa un rebasamiento de las vanguardias históricas.

Pero la Luna de Madrid es también novedad y caos, describe un momento social en ebullición que busca con premeditación tanto una ruptura estética e ideológica con el pasado como cierto revisionismo histórico que, a efectos del discurso, se va formalizando a través de algunas personalidades y creadores que podrían adscribirse a las filas del posmodernismo y van apareciendo en la revista.

Entre todos ellos un caso significativo sería Pedro Almodóvar, paradigma del pastiche y la aglomeración de influencias a veces contrapuestas, de la inserción de la cultura popular tradicional en un contexto distinto al original y de la yuxtaposición de la cultura pop, el folclore y lo moderno en un mismo espacio fílmico. No sólo por sus primeras películas, de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) a La ley del deseo (1986), podría decirse que Almodóvar describe la carnavalización de lo social de la que habla La Luna de Madrid («Todo el año será carnaval»), un estado de fiesta y caos donde cualquier papel puede ser asumido sin complejos, fagocitado, reconstruido con piezas pertenecientes a diferentes ámbitos culturales.

Su colaboración mensual en la revista a partir de la publicación de los textos de Patti Diphusa (publicados entre 1983 y 1984), personaje folletinesco que podría integrarse sin problemas en esa galería de figuras-emblema de la movida madrileña aún siendo un personaje de ficción, representa muchos síntomas sociológicos de la época, sin embargo con él esa carnavalización se lleva al extremo. Cada texto se acompaña de una fotografía de Pablo Pérez Mínguez en la que aparece Fabio de Miguel (McNamara), otra figura-emblema de la movida que formó dúo con Pedro Almodóvar en el grupo Almodóvar & McNamara. Ambos desarrollarían una breve carrera musical con actuaciones en Rock Ola y otras salas, y la publicación de varios singles y el LP. Como está el servicio.... de señoras (1983). De nuevo, otro intento de carnavalizar la vida social, pero esta vez sobre el escenario, además de que su estilo escénico (y su música) repetía esa mezcolanza de influencias culturales antagónicas, cultura popular, copla y folclorismos varios en un ambiente de modernidad que hacía uso de una reinterpretación de corrientes musicales más o menos recientes (punk, glam-rock, funky, new wave, etc.), todo ello expuesto a un auditorio que no había reparado en tales tradiciones si no al observarlo ya transfigurado (o trastocado) en un contexto cultural distinto, bajo unas condiciones sociales bien diferentes.

Almodóvar, en ese mismo periodo en el que está escribiendo en La Luna de Madrid, todavía reparte su método carnavalesco-posmoderno en tres niveles: el fílmico, el literario y el teatral-musical. Figura-emblema por antonomasia del contexto de la movida y arquetipo del creador posmoderno en la España de los 80, es también el cronista de un ambiente carnavalizado, donde el disfraz no oculta al sujeto sino que lo muestra, se materializa socialmente y busca su repercusión objetiva mediante el disfraz. Quizás por eso podemos añadir un cuarto nivel no sólo atribuible a Almodóvar y otros artistas, el de la experiencia vital: los 80 vivieron también la eclosión del tribalismo urbano de la juventud mediante la adopción de estéticas y vestimentas diversas, una carnavalización de las actitudes sociales que se mostraría de muchos modos. Años después, el propio cineasta revelaría una descripción parcial de esa visión carnavalizada, la cual explicaba la distancia marcada respecto al pasado inmediato a partir de la proclamación de una experiencia del arte y la vida mediatizada por el hedonismo:

Existía un elemento lúdico muy independiente, las cosas se hacían porque era divertido hacerlas. La frivolidad se convertía casi en una postura política, en un modo de enfrentarse a la vida que rechazaba absolutamente la pesadez. El apoliticismo de esos años era una respuesta muy sana a toda una actividad política nefasta que no había conseguido nada. El petardeo era un modo muy elocuente de ver la vida, que anulaba absolutamente todas las actitudes juveniles inmediatamente anteriores...”

José Luis Gallero, Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña, Ardora, Madrid, 1991, pag. 219

Sin embargo, hemos de volver a ese segundo número en el que se nos avisa del caos y el desorden para darnos cuenta de que, en cierto modo, se trata más de una llamada a invertir los papeles atribuidos socialmente que de una descripción fidedigna de lo social. Se trata de provocar a la realidad.

 
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